Hace unos días se celebró en Suiza un referendo para decidir si el país helvético debe fijar un tope de 10 millones de habitantes. La consulta se saldó con la victoria de quienes se oponen a ello, que obtuvieron un 55% de votos contrarios, mientras que los partidarios de la limitación alcanzaron un 45% de los sufragios y vencieron en 12 de los 26 cantones suizos. El país alpino supera actualmente, por poco, los 9 millones de habitantes. El debate al respecto no es una particularidad suiza, ni mucho menos. Cada vez más, esta cuestión es debatida en más países y tiene una batería de motivaciones. En juego está desde la preservación de las identidades y lenguas autóctonas hasta la capacidad de integración, así como el colapso de los servicios sociales del estado del bienestar, la limitación del parque habitacional disponible y el agotamiento de los recursos energéticos, hídricos o de movilidad de una sociedad. Este debate tiene algunas derivadas distintas, pero que van en la misma dirección, como las limitaciones que las Illes Balears imponen a la llegada de vehículos a motor. Todo el mundo entiende ya que un territorio concreto, con sus limitaciones de todo tipo, no puede soportar la llegada indefinida y constante de personas, turistas o coches sin que esto tenga consecuencias, muchas de ellas negativas. El debate ya está aquí y los catalanes también debemos opinar.

En 2023, la población catalana alcanzó los 8 millones. A fecha de hoy, rondamos ya los 8,2 millones de habitantes. Según el INE, en quince años, en 2041, Catalunya ya será la comunidad más poblada del Estado y desbancará a Andalucía, que hasta hoy es el territorio con más población. Nadie nos ha preguntado si lo queremos o no, pero lo cierto es que esto responde a unas políticas concretas de los gobiernos de Barcelona y Madrid. Por eso, desde las instituciones catalanas ya se nos cantan las glorias de ser un país de 10 millones de habitantes. Y no solo desde las instituciones; todavía recuerdo el artículo de David Cid en el diario Ara titulado “Somos 8 millones, y si somos 10, mejor”. Pero su objetivo no es llegar a 10 millones de personas, sino ir mucho más allá. En privado, altos cargos del Govern de Catalunya ya vaticinan que seremos 12 millones en un horizonte no muy lejano. ¿Y después? ¿Iremos a la Catalunya de los 14 millones también? ¿O más lejos todavía? Detrás de estas previsiones, sin embargo, no hay ningún plan concreto ni ninguna previsión en ningún ámbito, más allá de proveer al país de mano de obra barata para seguir recaudando impuestos y pagar las pensiones. Un plan verdaderamente vergonzante que solo es una huida hacia delante que hace la pelota más grande año tras año. Ningún plan a medio o largo plazo; ningún proyecto de país.

En privado, altos cargos del Govern de Catalunya ya vaticinan que seremos 12 millones en un horizonte no muy lejano. ¿Y después? ¿Iremos a la Catalunya de los 14 millones también? ¿O más lejos todavía?

Sin embargo, buena parte de la población ha llegado a la conclusión de que todo esto no es bueno ni tiene nada positivo. Las preguntas son sencillas y nos las podemos hacer todos y cada uno de nosotros. ¿Se vive mejor en la Catalunya de los 8 millones o se vivía mejor en la Catalunya de los 6 millones? ¿Se vivirá mejor en una Catalunya de 10 millones de habitantes? ¿Los precios de las viviendas serán más asequibles con 10 millones de personas? ¿El medioambiente quedará más protegido con 10 millones de habitantes? ¿Los sueldos serán mejores con 10 millones de habitantes? ¿La educación, la sanidad, la movilidad o el transporte público serán mejores con 10 millones de habitantes? ¿El catalán tiene más futuro con 10 millones? ¿La cohesión social y el sentido de pertenencia serán más sólidos si somos 10 millones? ¿La soberanía alimentaria y energética está más garantizada con 10 millones de habitantes? Todo el mundo sabe las respuestas a estas preguntas, aunque las respuestas sean políticamente incorrectas. Ya respondo yo: a mayor población, menor calidad de vida para todos, tanto para los recién llegados como para los que ya estábamos aquí. Nuestro país, no muy grande y ahogado financieramente, no da para más. La densidad de población en Catalunya es, hoy, de 253 personas por cada kilómetro cuadrado. Por hacernos una idea, la densidad de población de la Unión Europea (UE) es de 117 personas por kilómetro cuadrado. Por tanto, tenemos más del doble de densidad de población en Catalunya que la media europea. Como los kilómetros cuadrados de nuestro país no se incrementarán, si sigue llegando gente, esto irá a peor. Por eso el president Salvador Illa habla literalmente de “densificar en lo posible” nuestro país.

Así las cosas, pues, es necesario que el debate sobre el límite poblacional de Catalunya quede abierto. La pregunta a responder es la que encabeza este artículo. ¿Cuánta gente cabe en Catalunya? Se puede afinar más y cabe preguntarse a partir de qué umbral de población nuestra calidad de vida empezó a decaer. Hace ya un tiempo de eso. Y cada año es peor que el anterior. Alguien dirá que esto es un movimiento global y que no podemos hacer nada. Falso. Por supuesto que podemos hacer cosas. En términos generales, la gente hace lo que está incentivado y la gente deja de hacer lo que está desincentivado. Y Catalunya (y España) incentivan constantemente la llegada de gente. Hay que detener esto y revertirlo. Es necesario desincentivar la llegada de más personas. ¿Cómo? Haciendo el catalán obligatorio para trabajar en Catalunya. Con mayores inspecciones habitacionales y laborales. Incrementando los sueldos y haciendo inspecciones fiscales donde deben realizarse. Con el copago sanitario. Reformando en serio el sistema de pensiones. Poniendo controles de verdad en los aeropuertos y desarticulando las mafias que trafican con personas. Eliminando las ventajas fiscales para los expats (hablaré un día de ello). Limitando temporalmente las ayudas públicas, inspeccionarlas y vincularlas a la búsqueda de empleo y la integración. Eliminando el fraude del padrón. Si vivir en Catalunya supone un esfuerzo personal importante, vendrá menos gente y solo lo harán quienes quieran integrarse. Otros se marcharán, porque no les saldrá a cuenta. Es solo cuestión de voluntad política, y tengo la intuición de que este será un debate central de la agenda política de los próximos tiempos.