El pasado lunes se produjo en Barcelona un acto político-cultural de lo más curioso. Se congregaron, en el Espai Línia, en la calle Girona, Josep Rull, president del Parlament, dirigente de Junts y exconvergente, y Oriol Junqueras, líder de ERC. La excusa fue el libro del diputado republicano y periodista Francesc-Marc Álvaro, El franquismo en tiempos de Trump, también presente. El acto lo condujo con buen pulso la directora del Ara, Esther Vera. El belén, dicho con todo el respeto, daba gusto. Y, como decíamos, era de lo más curioso y completamente inimaginable en otras latitudes. Podemos decir que las figuras allí reunidas eran una especie de síntesis de la centralidad soberanista. Estaba la izquierda de la derecha y la derecha de la izquierda, si me perdonan la simplificación de casinet. Fue todo un éxito y hubo gente que se quedó de pie.
El ensayo de Álvaro trata de hacer la anatomía del ascenso de Vox y explora sus conexiones con el trumpismo. Un libro no solo actual, sino totalmente recomendable para quien quiera saber qué (nos) está pasando. Sin embargo, el diálogo entre los cuatro protagonistas, convocados por la asociación Acció Catalana, que anima el exconvergente y ahora diputado por ERC Carles Campuzano, fue derivando a medida que caían los minutos hacia una reflexión sobre Catalunya y su futuro. De la casi hora y media que duró el encuentro, resaltaría la sintonía exhibida entre Rull y Junqueras —el republicano llegó a declararse “rullista” (es decir, afecto y partidario de Rull)—, que contrasta con la animadversión enfermiza que contamina las relaciones entre Junts y ERC. También resonó en la sala la patada que Junqueras decidió darle en la espinilla a Gabriel Rufián y a sus esfuerzos por, como si fuera Òscar Camps, salvar a la izquierda española (y a Pedro Sánchez) del desastre anunciado: “Yo fui a la cárcel por Catalunya, no para que Ada Colau fuera cabeza de lista de la izquierda española”. Días antes, Junqueras había dejado perfectamente claro que no le da miedo que Rufián abandone ERC. A estas alturas, sin embargo, la incógnita en este asunto es otra distinta: ¿se atreverá Junqueras a despedir a Rufián o no se atreverá? El de Santa Coloma ha programado un acto con la podemita Irene Montero en Barcelona el próximo martes, un aquelarre que viene a ser la continuación del que ya hizo con Emilio Delgado, de Más Madrid, en febrero.
¿Y si, a pesar de nuestros esfuerzos —que obligatoriamente deberían ser muy poderosos, titánicos—, la mayoría decide no sumarse a este consenso catalanista? ¿Qué narices haremos entonces?
Decía que la conversación se desplazó de Vox y la ultraderecha hacia la situación catalana actual. Aquí todos coincidieron, después de las tradicionales alabanzas a Paco Candel, Jordi Pujol, el PSUC, etcétera, en la necesidad de reforzar el consenso catalanista y democrático. Es necesario un “aggiornamento”, sintetizó Rull. Una reelaboración actualizada de aquel “un solo pueblo” de la Transición. Entre otros motivos, porque Catalunya no tiene otra vía para sobrevivir que “fabricar catalanes” con más ímpetu y eficacia que nunca, dado que hemos pasado de los 6 millones de ciudadanos que tenía el Principat en los años ochenta a los aproximadamente 8,2 actuales, que siguen aumentando. Refresquemos algunos datos: según el Instituto Nacional de Estadística español, el 47% de los residentes en Catalunya de entre 26 y 49 años nacieron en el extranjero, es decir, fuera de las fronteras del Estado. En el conjunto de la población, esta proporción es del 25,8%. Hay que sumar, claro está, a los que han llegado a Catalunya provenientes de otras comunidades autónomas.
Coincidieron los cuatro protagonistas del acto, decíamos, en que es necesario construir un nuevo consenso democrático y catalanista lo suficientemente robusto para atraer a los recién llegados. Lo suficientemente prometedor para que se apunten, para que quieran formar parte de este “nosotros” que es la catalanidad democrática. Y aquí la conversación quedó como suspendida en el aire; se fue fundiendo poco a poco. No continuaron tirando más del hilo. Mientras tanto, yo mismo —y quizás otros de los presentes en la sala de la calle Girona— me preguntaba: ¿y cómo se hace esto? ¿Cómo lo haremos, tal como está hoy el país, para convencer, para seducir, a tantas personas, para incorporarlas?
La inmigración española de los años sesenta y setenta, o la mayor parte, enseguida se daba cuenta de que sumarse a Catalunya, hacerse de este club, valía la pena. Rápidamente, concluyeron que aquello de lo que se les invitaba a formar parte era importante y atrayente. Que les convenía subirse al carro. Que, por ejemplo, era una buena idea aprender catalán y, sobre todo, que sus hijos lo aprendieran. Que aquel “un solo pueblo” era una propuesta estimulante y prometedora. Que era un futuro alcanzable y positivo. Pero ahora las cosas son muy distintas. No son tan claras como antes: son mucho más difíciles y empinadas. ¿Cómo lo haremos para convencer a Omar o a Yasmin, o a Carlos Eduardo y Esmeralda, que acaban de llegar al país, de que se sumen sin reticencias ni complejos? ¿Cómo podemos hacer que sientan, que vean, que hacerse catalanes compensa el esfuerzo, que vale la pena? ¿Qué les podemos ofrecer si con el castellano se puede ir a todas partes? ¿Qué les podemos prometer cuando los vaticinios de prosperidad son dudosos y el ascensor social permanece averiado? ¿Qué pasa si, una vez ponderadas todas las circunstancias, no lo ven claro? ¿Y si, a pesar de nuestros esfuerzos —que obligatoriamente deberían ser muy poderosos, titánicos—, la mayoría decide no sumarse a este consenso catalanista? ¿Concluye que no les compensa o que no les atrae y opta por darle la espalda o, incluso, rechazarlo? ¿Qué narices haremos entonces?
