Mirar primero por los de casa es algo que hace unos años nadie habría puesto en cuestión. Era un principio de lo más normal en el seno de una sociedad que, como la catalana, procuraba, a duras penas, que los de casa estuvieran bien y disfrutaran de todo lo que les fuera necesario. Lo contrario era inimaginable. Ahora, en cambio, pensar primero en los de casa no solo está mal visto, sino que ha sido estigmatizado como comportamiento de extrema derecha, xenófobo, racista, fascista y lo que más convenga por la izquierda woke que gobierna en todo Occidente y los satélites que, a su cobijo, viven sin dar golpe. Todo lo que no sea integrar al que viene de fuera es intolerable, y si, encima, lo que se pretende es controlar a ese que viene de fuera, esto ya es del todo injustificable.
De acuerdo con el marco mental cada vez más sesgado y sectario de esta izquierda, el paradigma es exactamente el contrario de aquel en que había crecido la sociedad catalana de abuelos y padres. O lo que es lo mismo, hoy integrar, según su esquema perverso, significa recibir con los brazos abiertos a quienes vienen de fuera y adaptarse a sus maneras de ser y de hacer, renunciando a las tradiciones y costumbres propias, porque ellos, a pesar de ser los recién llegados, no tienen intención de realizar ningún esfuerzo para respetar y formar parte del grupo que los acoge. El mundo al revés. Y aunque es cierto que tampoco se puede generalizar en el caso de la inmigración, cada vez hay más gente que está harta, porque, desgraciadamente, la realidad en Catalunya es esta.
Siempre, históricamente, en todas partes, a quien había ido a vivir a otro país le había tocado amoldarse a las circunstancias del lugar que lo recibía, se había tenido que espabilar a aprender su lengua, a conocer su idiosincrasia, a respetar sus usos y costumbres, si lo que quería era ser bien recibido e integrarse en la nueva vecindad que le había abierto las puertas. Nunca había esperado que tuviera que ser al revés. Muchos catalanes tuvieron que ponerlo en práctica cuando después de perder la guerra civil española se vieron obligados a exiliarse a México o a Francia o a buscar trabajo en Alemania. Ellos no renunciaron nunca al referente catalán, pero de puertas adentro, porque de puertas afuera se acomodaron a las reglas de juego de la comunidad que los acogió, y gracias a ello sus descendientes se convirtieron después, sin perder las raíces, en ciudadanos mexicanos, franceses o alemanes de pleno derecho. De ahí nacieron los casales catalanes en el extranjero, pero los catalanes que formaban parte de ellos se integraron en el lugar que les había franqueado la entrada. Y justamente esto es lo mínimo que se habría tenido que exigir a la inmigración, especialmente sudamericana y musulmana, que en los últimos años ha invadido, en algunos rincones literalmente, Catalunya.
Esto, sin embargo, es lo que las autoridades no han hecho, porque Catalunya sufre el hándicap de que no solo no tiene un Estado propio que vele por sus derechos, sino que el Estado en el que está integrada, el español, le juega en contra y facilita que se produzcan estas situaciones. En su casa, estos inmigrantes que hagan lo que quieran, coman lo que quieran y se comporten como quieran, pero la vida pública no pueden dictarla y cambiarla ellos, como los gobernantes catalanes, en connivencia con los españoles, les han tolerado sin ningún tipo de escrúpulo. En Catalunya se celebra la Navidad, se come cerdo —la matanza del cerdo es una de las tradiciones más antiguas de la cultura popular catalana—, la gente no se baña vestida ni se pasea por la calle tapada sin que se le vea la cara, las niñas hacen gimnasia con ropa deportiva, la escuela pública es la de un Estado laico y aconfesional y no tiene sentido, por tanto, que se enseñe la religión islámica después de haber conseguido que tampoco se enseñara la católica y, entre muchas otras especificidades, la lengua propia de Catalunya es solo el catalán, ninguna otra.
¿Verdad que no tiene ninguna lógica que Catalunya tenga que renunciar a estas y otras singularidades —la mayor parte compartidas con el resto del mundo occidental— que constituyen su bagaje cultural y nacional? Pues eso es lo que está en juego, si es que todavía se está a tiempo de revertirlo. Porque resulta que los que habían venido a pagar las pensiones de los catalanes se están tirando la gran fiesta a cuenta de los impuestos que han tenido que pagar y que siguen pagando estos catalanes para tener y para mantener una sanidad, una enseñanza y unos servicios públicos de calidad que están a punto de quebrar precisamente debido al alto volumen de recién llegados que hacen uso de ellos sin contribuir. Puede ocurrir, y de hecho ocurre, que, con todas las ayudas que recibe una familia de inmigrantes por el alquiler, por la comida, por la ropa, por el nacimiento de los hijos, por el comedor escolar, por el material escolar, por las actividades extraescolares, por el dentista, por la emergencia social, por cursos de todo tipo, gane más sin trabajar que un joven obligado a hacer las ocho horas que apenas cobra el salario mínimo, o que un catalán que ha pagado toda la vida la sanidad pública no pueda acceder a ella cuando la necesita debido a las largas listas de espera y tenga que recurrir a la privada mientras un inmigrante tiene tarjeta sanitaria cuando llega, es empadronado quién sabe dónde, cobra el ingreso mínimo vital y la renta garantizada de ciudadanía y dispone de un amplio catálogo de ayudas por parte de todas las administraciones.
