Soy hijo de un tiempo y de un país que consiguió montar un referéndum de autodeterminación y que, tras sólo dos años, se atontaba complaciente admirando las tetas iluminadas de Montserrat. Me guste o no, eso es lo que podré contar a los chavales que vendrán, impostando nostalgia, mirando al infinito y, si el doctor lo permite todavía, pimplándome otro habano. Si consigo salir de la condición precaria y así poder parirlos, les contaré que, en un país de bocazas y chulos, conseguimos guardar las urnas, resistir a las hostias de la pasma y votar todo esto de la libertad de la tribu. Pero después, y aquí quizás cite a Xirinacs para hacerme el resabido, les diré que la política lo malbarató todo, que las promesas se incumplieron y que mis coetáneos prefirieron la paga al compromiso con los electores. Yo soy hijo de esto, diré a los niños, como un loco que rompe burbujas.

Cuando nos inventamos esto del referéndum (sus enemigos, para castrarlo de inicio, lo llamaron RUI), la peña de los partidos nos miraba como si estuviéramos locos. Pensaban que con el simulacro del 9-N ya bastaba, que eso de contarnos ya lo habíamos hecho y que se debía ensanchar más la base (la cara dura, como todo en esta vida, tiene el copyright inimitable de los convergentes). Nosotros pensábamos que no, que un referéndum no sólo era la única forma de superar la avaricia de los partidos catalanes y sus intereses cortoplacistas, sino que la promesa de aplicar una votación, por otro lado, retrataría la naturaleza violeta del estado. En eso último, como certifican tantas cicatrices y un ojo perdido, no nos equivocamos: por desgracia, la premisa inicial fue errónea y los partidos tuvieron demasiado pavor, se rindieron y prefirieron la paguita al riesgo liberador.

Yo soy hijo de la victoria de un día que se añora en la horripilante parsimonia de las semanas posteriores al 1-O

Pese a quien pese, a día que pasa la fuerza del 1-O se va perdiendo y se apagará todavía más si se condena el independentismo a la manifa y la perfomance. Ayer, cuando remiraba las imágenes de los electores defendiendo su voto y pensaba en el espíritu usurero de los políticos que se han lavado el culo con la dignidad de la gente, tenía que aguantarme las lágrimas de rabia. Es muy difícil sobrevivir hoy en Catalunya, a no ser que seas tan cínico como para refugiarte en la nostalgia o el resentimiento. Mi país es el de la gente que se abrazó a la urna y no tuvo miedo que le rompieran la cara, la tribu de una gente que ya vivió suficientes simulacros y jornadas históricas y que tenia la simple pretensión de ser el protagonista de sus íntimas prioridades vitales. Por todo ello, hoy por hoy y siendo sinceros, ha sido sepultado y no volverá. Las cosas, queridos lectores, nunca se repiten igual.

Yo soy hijo de la victoria de un día que se añora en la horripilante parsimonia de las semanas posteriores al 1-O. Soy el producto de unos capataces que me han robado la escasa ilusión que tenía. Todavía no he renunciado al espíritu ciudadano, ni a la esperanza, pero me escuece el alma por todo aquello que podríamos haber vivido y no fue, por todo lo que se ha sepultado en un silencio incómodo. Espero que los chavales del futuro se enfaden mucho conmigo y que se indignen ante mi superioridad moral cuando les diga que, por mucho que luchen, el pescado está vendido. Yo soy hijo de toda esta inmensa mierda. Y esta sería, básicamente, mi espantosa contribución a los hechos de octubre.

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