Pedro Sánchez tenía un plan para arrancar el curso y recuperar la iniciativa. No está claro si el fracaso del intento responde al diseño o a la ejecución. Los titulares de los prime time estrenaban temporada en Ceuta y Presidencia decidió responder a la crisis que todo lo ocupa con una entrevista en la Cadena SER, previa al Consejo de Ministros de hoy, de la aprobación del plan de recuperación de 168 millones de euros y con el cierre de la comparecencia en el Congreso, forzosamente adelantada a este jueves, 3 de septiembre. De la entrevista, además de tres titulares, quedan tres desconexiones: la política, la emocional y la de liderazgo. Un mes después, resulta evidente, a la vista de cómo está Ceuta, que el Gobierno no ha sabido medir la dimensión de lo ocurrido el 30 y 31 de julio ni Sánchez explicarla. Se mantiene el apoyo a Marruecos como socio; no hubo un aviso del CNI con la dimensión que merecía —y el consecuente descuelgue de la versión de Margarita Robles— y el mando único desplegado parece responder más a una petición de Juan Jesús Vivas que a una necesidad imperiosa. Los tres titulares son más que discutibles, pero aún lo son más las explicaciones. Hay una desconexión evidente con el impacto emocional entre los ciudadanos ceutíes, a quienes Sánchez no se ha referido durante la hora de entrevista. Sumado a la falta de autocrítica o perdón ante una situación inasumible. No cabe ya el debate sobre la gestión con las playas y las calles llenas de migrantes un mes después de su llegada.
Tampoco es comprensible que defienda su derecho al descanso. Es evidente que un presidente no desconecta nunca del todo. Si ha parecido estar desaparecido, es porque existe una sensación unánime de que, entre las visitas de los ministros y quien estaba al mando de la crisis, había un vacío y una falta de dirección. Lo reconocen cuadros intermedios del Gobierno. Carlos Cuerpo, actual vicepresidente primero, no ejerce el papel que tuvieron Carmen Calvo ni María Jesús Montero. Ese vacío, que Sánchez debía explicar, lo ha rellenado apelando a la empatía por su descanso cuando hay una ciudad entera incapaz de volver a la normalidad, ajena al descanso que el presidente reivindica para sí.
Este jueves los grupos parlamentarios insistirán en los avisos del CNI que Margarita Robles reivindica y Fernando Grande-Marlaska niega. Pero el choque pasa por la constatación de unos equipos que estuvieron desconectados, defendiendo cada uno a su cuerpo de funcionarios, incapaces de consensuar una versión común que no dejara mal a ambos ministros. Si Robles era consciente de la gravedad de los avisos, la interlocución debía ser con la Moncloa y el ministro del Interior, como hizo el presidente Juan Jesús Vivas llamando a presidencia el 27 de julio. Si Marlaska tuvo esos análisis de situación del CNI, la frontera no se reforzó de manera disuasoria lo suficiente. A estas alturas, es difícil que Sánchez pueda salvar esa incongruencia en su comparecencia.
El guion de las explicaciones es insuficiente cuando la crisis de la avalancha se ha transformado en una crisis social, de convivencia, de olla a presión a punto de estallar
Se ha leído mal durante todo el mes de agosto la dimensión de la avalancha y sus consecuencias y peor la respuesta que debía dar Sánchez. El guion de las explicaciones es insuficiente cuando la crisis de la avalancha se ha transformado en una crisis social, de convivencia, de olla a presión a punto de estallar en una ciudad víctima del aliento de Marruecos, con sensación permanente de abandono y las calles tomadas por los migrantes que debían estar recolocados a la espera de los trámites de devolución o asilo.
A estas alturas, Sánchez debería haber asumido la respuesta política, social y emocional a la crisis. No ha sido capaz de hacerlo con contundencia en ninguno de esos frentes. La crisis ceutí es geopolítica, humanitaria, migratoria, social, económica y de múltiples capas. Precisamente por eso era la que más podía comprometer al Gobierno si no se gestionaba a tiempo y con la precisión que exigía. Da alas a la extrema derecha y dificulta poner el foco en unas respuestas xenófobas inadmisibles y, en algunos casos, también inéditas en esta crisis.
Y rompe un patrón. Sánchez ha respondido con rapidez a numerosas crisis. Más allá de sus causas, el Gobierno se hizo cargo del hantavirus o del apagón; articuló una respuesta económica durante la pandemia con los ERTE, y lideró en Europa el tope al gas, por citar algunos ejemplos. En Ceuta no vieron venir la crisis, no han sabido gestionarla a tiempo y tampoco han acertado a explicarla como merecía. La entrevista de Sánchez ha dejado demasiadas lagunas, contradicciones y respuestas difícilmente sostenibles —como la apelación a la inocencia de Marruecos— para una crisis que exigía exactamente lo contrario: claridad, firmeza y una respuesta política y social a la altura.
Faltan meses para que Ceuta recupere la plena normalidad. Y será difícil para el Ejecutivo reconducir el mayor socavón en la gestión del Gobierno de esta legislatura. Con el tema más sensible, en el momento más frágil. Todo se leerá en clave electoral y cada decisión tendrá un coste. El problema es que, a estas alturas, ya no basta con solventar la crisis. El Gobierno tendrá que convencer a los ceutíes de que sabe cómo salir de ella. Y esa batalla, en Ceuta, está prácticamente perdida.
