Cuando Jordi Pujol llegó este lunes, pasadas las 17:00 horas, a su domicilio de la ronda General Mitre, en Barcelona, después de haber realizado 1.300 kilómetros por carretera para comparecer ante la Audiencia Nacional, estaba literalmente fundido. Se retiró a descansar, sin hablar con nadie, tras una jornada maratoniana que se había iniciado poco después de las 6 de la mañana en un hotel no muy alejado de San Fernando de Henares, donde el tribunal de la Audiencia Nacional, presidido por el magistrado José Ricardo de Prada y otros dos compañeros de sala, junto al abogado de la defensa y el médico forense, le había entrevistado para conocer su estado. Pujol lo aguantó con lapsus, pero con entereza. Con la dignidad de una persona que no se amilana —"yo quiero declarar"— y que el trato inhumano que recibió no quebró su pundonor y autoestima. Porque lejos de dar lástima, Pujol ha generado una empatía ante la canallada que la llamada justicia estaba llevando a cabo que será recordada y muchos no olvidarán.

De Prada tenía, según dijo, "un especialísimo interés en tener una entrevista y conocer de primera mano cuál era la situación personal del señor Jordi Pujol Soley”. No era necesario y todo el mundo lo sabía. Fue más bien una pataleta autoritaria. Los 23 años de Jordi Pujol en la presidencia de la Generalitat han dejado un poso de gran rencor en la capital de España. De aquella Catalunya que levantó una nación, que muchos pensaron que la guerra y los 40 años de franquismo habían conseguido borrar del mapa. La nación, la lengua y la catalanidad como eje de una política no sometida a los designios de un partido español. Y Pujol, con sus errores, simboliza aún todo eso. “La conclusión que ha obtenido el tribunal es la imposibilidad del señor Jordi Pujol Soley de permanecer con plenitud de conocimiento y capacidades en este juicio, con lo cual, se acuerda que a partir de este momento queda, no quiero usar la palabra expulsado, pero sí que efectivamente queda fuera del procedimiento”, ha argumentado el magistrado, José Ricardo de Prada.

Los 23 años de Jordi Pujol en la presidencia de la Generalitat han dejado un poso de gran rencor en la capital de España

Era el punto final. El president Salvador Illa celebró que la justicia haya actuado con sensatez y sentido de la humanidad, y el president del Parlament, Josep Rull, lo calificó como una demostración deshumanizadora de una larga voluntad fría y calculadora de humillar todo aquello que simboliza. Para los más alejados de su entorno ideológico, es la confirmación de su restitución tras un cierre que tiene un punto final judicial. Pero su exclusión definitiva de la causa hace que, después de doce años de instrucción, no sea declarado ni inocente ni culpable. Para una persona religiosa como él, la decisión tendrá que esperar al Juicio Final. Pero, para la gran mayoría de los catalanes, la actuación de la Audiencia Nacional solo ha sido la confirmación de que el ensañamiento sigue marcando la actuación del Estado español cuando en el punto de mira hay nacionalistas o independentistas. Por eso era importante que Pujol en Madrid, con 95 años, afectado de un ictus y con capacidades mermadas en su estado de salud, olvidara en el interrogatorio muchas cosas, pero recordara la fundamental para su biografía: he sido el president de Catalunya entre 1980 y 2003.

Decía Aristóteles, el filósofo griego, que el hombre ideal asume los accidentes de la vida con gracia y dignidad, sacando el mejor provecho de las circunstancias. Hacer frente a los designios de la vida es lo que nos convierte en seres humanos dignos. Pujol ya puede descansar tranquilo. Muchos de los fantasmas que lo han perseguido desde la confesión de la deixa, en julio de 2014, han quedado definitivamente guardados dentro de un cajón y no lo perseguirán. Aquel dinero en Andorra sin declarar durante más de 30 años, herencia de su padre Florenci para asegurar el futuro de su familia, ya no marcará la última línea de su biografía. El president hace ya tiempo que sabe que a él no le sucederá como a su admirado Helmut Kohl, cuyo final, por un escándalo de donaciones, estuvo marcado por el aislamiento y el rechazo público de los dirigentes de la CDU que él mismo había promocionado. Pujol no recuperará las distinciones que merecidamente recibió tras su retirada en 2003, pero, como también decía Aristóteles, la dignidad no consiste en tener honores, sino en merecerlos.