Aprovechando estos días de entreacto, gracias a la contingencia de tener a la costilla lejos de casa en familiar viaje, he podido volver a salir de noche para visitar los templos donde dicté cátedra y me emborrachaba con científica tenacidad. Ahora llevo cinco años de beata vida marital y, como ya sabréis de sobra, de noche las mujeres te exigen cosas absurdas, como un rato de conversación sobre el transcurso del día que está a punto de terminar, o te proponen ver juntos una serie de HBO para aprovechar que la narrativa audiovisual genera el espejismo de compartir espacios de imaginación. Yo me avengo dócilmente, pues las noches de juerga alcohólica ya las gasté de sobra; también porque lo único que me regala cierta tranquilidad es ver cómo Alba va durmiéndose y bostezando como una leona perezosa, hasta que anuncia el último cigarrillo y enfila el camino de la cama. Mientras se adormila, pienso que he cumplido el deber y ya puedo encenderme un puro.
Así hacía antes también de noche, fumando solo como un búho o acompañado de mi estimado padre putativo Àngel Juez en la veladora del Ascensor, mi bar de la calle de Bellafila. Ahora Àngel no está, ya no tengo ánimo de agotar el placer saludando la madrugada, y solo puedo abrazar las drogas legalizadas con las que la psiquiatría nos embauca el espíritu. Pero esta pasada noche de sábado, de nuevo en el Ascensor y mientras pegaba la espalda a los muros góticos de la calle, noté que las piedras recordaban el trazo de mi columna vertebral. Había pescado a un grupo de amigos jóvenes que, tiempo atrás, iban al bar con la secreta intención de encontrarme allí. Son los chicos del procés, gente joven y con sacos de ambición, pero de excesivo espíritu de pasarela y pocas ganas de sudar; los chavales que crecieron con la falsa ilusión de asaltar Urquinaona y a quienes los políticos catalanes han abocado a vivir como auténticos depresivos.
La cosa tenía mucha gracia porque, a pesar de ser mucho más hermosos y jóvenes que un servidor, y de intentar llenar el bar con comentarios de ingenio bastante decentes, todas las hembras salían del local para visitar mi mesa. Primero pensaba que solo salían a fumar, pero después vi que todo sigue igual, a pesar de mi persistentísima letargia. Los chicos del procés intentaban chamuscar a las mujeres contándoles su última lectura, sus pensamientos sin ninguna gracia sobre el presente filosófico… pero las mujeres se largaban, fatigadas de tanta retórica barata, mientras que a mí apenas me bastaba una referencia a Proust o cantar una marcha fúnebre de Mahler para olerles las ancas. ¿Cómo puede ser que, en todo este lustro que os he dejado de margen, no hayáis aprendido nada? ¿Cómo es posible que, después de hibernar, todavía sea yo quien sepa cuál es el cóctel más adecuado, la frase más dulce, el gesto más matador?
Constato que el 'procés' no solo consistió en la mayor tomadura de pelo de nuestra historia, sino que también dejó a los chavales que ahora tienen entre veinte y treinta años absolutamente desencajados
A los chicos del procés os debería caer la cara de vergüenza. Os he regalado un tiempo precioso sin competencia, para que aprendierais la metódica seductora y entendierais que bajo un “no” se esconde el calor. Pero no habéis aprovechado ninguno de los evangelios; bien al contrario, os habéis dejado embaucar por la nauseabunda retórica de la nueva masculinidad y por toda cuanta polla en vinagre sobre la deconstrucción. Y ahora, pobrecitos míos, parecéis unas pánfilas al baño maría. Constato que el procés no solo consistió en la mayor tomadura de pelo de nuestra historia, sino que también dejó a los chavales que ahora tienen entre veinte y treinta años absolutamente desencajados. Las mujeres se los miran primero con curiosidad, pero, al cabo de pocos minutos, ya vuelven a mi velador porque nadie les adelanta orgasmos a base de risas como servidor. No cuesta creerlo; ¿de verdad no sentís ni un poquitín de vergüenza?
El tema es horripilante; sé que ya no soy el rey de la noche y, consciente del paso del tiempo, tengo bien digerido que mi fuerza va menguando. Pero no puede ser, chicos del procés, que continúe sin ningún tipo de rival en el ámbito de lo oscuro dionisíaco. ¿Que no lo ves, Lluís Maria, que tu novia me mira el puro mientras se imagina otras cosas? ¿No te has dado cuenta, Josep Miquel, de que a tu mujer le ha faltado tiempo para decirme que mañana te marchas a Viladecans a trabajar? ¿De verdad que, aunque fuera por el mínimo contagio de verme actuar, no habéis aprendido ni siquiera a copiar? Se os ve mustios, chicos del procés; sois la imagen viva del desierto y, para colmo, no aguantáis más de tres Dry Martinis mínimamente serenos sin la ayuda de nieve (que, dicho sea de paso, se os cae por los pelos nasales). ¿Cómo se puede tolerar tanta sordidez? Derrotada la nación, pensaba que, al menos, satisfaríais a las mujeres; pero estáis demasiado ocupados haciendo el pánfilo.
No hay ninguna verdad en los chicos del procés; no hay ningún tipo de sentido de la fuerza en estos descendientes de nuestra derrota. Cuando salgo del bar, muchas horas antes de lo que correspondía hace años, los veo actuar todavía desencantados, ante el aburrimiento de unas amazonas que se les ofrecerán solo para no tener que sobreutilizar el vibrador, una noche más. Así es como enfilo el camino a casa, con el único consuelo de no tener que satisfacer todos los deseos que se acumulan en los ojos de la jamelgas, un menester que cumplí con gran sentido de Estado y por el que este país todavía no me ha compensado lo suficiente, ni con una triste Creu de Sant Jordi. Es muy temprano, demasiado temprano, y ahora es tiempo de disfrutar de entrar en casa y que solo haya silencio. Mi princesa vuelve hoy del extranjero y estará encantada de hacerme saber que no le ha gustado nada este artículo tan ególatra y misógino. Suerte que esto de argumentar también lo he dejado.