Catalunya, como tierra de paso que es, ha sido siempre una sociedad de mente abierta, capaz de entender maneras de ser y de hacer diferentes. La catalana, al contrario de la etiqueta que a lo largo de la historia algunos malintencionadamente le han querido colgar, no es una sociedad cerrada, es una sociedad liberal; no en el sentido economicista del término, sino como sinónimo de una actitud de tolerancia, de comprensión hacia el desacuerdo, de respeto por la diferencia. Por eso cuando algunos hacen según qué afirmaciones en nombre de Catalunya conviene, de entrada, ponerlas en cuarentena, porque acostumbra a pasar que no responden al sentir mayoritario de los catalanes, sino solo a los intereses de una parte del país —y a veces ni siquiera del país—, que, de hecho, resulta que es minoritaria.

Últimamente, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, está empeñado en presentar a Catalunya de una manera que a él y a su partido, el PSOE —el PSC en el caso de la marca catalana—, les va bien para transmitir una determinada imagen de España en clave tanto interna como externa. Es la idea de una Catalunya, según ellos, "normalizada", "pacificada", han llegado a decir, en la que el clamor independentista ha desaparecido de la noche al día, plenamente integrada en la nueva ortodoxia españolista en virtud de la cual la corrección política es ser de izquierdas, progresista, propalestino y proiraní, antijudío —no se atreven a decir antisemita porque incluso ellos saben que de cara a la galería queda mal—, contrario a Trump y a Putin, defensor de Ucrania, partidario de recibir cualquier tipo de inmigración con los brazos abiertos, y activista, o al menos simpatizante de alguna flotilla siempre que sirva para poner el dedo en el ojo a Israel. Y todo el que no es todo esto es de extrema derecha.

Los socialistas han sido siempre muy hábiles a la hora de distorsionar la realidad en función de su conveniencia. Esta vez, sin embargo, han tenido, además, la ayuda inestimable de JxCat y ERC, que por puro afán partidista —la necesidad personal de los máximos dirigentes respectivos de poder volver a la escena política— les han puesto el relato en bandeja al aceptar una ley de amnistía cuyo objetivo verdadero era la "normalización institucional, política y social en Catalunya". Es decir, y el nombre lo dice todo, la renuncia definitiva a la aplicación del resultado del referéndum del Primer d’Octubre del 2017, que todo el mundo sabe que, con una participación mucho más elevada de la confesada oficialmente, fue favorable de manera abrumadora a la separación de España. Y Pedro Sánchez ha hecho gala de todo esto, dentro y fuera, ha sacado pecho y se ha vanagloriado de ello para mostrar al mundo cómo ha sido capaz de reconducir una situación que a su principal adversario, el PP, en aquel momento de Mariano Rajoy, se le había escapado de las manos.

Con Catalunya fuera de combate —"domesticada", según la retórica socialista—, el líder del PSOE la ha usado para demostrar la salud democrática de España y la ha utilizado descaradamente como punta de lanza de sus veleidades de paladín mundial de la paz que planta cara a las fuerzas del mal encarnadas por el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump. La llamada cumbre progresista celebrada hace unos cuantos días precisamente con tal finalidad en Barcelona —Barcelona es una marca que sigue vendiendo al mundo— ha sido, de momento, el punto culminante de esta especie de carrera megalómana que parece haber emprendido Pedro Sánchez hacia no se sabe muy bien dónde. Si es para distraer la atención de los muchos problemas que tiene en clave de política española, con la sombra de la corrupción paseándose en medio de la familia y del partido, los electores emitirán su veredicto cuando sean llamados a las urnas. Pero, si es para postularse como el líder que, talmente como si de un superhéroe se tratara, debe combatir a la extrema derecha en todo el planeta, lo tiene complicado, a pesar de los esfuerzos del aparato de la Moncloa —y del de la presidencia de la Generalitat ocupada por Salvador Illa los días que está en Barcelona— para fingir lo contrario.

