Una de las consecuencias de la despolitización colectiva que han acarreado la renuncia de los líderes, el postprocés y la pérdida de confianza en las instituciones y en el sistema democrático, es la falta de conciencia sobre la dimensión política que tienen las decisiones personales. Igual que quien atraviesa una ruptura procura hacer un corte limpio mental, ficticio, entre el tiempo que transcurrió con la ex y el tiempo presente, existe una especie de catalán que procura trazar el mismo corte entre la persona que fue durante los años del procés y la persona que es hoy. Es una manera de compartimentar que, delimitando etapas, permite cerrarlas y sentir que se comprende y se controla el duelo. Haciendo esta clasificación psicológica, el catalán tibio que aún conserva en el perfil de Instagram las fotografías de la Via Catalana de 2013 se puede decir a sí mismo que aquel era un momento político en el que la implicación política tenía sentido, pero que, cerrado y sellado el compartimento en cuestión, la implicación personal —sin la pasión colectiva— tiene un punto de ridículo extemporáneo.
Esta clase de tibieza, la tibieza del catalán que hoy identifica la catalanidad desacomplejada con la vergüenza del recuerdo del procés —instigada, sobre todo, por el hecho de que más que ser derrotados fuimos desactivados desde dentro—, es la que impide que muchos catalanes comprendan hasta qué punto también —sobre todo— hoy se está haciendo política contra su catalanidad. De algún modo, cualquier gesto de resistencia o de autoestima en el ámbito privado los entronca con aquel ridículo, con la vergüenza de aquellos años que, para muchos catalanes, fueron la traducción de la catalanidad en el ámbito público y, dando su etapa política personal por cerrada, leen la política que se hace contra ellos como una normalidad necesaria. Como una normalidad política apolítica que los preserva de los males de aquel recuerdo, si es que tal cosa puede existir. Pero, en el fondo, es una interiorización de la catalanofobia o, incluso, una justificación de la misma, dado el fracaso del movimiento que debía liberar a los catalanes. Como si, lisa y llanamente, hacer valer los derechos lingüísticos en un entorno hostil convirtiera a quien lo hace en alguien que se ha creído que Puigdemont volvía cada vez que ha dicho que volvía.
La despolitización nunca deja un espacio vacío: despolitizar la catalanidad fortalece la españolidad en Catalunya
Ante unas instituciones y un Govern que niegan el conflicto, y ante unos partidos que lo han relegado intencionadamente al ámbito privado, la tibieza lee el resistencialismo como ingenuidad: el catalán tibio ha asumido que su catalanidad es tan poco digna que defenderla, defenderse, es indigno. Esta despolitización —que es política— funciona de manera individual, e incluso inconsciente. El catalán tibio continúa la conversación en castellano si esta es la lengua del interlocutor. El catalán tibio ha asumido que la normalidad es ir al cine y no poder escoger ninguna película en su lengua. El catalán tibio lee en castellano porque el castellano es una lengua más musical y más literaria, porque cree lógico no poder acceder a determinados autores en su lengua, y este Sant Jordi dirá que es “el día más bonito del año” después de hacer cola para que Eduardo Mendoza le firme su última novela. El catalán tibio no se pregunta por qué sus hijos miran dibujos en castellano y no se plantea qué consecuencias puede tener que lo hagan. El catalán tibio piensa que usar su lengua con alguien que no “parece” catalán es racista. El catalán tibio ha vinculado la idea de una catalanidad no subalternizada a la españolidad a un profundo sentimiento de vergüenza.
El catalán tibio no se pregunta el porqué detrás de ninguna de estas cosas, ya que para ello necesitaría acceder a una conciencia política que considera archivada. Y quizás ni accediendo a la conciencia política de entonces podría politizar el presente, porque el independentismo popularizó una pseudoideología desnacionalizada. A menudo tenemos la necesidad de explicarnos que no tenemos “ningún amigo independentista que haya dejado de serlo”, pero la realidad es que el catalán tibio ha desproblematizado las manifestaciones que el conflicto étnico tiene en su vida privada para poder convencerse de que las vergüenzas del procés quedan en el pasado, compartimentalizadas. La vida política del país y los partidos políticos del procés no han facilitado la reversión de este mecanismo falazmente autoprotector, sino al contrario: lo han acentuado. Y quizás a veces se trata de catalanes que ante una pregunta directa y frontal sobre la libertad del país contestarían que la prefieren, pero que viven como si vida y política pudieran ir por separado, porque la política que identitariamente se les hacía útil les ha resultado inútil y, en consecuencia, degradante. La despolitización nunca deja un espacio vacío: despolitizar la catalanidad fortalece la españolidad en Catalunya, también cuando el efecto es el de la interiorización de la catalanofobia estructural como modo de supervivencia. El tibio lo intuye, pero resistirse individualmente requeriría un gesto de autoestima que el desprestigio de la política da la excusa perfecta para no hacer.