El crimen es una infracción de la ley, una conducta típica e imputable ligada a una sanción penal. Coloquialmente, entendemos el pecado como una ofensa a Dios que lesiona la naturaleza del hombre. No todos los pecados son crímenes, si bien muchos de los crímenes son pecado, ya que de la religiosidad que han amasado las generaciones que durante siglos nos han precedido —y de la moral que va asociada a ella— se ha desprendido una legalidad que guarda algunos parecidos con ella. Esta es una puntualización que hay que tener en cuenta por muchos motivos, sobre todo teniendo en cuenta que el español es un Estado aconfesional —no laico— y que, gracias a Dios, nuestra libertad no está sometida a los caprichos de una teocracia. A otros caprichos, quizás sí. Así las cosas, entre las funciones que debería tener la legalidad, contamos evitar la arbitrariedad, garantizar el Estado de derecho, la seguridad jurídica, la protección de derechos de los ciudadanos o el orden social. No contamos, pues, penar el pecado. Los que creemos en él ya sabemos que, en la mayoría de las ocasiones, en el pecado está la penitencia.
A menudo se dice que con los delitos sexuales va asociada una gran condena social. Pero más que una gran condena social, la realidad es que va asociada una gran polémica que, siempre y cuando no se trate de un delito distintivamente sonado por algún tipo de característica especial en sus circunstancias, permite al condenado penalmente seguir, más o menos, con su vida —social, pública, laboral— a pesar de la condena. Por eso, de hecho, se desata la polémica. El caso de Saül Gordillo, en nuestro país, es un ejemplo. No me quiero entretener haciendo valoraciones sobre los límites que debe tener la condena social —si es que debe tenerlos y si es que realmente dicha condena existe—, porque lo que es obvio es que la imagen del delincuente queda pertinente y necesariamente manchada. Ellos mismos y nadie más son los responsables de esta mancha, subrayo. Asociamos el nombre de Saül Gordillo a la agresión sexual porque Saül Gordillo cometió una agresión sexual y está condenado por agresión sexual. Y asociamos el nombre de Dani Alves a una violación porque fue condenado a cuatro años y medio de cárcel por la Audiencia de Barcelona por la violación de una chica en Sutton, a pesar de que el TSJ acabó revocando la sentencia. Ejem.
Dani Alves construye un escenario en el que, en ese reservado de Sutton, en ese lavabo en la noche de diciembre de 2022, con la absolución inexplicable del TSJ, él fue una víctima más
El hecho es que la asociación del nombre y el delito es incómoda para el propio delincuente, sobre todo cuando se trata de un hombre con una vida pública que, poco o mucho, se gana las lentejas haciendo valer su imagen. En el caso de Alves, la redención religiosa y la exposición pública de su condición de redimido se revela como una herramienta de marketing descarada. La misericordia de Dios es infinita, sí. La misericordia de Dios al servicio de uno mismo, empleada para ahorrarse las consecuencias de los propios actos, para evitar reparar el mal causado e incluso para eludir su reconocimiento, es otra cosa. La redención convertida en espectáculo público, la redención puesta al servicio de unos intereses dudosos y la redención entendida como el paño idóneo que —más allá del pecado— permite limpiar la imagen pública que uno mismo ha dañado con una infracción de la legalidad, no tiene nada de divino. Es una reinvención con retórica de salvación que exige el perdón del mundo, dando por hecho el perdón de Dios, como si, borrándose el pecado, se borrasen sus consecuencias.
Haciendo este pastiche confuso —ideológico, moral, legal, religioso—, y exponiendo de forma pública y sostenida el pastiche, parece que Dani Alves nos pregunte chantajistamente: si Dios ya me ha perdonado, ¿por qué no lo hacéis también vosotros? A todo ello hay que sumar una noción del diablo infantil y ruin que, más que tentar, anula la voluntad de tal modo que convierte al sujeto en un títere sin libertad para decidir y, por lo tanto, a quien ejerce el mal en alguien por quien, arrepentido o no, redimido o no, estamos llamados a sentir una profunda compasión. Pero de la compasión a la excusa hay un paso tan corto que, como la mayoría de las emociones, no puede ser administrada al margen de la razón. Este es el punto en el que las intenciones del pastiche público de Dani Alves se manifiestan con más clarividencia: en el terreno de las emociones, en el terreno de una misericordia y de una redención pública al gusto, y en el terreno de la retórica y del marketing, Dani Alves construye un escenario en el que, en ese reservado de Sutton, en ese lavabo en la noche de diciembre de 2022, con la absolución inexplicable del TSJ, él fue una víctima más. Así quiere que se hable de ello y así quiere ser recordado a ojos del mundo, incluso si el precio es el de plegar la misericordia de Dios al servicio de la banalización del mal.