En Catalunya el inmigrante es, en fin, beneficiario de todos los derechos, pero no es deudor de ninguno de los deberes
Actualmente, en Catalunya el inmigrante es, en fin, beneficiario de todos los derechos, pero no es deudor de ninguno de los deberes. Y si hablar claro es motivo para ser acusado de ser de extrema derecha, no significa que quien es acusado realmente lo sea, significa que la sociedad que gestiona esta tropa mal llamada de izquierdas está enferma y significa que cada vez hay más gente que ha abierto los ojos y que está harta de la situación y de quienes la han provocado. ¿O es que quizás es muy normal que la Generalitat contrate a un predicador islámico para impartir un curso de formación sobre el mundo árabe a profesores de primaria y secundaria que, aparte de apartar el catalán y hacerlo solo en castellano, niega, entre otros derechos, la igualdad entre hombre y mujer? El hartazgo crece en Catalunya y en toda Europa, menos, al parecer, en España, convertida en cuna de la inmigración que pone en riesgo los valores del mundo occidental justo en el momento en que la Unión Europea (UE) ha endurecido la legislación para hacerle frente. A buena hora, de todas formas, cuando la avalancha de inmigrantes musulmanes ya ha hecho cambiar la fisonomía de la mayor parte del Viejo Continente, probablemente salvo Polonia, que en su momento rechazó acogerlos y por este motivo fue acusada de islamofobia, y ahora debe ser el país más seguro de toda Europa. Porque no hay que olvidar, aunque al wokismo no le guste, la clara relación que las cifras certifican que existe entre inmigración e inseguridad ciudadana.
Atención, precisamente, a la decisión del gobierno de Suecia de dejar, en este sentido, de utilizar en las comunicaciones oficiales el término islamofobia, porque lo considera una "herramienta diseñada deliberadamente por el islamismo para equiparar la crítica legítima a una religión, la doctrina islámica, con el racismo contra las personas", un "truco semántico" utilizado por los dirigentes musulmanes para silenciar la crítica al islam y para demonizar no solo a los occidentales críticos con el islamismo, también a los musulmanes liberales y reformistas, a los activistas contra los matrimonios forzados o a las mujeres que rechazan la sumisión religiosa. Y atención igualmente a que el gobierno sueco no quiere limitar este cambio a una cuestión interna, sino que desea trasladarlo tanto a la UE como a la ONU, que hace años que emplean el término islamofobia en documentos, declaraciones oficiales y campañas con total impunidad, para que de una vez dejen de blindar el islam de la crítica. Una noticia que, a pesar de la importancia, los medios de comunicación tradicionales han despreciado, cuando no escondido directamente.
España, en cualquier caso, va siempre al revés, y los gobernantes del PSOE y del PSC en Catalunya sacan pecho de una regularización extraordinaria de inmigrantes que decían que sería de unas 500.000 personas, pero que al final es de casi 1.200.000. Un auténtico despropósito que demuestra lo mal que se hacen las cosas y que debería acabar en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) justamente por contravenir el mencionado endurecimiento de la política migratoria que entró en vigor el mes pasado. El resultado es que, fijada solo en el discurso de la integración y anatematizando el del control, la izquierda ha renunciado a afrontar de verdad el problema de la inmigración y ahora se queja de que se lo haya apropiado lo que para ella es la extrema derecha, aunque en el caso catalán —otra cosa es el discurso de la "prioridad nacional" de Vox— habría que hablar más bien de populismo que de extrema derecha. En todo caso, que no pierda el tiempo agitando el espantajo de la extrema derecha, porque históricamente los catalanes siempre habían tenido claro que los de casa tenían que ser primero y no eran precisamente de extrema derecha.
Hoy este es un sentimiento que repunta y que más gente abrazará cuanto más se tarde en revertir la situación. Catalunya primero, como el "America first" con el que Donald Trump ganó las segundas elecciones, y no por ello más de la mitad de los norteamericanos que lo votaron son de extrema derecha, por mucho que la progresía europea haya recurrido siempre al análisis simplista para explicar lo que no entiende. ¿Por qué debería molestar que los de casa vayan primero? ¿Por qué molesta tanto a los gobernadores de Catalunya y a los que son capaces de defender todas las causas del mundo menos la catalana que los de casa tengan que ir primero?
