Me hice seguidor acérrimo del equipo femenino del Barça cuando el masculino las pasaba canutas para mantener el honor futbolístico de una entidad en horas bajas. La huella dejada por Bartomeu había sido tan profunda que el equipo masculino exhalaba tristeza y agotamiento metafísico, y suerte tuvimos del equipo femenino para recuperar la pasión perdida por el fútbol. Las jugadoras, a las que de vez en cuando llamo 'chicas' por cuestiones de edad —no por una masculinidad mal construida—, jugaban un tiqui-taca excepcional, marca de la casa, y poco a poco me enganché a las bonanzas de un equipo que no solo sorprendía por la técnica, sino por una musicalidad en el juego que recordaba los mejores años del guardiolismo. Y, partido tras partido, celebré las ligas, las victorias contra un Real Madrid liderado por una pérfida jugadora llamada Athenea del Castillo, que es el espíritu de Juanito en versión peste bubónica y, por supuesto, las cuatro Champions, la última, la cuarta, ganada a un Olympique Lyonnais gobernado con mano de hierro por la presidenta de un conglomerado de entidades futbolísticas que me recuerda, en versión femenina, al Doctor No.
Una vez alcanzada la cumbre, deberíamos pedir al president Laporta que mantenga la apuesta por un equipo que es un reflejo de las sociedades cosmopolitas. Inglaterra tiene grandes equipos de fútbol femenino. Francia tiene grandes equipos de fútbol femenino. Alemania tiene grandes equipos de fútbol femenino. EE.UU. tiene grandes equipos de fútbol femenino. Y, a diferencia de las cuatro naciones mencionadas, en España solo hay un equipo, el Barça, que se tome el fútbol femenino mucho más en serio que la Federación Española, un grupito de burócratas que utilizan el cargo para vivir a cuerpo de rey emérito o de cualquier Froilán de turno. Y una de las cosas que debería evitar el president Laporta es la pérdida de competitividad de una sección admirada en todo el mundo. No será fácil sustituir a Alèxia Putellas, Mapi León u Ona Batlle, pero el equipo merece una inversión en consonancia con su prestigio internacional y con una marca Barça admirada y beatificada en cualquier foro futbolístico internacional. Excepto en Catalunya, del fútbol femenino no se habla en España por una cuestión de machismo alfa. Ese que considera marimachos a las mujeres que juegan a fútbol, o que asegura —con el pecho peludo como la crin de un caballo de pura raza española— que el Alcobendas o el Villafranco del Guadiana ganarían a cualquier equipo campeón de la Champions femenina.
Que en España no se apueste seriamente por el fútbol femenino es la constatación del espejo roto en que se refleja esta nación mal parida.
Uno de mis deportes favoritos es criticar Madrid, ciudad que conozco bien, muy bien, tras haber vivido allí largas temporadas a lo largo de dieciocho años, y que, a diferencia de Àngels Barceló —al final, y a pesar de tu servidumbre, también han venido a por ti, Àngels— y de Gabriel Rufián, solo me transmite frigidez por culpa de un cosmopolitismo que se ve tan impostado que transpira cosmopaletismo a raudales. Cuando los madrileños me mencionaban el barrio de Chueca como ejemplo de cosmopolitismo, yo les contestaba que no me parecía muy cosmopolita tener que crear un gueto para meter ahí el movimiento LGTBIQ+, y aquí paz y después gloria. Y, conocedor de la realidad madrileña, no me extraña para nada la situación que vive el fútbol femenino en la Little Caracas de Ayuso, si tenemos en cuenta las masculinidades in pectore de Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, quien llama 'niñas' a las periodistas —solo le falta añadir el posesivo 'mis'— y que compró el Club Deportivo Tacón para poder jugar en la división de honor. Todo ello, por una genuina y mal disimulada barcelonitis. Que el club originario del Real Madrid femenino se llame Tacón marca el talante de una entidad gobernada —y por muchos años— por un hombre que se viste, como diría José María García, por los pies. Bien mirado, Club Deportivo Con Faldas y a lo Loco también habría sido un nombre idóneo para el club nodriza de la sección femenina y arriba España del Real Madrid. Si no fuera por el Barça, Pérez no habría necesitado crear un equipo de fútbol femenino. Y eso sí que es muy madrileño. Barcelona tiene las ideas; Madrid, la pasta para copiarlas y arraigarlas en el km 0, mientras las pague, indirectamente, el Estado por el efecto capitalidad.
Deberíamos pedir al president Laporta que mantenga la apuesta por un equipo que es un reflejo de las sociedades cosmopolitas
Tener un equipo puntero de fútbol femenino es el reflejo de una sociedad que cree en los valores de la igualdad de género. Y podría darse el caso de que el equipo del Barça, capitaneado por Alèxia Putellas, sea el último de los penúltimos baluartes de esta Barcelona que predica el cosmopolitismo y que cada día es más chavacana, uno de los grandes legados de los multiculturalistas orgullosamente desarraigados. Y es por este motivo, el de mantener vivo un valor que da valor activo a la ciudad, por el que Laporta y el Barça deberían luchar por mantener a las futbolistas estructurales que han hecho de la entidad un valor de modernidad bien entendida. Sin valores propios, Barcelona no se 'pondrá guapa', uno de los lemas más idiotas inventados por los publicistas condales. Una Barcelona, por cierto, que cada día se parece más a otras ciudades orgullosamente españolas por culpa de una epidemia propia del siglo XXI: la de entender los valores catalanes como valores excluyentes y provincianos. Aquí se puede hacer andalucismo o aragonesismo, pero el catalanismo es profundamente xenófobo y pueblerino. ¿Me equivoco?
Lamentablemente, esto de vaciar de contenido lo que funciona y lo que da una identidad propia, alejada de los espectros carpetovetónicos, es muy catalán. Pasó con la Pasarela Gaudí y con la industria cinematográfica. Y ya sé que “fútbol es fútbol”, como dijo un sabio llamado Vujadin Boškov, pero tener un equipo femenino de fútbol que gana Champions a mansalva y que, encima, es un hecho diferencial respecto de la España de Feijóo, Abascal, Álvarez de Toledo, García Page, Griso o Ana Rosa, me pone más que una canción chabacana de Bad Bunny.