Estas últimas semanas nos han conducido a dos evidencias letales. La primera, que tenemos un país destrozado, deshecho por las costuras, sin soberanía básica para defender nuestros intereses, y con unos déficits económicos, amontonados durante años de expolio, desinversiones, estafas e infrafinanciaciones, que han dejado al país desnudo.
Lloran los trenes en el país que fue puntero en la aventura ferroviaria y que no perdió su competitividad hasta que Franco nacionalizó las empresas catalanas y creó la estructura mastodóntica, centralista y corrupta de Renfe. Llora la enseñanza, en un país que tuvo pedagogos de la talla internacional de Ferrer i Guàrdia y Rosa Sensat, y creó, a principios del siglo XX, los modelos de enseñanza más modernos de Europa. Llora la sanidad en el país que ha tenido una larga tradición de médicos de renombre internacional, y que históricamente ha considerado la sanidad como un hecho troncal de la nación. Llora la lengua, un idioma que hablamos desde hace mil años y que, después de siglos de leyes, prohibiciones y represión, se está convirtiendo en un idioma minorizado en el territorio donde nació. Llora la sociedad, con datos que consolidan a Catalunya como uno de los territorios más pobres de Europa, con el riesgo de pobreza o exclusión social situado en el 30,8% en los hogares con hijos, en un país que siempre había estado socialmente equilibrado. Llora la economía, en el país donde se crearon los consulados de mar para dominar el Mediterráneo, que tuvo el primer parlamento de Europa, que hizo la revolución industrial y que construyó una estructura productiva sólida. Y llora también por todas las estructuras de Estado que fue creando a pesar de no tener poder: las empresas gasísticas, las eléctricas, las cajas..., todo perdido.
¿Qué le ha pasado a Catalunya? Le ha pasado España
Esta es la primera evidencia: la desaparición de un país históricamente bien ordenado y estructurado, con iniciativa política y económica, que lentamente ha ido perdiendo todas sus estructuras básicas y que, convertido en una colonia permanentemente saqueada, vacía de poder y vigilada, está ahora destrozado. ¿Qué le habéis hecho a nuestro país?, nos preguntarían nuestros antepasados, si no fuera porque la historia ya tiene escrita la respuesta. ¿Qué le ha pasado a Catalunya? Le ha pasado España. Quizás éramos ingenuos, aquellos que podíamos llegar a creer que Catalunya lo aguantaba todo: la brutalidad del Decreto de Nueva Planta, la persistente represión del XIX español, la dictadura de Primo de Rivera, los 40 años del dictador Franco, la estafa del Estado surgido del pacto de la Transición... No, vistos los datos y la situación, queda claro que Catalunya no lo podía aguantar todo.
La segunda evidencia ya estaba contrastada hacía tiempo, pero estos últimos meses ha caído como una losa: el país en plena deriva está gobernado por una pandilla de mediocridades insolventes, más motivada por defender el cargo, vender retórica ideológica y hacer la ola al Gobierno, que por gestionar el bien público. Y mucho menos por defender los intereses catalanes. Ha sido un escándalo descomunal la falta de liderazgo, la incapacidad de gestionar y la actitud patéticamente obediente que ha tenido el Govern catalán mientras el país estaba en colapso ferroviario, perdía miles de millones de actividad económica y se afectaba seriamente la vida de los ciudadanos. Y si la ineptitud y la improvisación de la consellera Paneque ha sido brutal, no es mayor que la ineptitud global del Govern, cuya vacuidad lo equipara a una mera pandilla de funcionarios haciendo de simples inspectores del poder central. De hecho, la conclusión cae por gravedad: no solo se trata de un Govern españolista, alejado de los intereses de Catalunya, además se trata de un Govern ausente, fundamentalmente inútil. En realidad, un Govern gris a la altura de una presidencia gris. Lo que no deja de ser lógico cuando quien gobierna nos considera una simple colonia de la gran España. Una Generalitat de pacotilla, un president con espíritu de simple gobernador y una situación desoladora que augura un futuro muy oscuro.
Para acabar, la guinda: la regularización de cientos de miles de personas que afectarán la demografía catalana, sin ninguna soberanía que nos permita gestionar el reto que todo ello representa. Sumado todo, el país se nos deshace entre los dedos.