Los datos oficiales referidos al pistolerismo (y sin contar el resto del global delictivo) deberían ser percibidos como una enorme red flag, por muchas cataplasmas que pongan los responsables políticos. Según el informe oficial de los Mossos d'Esquadra, aparte de los muertos por arma blanca (una treintena), en 2025 fueron asesinadas 8 personas con arma de fuego, mientras los incidentes donde se disparó una pistola llegaron a los 93 casos. Este año ya llevamos 15 incidentes con armas de fuego, con el resultado de 6 muertos y 18 heridos. Es decir, en menos de seis meses estamos a punto de alcanzar la cifra del año pasado, y todo hace creer que desgraciadamente se superará. Para remachar la alarma, solo en la semana pasada fueron ejecutadas dos personas a plena luz del día, una en la Zona Franca y la otra en la calle Balmes. Hay que añadir que esta última ejecución se hizo cerca de una comisaría, durante la visita del santo padre y con alerta 4 de terrorismo, hecho que denota el grado de profesionalidad de los asesinos.
Si las cifras frías ya son preocupantes, los datos que las acompañan empeoran la alarma: el 100 % de los asesinatos a tiros están vinculados con el crimen organizado y el narcotráfico; Barcelona se ha convertido en un auténtico club de la lucha entre mafias europeas (serbios, montenegrinos...); Catalunya se ha convertido en la base europea de los cárteles sudamericanos (Cártel de Sinaloa, Jalisco, y sobre todo el Tren de Aragua); la proliferación de armas reales se ha disparado en nuestro territorio, sobre todo gracias al mercado creciente de la marihuana, y el tenebroso fenómeno de las narcolanchas ya ha llegado a nuestras costas.
Sumando todo (y sin contar el resto de delitos de otra naturaleza, también en fase creciente), el cuadro es espeluznante y nos confronta con un hecho que no se puede minusvalorar: el crimen organizado y el narcotráfico son una realidad consolidada en Catalunya, y especialmente en Barcelona. Es decir, ya no son una ficción lejana, vinculada al mundo de Hollywood y a las series de Netflix, sino una realidad que está sacudiendo las calles de nuestro país. Con esta evidencia, resulta especialmente preocupante la actitud del gobierno catalán, dedicado por tierra, mar y micrófono a minimizar el riesgo, atribuyéndolo a ajustes internos de mafias, que usan sicarios para sus particulares guerras. Aseguran que no se trata de ataques indiscriminados contra los ciudadanos comunes, como si este hecho fuera tranquilizador. El aumento de la violencia es aumento de la violencia, sean cuales sean las circunstancias, y por tanto es un riesgo para toda la sociedad, como quedó demostrado hace pocos días en el barrio de Sant Roc de Badalona, donde una niña de 10 años recibió un disparo derivado de un narcopiso.
El problema se ha instalado en nuestro país y que el Govern no parece tener la capacidad, ni los instrumentos, ni la estrategia para combatirlo. Mucha palabrería y ningún plan integral para combatir un fenómeno que nos puede destruir socialmente
¿El Govern “ha perdido el control de la seguridad”, como ha denunciado Josep Rius? ¿Catalunya ha entrado en fase de pistolerismo? Dada la contundencia de los hechos luctuosos de los últimos meses, en un crescendo que no parece tener freno, es evidente que el problema se ha instalado en nuestro país y que el Govern no parece tener la capacidad, ni los instrumentos, ni la estrategia para combatirlo. Que si hay que endurecer las leyes de tenencia de armas, que si el Código Penal, que si se aumenta la presencia policial en las calles... Mucha palabrería y ningún plan integral para combatir un fenómeno que, si se consolida de manera definitiva, nos puede destruir socialmente.
La secuencia es bien conocida en otros lugares: el mundo del narco encuentra zonas vulnerables donde instalarse, luego se refuerza violentamente, y finalmente acaba actuando como poder en sí mismo. Funcionan como un mecanismo de degradación de los instrumentos que garantizan la sociedad democrática, y si no se actúa con contundencia en los inicios, se fortalece hasta hacerse invulnerable. En este sentido, no tienen cabida las frases displicentes, ni las actitudes pusilánimes, ni los discursitos para pasar la maroma. Hay que considerar el fenómeno en la alta gravedad que representa, hay que empezar a preparar un plan integral de choque, y hay que abandonar las tonterías del buenismo ideológico. Lo dijo Rodrigo Lara Bonilla, el ministro de Justicia colombiano que fue asesinado por el Cártel de Medellín: “La droga destruye al individuo, pero el narcotráfico destruye la sociedad y el Estado de derecho”. No es un tema de seguridad. Es un tema de democracia.
