Todo hace pensar que España no puede vivir sin la colaboración de los catalanes, y el régimen autonómico intenta convertir a Aliança en una nueva distracción capaz de entretener al país con discursos e ilusiones estériles. El expolio material y la guerra psicológica que, después del 1 d’Octubre, se hizo en Catalunya a fuerza de prostituir los ideales de izquierda, parece que ahora se reactiva por la derecha. La ventaja que se dio a los niños de Oriol Junqueras ahora se quiere dar a los niños de Sílvia Orriols. El flautista de Hamelín era un hombre de recursos y sabía muchas melodías, pero el talento también se gasta y la música cada vez es más pobre.
No es solo que las plusvalías de la Guerra Civil y del franquismo se vayan acabando, cosa que ya plantea un problema grave. Además, las ideologías decimonónicas que sirvieron para construir y unificar los Estados nación europeos también están exhaustas. El caos que planea por todas partes viene del desmoronamiento de las bases que sostenían el mundo moderno. Estados Unidos está destruyendo los equilibrios de 1945, pero la profundidad de los cambios es tan grande que caen columnas que venían de Westfalia e incluso del oro americano. Por eso Pedro Sánchez puede jugar a hacer el Quijote con ideales gastados, como si fuera un castellano del siglo XVII.
Como buen madrileño que ha ido a las escuelas correctas, el presidente sabe que en tiempos de ruina el lenguaje conserva un eco residual de autoridad. La única obligación ineludible de la Moncloa es cuadrar los números, evitar que Europa intervenga y cuestione el orden hispánico, que es el más viejo de todo el mundo occidental. Sánchez polariza y regulariza a inmigrantes porque necesita pagar los sueldos de los funcionarios y las pensiones de sus votantes, mientras mantiene las apariencias democráticas del bipartidismo. El problema es que, como ya ha pasado otras veces, las élites de Barcelona van quedando acorraladas entre la indignación del pueblo catalán y la verticalidad despiadada de la maquinaria del Estado.
Si el Cercle d’Economia se aleja del PSC después de cuarenta años de reírle las gracias, no es porque los empresarios bien conectados sufran de repente por el futuro de Catalunya. Si la señora Garcia-Milà encuentra ahora que quizás nos hemos pasado de la rosca con la inmigración, no es porque al país le haya pasado nada que no supiera. El cambio de actitud viene de una contradicción de fondo que tendrá consecuencias cada vez más crudas. Al empresariado barcelonés le pasa un poco como a La Vanguardia, que quiere marcar distancias con Catalunya, para no molestar al rey, pero sin Catalunya es un periódico de provincias.
Sin un espacio nacionalista que los empresarios puedan controlar y hacer trabajar a favor del diálogo con Madrid, el bipartidismo no funciona. Los equilibrios de la Transición están rotos y las élites de Barcelona son las primeras en sufrir las consecuencias porque son el último mono del escalafón hispánico. Por eso desde la aplicación del 155 hemos visto tantos intentos de resucitar Convergència, ni que fuera en forma de sucedáneos. El problema es que las ideologías están muertas y que los partidos, en Catalunya, solo sirven para proteger a sus líderes. Esto ya era así en tiempos de Jordi Pujol, pero la aplicación del 155 ha acentuado este fenómeno.
Solo hay que ver qué ha pasado con Junts y con ERC y saber cómo funciona Aliança para entender por qué cuando el empresariado intenta pactar con un partido catalán, o simplemente utilizarlo, se encuentra con un muñeco de trapo. Sin derechos políticos, no puedes tener organizaciones políticas. Y menos en una época sin valores ni discursos sólidos. Puedes tener individualidades: cabecillas como Junqueras, Puigdemont, Orriols o mis amigos Jordi Graupera y Abel Cutillas, que se esconden en un sotobosque de equilibrios, limitaciones y sobreentendidos. Pero es insensato esperar de la política que no sea una actividad subterránea y muy promiscua.
El Cercle d’Economia se distancia del PSC porque sin la vieja Convergència el poder del Estado se va volviendo cada vez más asfixiante
En el fondo, los catalanes todavía están haciendo primarias. El famoso millón que no se ha rendido nunca, que ha sobrevivido incrustado en todas partes desde finales del siglo XIX, todavía espera el momento de elegir a sus líderes y de volver a organizarse. La victoria de Joan Laporta en el Barça y algunos de los abrazos eufóricos que he visto en las redes sociales forman parte de este fenómeno de reagrupamiento. El Cercle d’Economia se distancia del PSC porque sin la vieja Convergència el poder del Estado se va volviendo cada vez más asfixiante. Pero Convergència no volverá. Ya hizo su trabajo. Y su espacio ya no existe porque los huesos de la autonomía solo los puede rebañar el PSC.
En Catalunya solo hay dos programas: está el programa socialista basado en la fantasía de la gestión —de los políticos que resuelven los problemas de la gente sin la gente—, y está el programa de primarias, hijo de las consultas y la autodeterminación, basado en la idea de que un país es una constelación de liderazgos y de organizaciones surgidas del empuje y los anhelos del pueblo. En la mentalidad autonómica, el fantasma de Convergència provoca salivación y el dinero todavía está más pendiente del resultado de las elecciones que de la influencia que puede tener sobre la red política emergente. Pero el dinero no tiene vida propia, y cuando actúa como una fuerza sin mundo acaba cargando contra molinos de viento, como el Quijote que reaccionaba a realidades imaginarias porque solo sabía repetir el pasado.
