Soy autónoma. Disculpadme la apertura trágica, pero para entender por qué ahora ando por las bibliotecas del país, es importante saber que soy autónoma. He escrito en la biblioteca de Palafrugell, en la de Miami Platja, en la de Cardedeu, en la de la Garriga, en la del Ateneu Barcelonès, en la de Sarrià y en la de la Facultat de Dret de la UB, ya hace más años de los que querría admitir. También he escrito en habitaciones de hotel y en algún bar de pueblo, pero eso es harina de otro costal. Para poder escribir algo con sentido, hay que haber leído cosas con sentido, y quizás por eso las bibliotecas sean el lugar donde trabajo: leo o escribo, o leo para poder escribir, a veces esperando que por ósmosis se me pegue el talento del libro que tengo entre manos un poco a la desesperada.
¿El señor que va a subrayar las noticias en el periódico de papel y tose cada vez que respira? Lo he conocido. ¿La chica que no se aclara con los problemas de matemáticas de los modelos de examen de la selectividad y habla sola, como si intentara convencer a las cifras de que están equivocadas? También la he conocido. ¿La señora que va cada mañana a jugar al Paraulògic en los ordenadores de la biblioteca? Es entrañable y sí, la he conocido. ¿El letraherido que siempre lleva los libros por la misma página y lee mirando si alguien lo mira? Un clásico. Si no existiera, lo invocaríamos. ¿Las bibliotecarias que charlan más alto que sus usuarios? Serán siempre nuestras.
La fauna que ahí me he encontrado y que me encuentro son el tipo de gente que hoy me permitiría hacer un artículo azucarado y cursi —y bien ñoño, como a los catalanes nos gusta— sobre el papel de las bibliotecas. Una cosa romántica e inocua sobre la cultura y la lectura que pudiera ir perfectamente de la mano de la noción de "refugio" que, desde que en este país los veranos son lo más parecido al infierno que experimentaremos en vida, hace de sinónimo de biblioteca. Pero, ¿sabéis qué pasa? Que en cuanto a la cultura, las bibliotecas son el antónimo del resguardo que la climatología les quiere adjudicar, porque se alzan sobre la idea radical de que el acceso a la lectura debe ser un servicio público.
Las bibliotecas son uno de los puntales en el combate contra quien considera elitista todo lo que es culturalmente ambicioso
Ya entiendo que el discurso del "milagro colectivo" que suponen hace de anestesia en un mundo que aboca a la desesperanza y a la apatía, pero la cultura hecha de purpurina como acto de fe, como antídoto para salvar la humanidad, es una consigna fantasiosa, infantil y vacía. Las bibliotecas no son ningún milagro porque no son fruto ni del azar ni de ninguna fuerza misteriosa. De hecho, este lenguaje —medio esotérico, medio terapéutico— se parece bastante al de quienes piensan que escribir hace el mismo trabajo que ir al psicólogo. Si las bibliotecas también son mucho más que un "refugio" climático pasado por el tamiz sentimental de la cultura, no deberíamos limitarnos a tratarlas como una nevera con libros.
Su existencia es una decisión política y la gestión de su mantenimiento también debe serlo, sin olvidar ni menospreciar la idea sobre la que se fundan, si puede ser. Hay días en los que pienso que si hoy intentáramos inventarnos algo como las bibliotecas, estarían los tontos de siempre tocando las narices y poniéndole mil pegas. Por eso, más que refugio, son uno de los puntales en el combate contra quien considera elitista todo lo que es culturalmente ambicioso. Y contra quien considera superfluo todo lo que es público. Y contra quien considera que los libros son una fase superada de la humanidad, y trata las bibliotecas como quien trata un museo. Y contra quien enfrenta las bibliotecas al TikTok, de forma chapucera. Termino estas líneas en la biblioteca de Cardedeu, a dieciocho de agosto, mientras un señor de mediana edad consulta un libro sobre agujeros negros, una especie de hippie coge en préstamo libros sobre animalitos y la chica que tengo a mi lado hace ruido con los tapones de los fluorescentes con los que subraya sus apuntes. A su lado, su novio se hurga la nariz. Hay días en los que es difícil de creer, pero las bibliotecas son, a pesar de todo, civilización.