Aparte de ser la obra maestra de Isabel Allende —su primera novela y la más exitosa—, 'la casa de los espíritus' también es como se llaman las casitas de las esquinas de Tailandia. Se llaman San phra phum y se construyen para que los espíritus protectores de la tierra tengan un lugar donde vivir, y se mantenga la armonía entre las personas y los lugares, en un maridaje de creencias animistas, budistas e hindúes. La casa de los espíritus (1982) es uno de mis libros favoritos, con permiso de Mirall trencat, de Rodoreda, y creo que es hora de que lo vuelva a leer por tercera vez. Son libros que en cada etapa de tu vida ves y sientes cosas distintas. Y ahora estoy en un momento en el que necesito ver en perspectiva la relación entre los hechos y los lugares. En ambas obras, la casa, el hogar, tiene un papel central, como si fuera un protagonista más. La casa acumula recuerdos, secretos, amores y traumas de varias generaciones de los Trueba, pero podría ser de cualquier apellido catalán. Reconozco que la serie también me ha gustado mucho. Y esto ha hecho que volvamos a encontrar por todas partes el libro con unas ediciones preciosas. Pero lo cierto es que no soy objetiva. También me encanta la película The house of spirits, que he vuelto a ver para hacer el artículo, a pesar de que date de 1993. Uno de los mejores castings de todos los tiempos: Jeremy Irons, Meryl Streep, Glenn Close, Winona Ryder, Antonio Banderas… e incluso la hija de Meryl Streep haciendo de ella cuando Clara todavía es una niña. Creo que pocas interpretaciones son mejores que la de Glenn Close haciendo de Férula. ¿Que si las cuñadas eran lesbianas? Ya ni me importa. Es el sentimiento de unión lo que cuenta; son mujeres que encontraban el calor que anhelaban en otras mujeres, en un momento en el que los hombres no tenían ninguna educación sentimental. Las visiones de Clara y los recuerdos de los antepasados hacen que la casa sea una frontera difusa entre el mundo material y el espiritual, y esto nunca pasa de moda. Porque todas estas adaptaciones encuentro que me ensanchan, de un u otro modo, la mirada.
Los espacios físicos pueden conservar una presencia espiritual y una memoria que trasciende a las personas que viven en ellos
Del mismo modo que a medida que la casa se transforma, también lo hace la sociedad latinoamericana y se transforma la política del país en particular (Chile) y de toda la sociedad mundial en general. La casa acaba funcionando como una metáfora de la nación. Incluso la música de la serie, con la que al principio no comulgaba, se me ha acabado pegando. “Tanta pena y soledad”, dice la canción "Nuestra Casa", interpretada y compuesta por la cantautora chilena Mon Laferte. Me emociona mucho el final, cuando Alba dice que la libertad es vivir sin odio. He pensado mucho en esta frase. Igual que una elaboradora canaria me dijo “esto pasó ayer”, para ayudarme a pasar página. A ver si me lo aplico. La serie se recrea mucho más con la tortura a la más pequeña de la saga, mientras la película hace un maridaje de la vida de las dos últimas generaciones. Lo siento, pero pensaba que la serie de Netflix Cien años de soledad me atraparía, pero no ha sido así y eso que adoro la obra de Gabriel García Márquez. Para mí, donde reina verdaderamente el realismo mágico es en la ficción de la chilena. Quizás porque mi cuñada es chilena, quiero empezar a leer todavía más sobre el Chile de esos años. “Léete este libro”, me dice Daniel, para que no le robe el último de Julian Barnes. Calle Londres 38, de Phillipe Sands, va sobre el nazismo en tiempos de Pinochet.
Ha sido una sorpresa encontrarme en la serie de HBO con Eduard Fernández y Maribel Verdú haciendo el gran papel de Tránsito y comprobar que la producción ejecutiva es de Eva Longoria. De este último proyecto, me encanta el énfasis en la sororidad femenina y la gran denuncia a la violación, sea de la generación que sea. Cómo el trauma intergeneracional y la rabia transforman a las víctimas en verdugos y la venganza mancha las siguientes generaciones. Sin embargo, como antes se blanqueaba que los hombres eran violentos por naturaleza y actualmente se ve como fruto de la incultura y la soberbia. El nombre de Clara, Blanca y Alba es toda una declaración de intenciones de luminosidad. De cómo de un padre de derechas salen hijos de izquierdas. De cómo alguien tan espiritual como Clara acaba con alguien tan material como Esteban. El color verde del pelo, las intuiciones, las apariciones o la cabeza cortada, entre otros, crea este universo que Allende consiguió crear para ser degustado con un buen carménère de firmes taninos y fondo especiado.
—Mamá, ¿es de miedo? —me preguntan mis hijos, pensando que va de una casa con fantasmas. Digo que no. Pero después pienso que sí, por el terror de la gente que "desapareció" en aquella época pinochetista y no por los monstruos inventados. Tanto la novela de Isabel Allende como las casitas espirituales tailandesas parten de la idea de que los espacios físicos pueden conservar una presencia espiritual y una memoria que trasciende a las personas que viven en ellos. Un poco como el alma del vino más allá del terruño.
