De todo lo que se ha dicho hasta ahora del caos de Rodalies, en realidad lo que explica mejor el país es lo que no se ha dicho. Han pasado suficientes días como para poder hacer una panorámica sobre cómo cada sector político ha abordado este drama que no termina, y es fascinante comprobar que existe un sector político concreto que ha decidido abordar la crisis no abordándola. Resulta aún más fascinante si tenemos en cuenta que es el sector político encargado de relegar a la subalternidad eterna la lucha por la liberación nacional de los catalanes, enfrentándola siempre a "la lucha de la clase trabajadora" empleando el comodín españolista por excelencia: la burguesía catalana. La derrota moral, y política, e intelectual en la que se encuentra inmerso el país desde el procés es cruda, pero también muestra la realidad de un modo deslumbradoramente clarividente: durante mucho tiempo, quizás incluso desde que en el espectro político ronda algo que podemos llamar catalanismo, también ronda paralelamente un anticatalanismo que quiere hacerse discreto revistiéndose de una retórica proletaria de cartón piedra, hecha toda para justificar la catalanofobia estructural.

Ahora que los trabajadores del país tienen que pagar con su tiempo, su gasolina y su estabilidad laboral la crisis de los trenes españoles desvencijados, existe una izquierda que calla porque entiende hasta qué punto su discurso caería en saco roto. Es, por supuesto, la izquierda que mama intelectualmente del charneguismo, y que durante décadas, incluso siglos, se ha encargado de asociar la pasta con la catalanidad y las penurias con la españolidad. Y que lo ha hecho a través del etnicismo de enfrentar los derechos de los trabajadores a la adscripción nacional catalana, convirtiéndolas en dos reivindicaciones interesadamente excluyentes. Escribía que la realidad de estos años de desastre es cruda, pero también nos puede resultar útil en la medida en que desgarre las costuras de algunos mantras que han llevado al nacionalismo catalán hasta donde está. Y contribuya a hacerlo más maduro

Ahora que los trabajadores del país tienen que pagar con su tiempo, su gasolina y su estabilidad laboral la crisis de los trenes españoles desvencijados, existe una izquierda que calla

Es incontestable que la manera en la que el nacionalismo español ha enfrentado la lucha de los trabajadores con la adscripción nacional ha dejado un poso, una cicatriz cargada de complejos que el españolismo hurga de vez en cuando para garantizarse el control del orden de prioridades dentro de la izquierda catalana. Cada vez que alguien blande la cantinela de los apellidos, del barquito, del pasado esclavista o de una burguesía catalana que a día de hoy está desbandada, manda el mensaje de que la única catalanidad buena es la que contempla un puntito de odio contra su identidad, contra su tradición y contra su historia en nombre de la lucha proletaria. Que la única catalanidad válida es la que se mira a sí misma con un punto de asco y de culpa, porque responsabiliza a la catalanidad de un sistema económico, y de un sistema de opresiones, y de una falta de derechos y de unas condiciones materiales concretas. Con este argumento, la izquierda españolista mantiene a la izquierda catalana embridada y dominada.

Que sindicatos y partidos conforman una red interesada al margen de los intereses que dicen defender es una verdad que se revela con la propia realidad. En el caso de los sindicatos y los partidos de matriz española, la distancia entre discurso y realidad siempre la salvan con un poco más de catalanofobia. Esta vez, sin embargo, las raíces y la responsabilidad de la crisis han quedado al descubierto de una forma tan descarnada que la única alternativa razonable les ha parecido el silencio. La suya es una razonabilidad que no rinde fidelidad a la honestidad, ni siquiera a la apariencia de honestidad: rinde fidelidad a la españolidad y al planteamiento asimilador por encima de cualquier otra cosa. Por encima, también, de los derechos de unos trabajadores que solo observa cuando los puede volver contra la propia catalanidad. Uno podría pensar que esta forma de operar se debe a una hipocresía, o a la tolerancia de una hipocresía: este sería el planteamiento del tipo de catalanidad que argumenta la diferencia con los españoles desde la moral. La catalanidad que ha abandonado las consignas ingenuas, sin embargo, entiende que el silencio de la izquierda de matriz española ante la crisis ferroviaria no es hipocresía: es la coherencia que les permite dominarnos. Es la coherencia que conoce el sentido tras su silencio, porque tiene claro cuál es su bien más preciado.