Esto es así básicamente porque los pocos jefes de Estado y de gobierno que asistieron a la pantomima de Barcelona eran, salvo en el caso de Irlanda, de países sudamericanos y africanos, que, dicho con todo el respeto, tienen, en el concierto de países del mundo, el peso y la representatividad que tienen. Más bien parecía el club de los que no pintan gran cosa, que el presidente del Gobierno quiso aprovechar, en todo caso, para reiterar sus proclamas contra Israel y Estados Unidos, en contraposición a la comprensión expresada en varias ocasiones hacia el terrorismo palestino y el régimen totalitario de los ayatolás. La muestra del peso de la cumbre progresista de Barcelona es que el gran anuncio que hizo, en el sentido de que España propondría a la Unión Europea (UE) romper el acuerdo de asociación con Israel, ha quedado en nada, porque, salvo el apoyo habitual de Irlanda y de Eslovenia, los grandes Estados de Europa, con Alemania e Italia al frente, le han parado los pies a la primera de cambio. Y es que la OTAN parece que puede plantearse expulsar a España.

En 2017 Israel estaba preparado para reconocer a Catalunya como Estado independiente si los políticos catalanes no se hubieran echado atrás

La lástima de todo ello es que Pedro Sánchez haga estas proclamas valiéndose de la imagen de Barcelona y poniendo en medio el papel de Catalunya, haciendo creer al mundo lo que en realidad no es. Porque Catalunya, fruto justamente de su diversidad, no ha sido nunca un país que haya odiado al pueblo judío. Al contrario, en general el sentimiento ha sido más bien de empatía y a menudo ha tomado a Israel como ejemplo y espejo de lo que le gustaría ser, en tanto que país trabajador, hecho a sí mismo y capaz de superar las adversidades. En Catalunya, como en todas partes, hay de todo, pero hoy Catalunya no es mayoritariamente un país antisemita, ni contrario por sistema a lo que hace Estados Unidos, ni simpatiza con los terroristas de Hamás que se esconden detrás de la población palestina, ni con el régimen de terror que los ayatolás hace casi cincuenta años que han implantado en Irán. Sin olvidar que en 2017 Israel estaba preparado para reconocer a Catalunya como Estado independiente si los políticos catalanes no se hubieran echado atrás.

Por lo tanto, quizá a muchos catalanes no les gusta la guerra, pero prefieren que la ganen Estados Unidos e Israel para que las mujeres iraníes no sigan siendo asesinadas por el simple hecho de quitarse el velo islámico; quizá no les gusta que los palestinos sufran, pero tampoco que lo hagan los israelíes por culpa de los cohetes que cada día les lanzaban y en algunos casos todavía les lanzan Hamás y Hizbulá; quizá no les gusta Benjamin Netanyahu, pero no quieren que la UE suspenda el acuerdo de asociación con Israel; quizá no les gusta Putin, pero aún menos Zelenski; quizá no les gusta la extrema derecha, pero tampoco el discurso wokista, que puede llegar a ser tan pernicioso o más; quizá no les gusta que nadie muera en el Mediterráneo, pero son contrarios a la inmigración ilegal y desordenada; quizá no les gusta Donald Trump, pero no por ello tirarán piedras al tejado de la civilización occidental de la que forman parte junto con Estados Unidos e Israel. Catalunya no es, pues, ni mucho menos como el líder del PSOE pretende.

Y porque esto, efectivamente, es así, no puede ser que pueda permitirse el lujo de transmitir esta imagen falsa desde Catalunya mismo sin que nadie levante el dedo para plantarle cara y llevarle la contraria. No lo harán los suyos —el PSC— ni los de su cuerda discursiva —ERC, la CUP y los Comuns—, pero, al parecer, más allá de la politiquería de vuelo gallináceo que no lleva a ninguna parte, tampoco JxCat, que vete a saber si también tiene miedo de salirse del marco de esta nueva ortodoxia de la corrección política instaurado por el presidente del Gobierno. El caso es que, en nombre de Catalunya, solo pueden hablar los catalanes, porque Catalunya no puede dejarse arrastrar por la deriva de Pedro Sánchez, que se va directamente a pique.