El inicio de un nuevo año parece un buen momento para los buenos propósitos. Pensar qué objetivos quiere uno alcanzar a nivel personal, familiar, profesional, colectivo, etcétera, y decidir qué acciones deberá llevar a cabo, y cuándo, para lograrlos. Eso que es tan habitual que hagamos las personas a principios de año también puede aplicarse a los países o a los movimientos. De hecho, me parece del todo imprescindible que el catalanismo lo haga. El país lo necesita y el propio movimiento político también. Estas fiestas he releído El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, donde el autor, un psiquiatra prisionero en un campo de concentración, habla sobre la capacidad humana de trascender las dificultades si entiende qué da sentido a la vida. “Fuimos testigos de la actitud de los compañeros: mientras unos se comportaban como cerdos, otros lo hacían como santos. El hombre disfruta de ambas potencialidades. De sus decisiones, y no tanto de las condiciones, depende cuál de las dos sale a la luz”.
Lo que describe Frankl no debe ser comparable con nada. Utilizarlo no significa equiparar cualquier situación de sufrimiento con lo que padecieron los judíos en los campos nazis; si así fuera, él mismo tampoco habría podido aplicarlo con sus pacientes. Centrémonos, por tanto, en analizar cómo ha reaccionado el ser humano en otras situaciones de sufrimiento sin que sean asimilables entre sí. Por ejemplo, el proceso de independencia de Catalunya, que el catalanismo ha vivido como una situación adversa. ¿Se perdió? Creo que falta más perspectiva histórica para ser tajantes. Yo sigo pensando que, si se perdió, no fue tanto como pueda parecer. En todo caso, no se alcanzó el objetivo; hubo frustración, represión, prisión y exilio. La reacción de una parte del catalanismo ante esta situación han sido los reproches, la desconfianza, la minimización de lo conseguido y una cierta rabia mal canalizada contra aquellos a quienes exigimos primero y acompañamos a la cárcel después. Este estado de ánimo ha llevado a algunas personas a abrazar el populismo, basado en explotar las emociones negativas y no en la construcción de un proyecto compartido; basado en la búsqueda de enemigos internos a quienes hacer responsables de todo lo que ocurre.
Dentro de un año será el momento de conmemorar el décimo aniversario. Partidos, entidades, sociedad civil: debéis hacerlo bien. Dar sentido a 2017 y a la propuesta de futuro del catalanismo. Construir y crecer
A lo largo de nuestra historia, el país y el catalanismo han superado momentos peores. Sin ir muy atrás en el tiempo, encontramos cuarenta años de dictadura, sin disponer de instituciones propias y con la lengua catalana prohibida. El catalanismo también ha sido capaz de construir un proyecto de país. Dos ejemplos de ello son Prat de la Riba y Pujol, a quien muchos que ahora lo reivindican, si hoy fuera president, también lo criticarían por no hacer suficiente, como hicieron durante 23 años de pujolismo. No había instituciones, había muchas dificultades, pero el catalanismo fue capaz de dotarse de sentido, de plantear un proyecto de construcción nacional. Y por eso, pese a las carencias, la gente estaba. Y se avanzó.
El primero de octubre también tiene sentido. Es necesario que lo definamos nosotros de manera positiva, no desde fuera ni desde las bajas pasiones que mueve la frustración. Hay que explicar lo que significaron la gente y la movilización, y también la represión del Estado. Empezamos 2026; dentro de un año será el momento de conmemorar el décimo aniversario de todo aquello. Partidos, entidades, sociedad civil: debéis hacerlo bien. Dar sentido a 2017 y a la propuesta de futuro del catalanismo. Construir y crecer. El primero de octubre necesita un museo. Todo lo que representa el primero de octubre —el expolio que sufre Catalunya, el nuevo Estatut, el 9N, 2017, la represión posterior— necesita un museo. Un relato positivo. A quien le pueda chocar la propuesta, el Museo Histórico de la Oficina General de Correos (GPO) de Dublín puede servirle de inspiración, en la búsqueda de sentido.
