Esta pobre chica, Eva Granados, doméstica de Iceta en el Parlament, dicen que ha dicho que “no ha de ser la ciudadanía quien dirima una cuestión como la autodeterminación”. Hay cosas de mi parroquia que admiro honestamente, como por ejemplo la fruición de la peña indepe por discutirse con una socialista, siendo el PSC no sólo algo francamente de poco interés en general, sino también una de las causas mayores de la esclavitud de la tribu. Pero de vez en cuando, hay insubstancialidades que hacen de buen comentar con la mixtura de asco y goce con la que uno se huele las ventosidades o disfruta del hedor de una fábrica en la autopista. Y no sólo pienso en eso de certificar por enésima vez aquello de Pla según lo cual un español de izquierdas es idéntico a uno de derechas, sino para confirmar que un socialista siempre será peor que el militante más radical de Vox.

Cuando se habla de cosas importantes como la autodeterminación siempre es más sencillo conversar con un militante de la derecha española porque, al fin y al cabo, para los conservadores peninsulares cualquier idea política —por patriótica que sea, así la indivisibilidad papal del estado— siempre será, al límite, un objeto de transacción monetaria al que uno puede dar precio. Es, para que me entendáis, como la diferencia existente entre menospreciar a un convergente o a un militante de ERC: los pujolistas, acabada la cena y con el didalet de ratafía, siempre tienen la bondad de pedirte qué precio tienes y cuándo querrías cobrar por portarte bien, mientras que los republicanos no sólo quieren comprarte sino que tienen la osadía de saberse amos del bien moral y de aquella cosa tan molesta que consiste en tener razón. Con los españoles, manque nos pese, siempre acaba pasando igual.

Los republicanos no sólo quieren comprarte sino que tienen la osadía de saberse amos del bien moral y de aquella cosa tan molesta que consiste en tener razón

Uno de los muchos errores históricos del catalanismo, abanderado por Colau y los suyos, es pensar que la liberación nacional podrá ser pactada con la izquierda española y sus respectivas hipóstasis catalanas, unos partidos que, por el hecho de tener mayor representación en Catalunya, deberían ser más sensibles con los anhelos de parte de su población. Sandeces. Como expresan al dedillo las declaraciones de Granados, la izquierda catalana siempre ha ostentado la primacía de lo ético en política, lo cual, pasado por la traductora, implica que sólo ellos saben lo que es bueno para el pueblo. ¿La autodeterminación? ¿Mande? ¡Cómo querrá, señora María, que esto lo dejemos en sus manos! Usted limítese a venir a la fiesta de la rosa, que de los temas serios ya se ocupa el politburó. Parece mentira que, con más de treinta años de PSC a las espaldas, todavía debamos explicarlo.

La derecha española, con la excepción de Aznar, nunca ha tenido pretensiones de ser ilustrada o jacobina, y ni puta falta que le ha hecho, porque se adapta fácilmente al lenguaje de los tanques y del poder; su cinismo es explícito, disimularlo le da mucha pereza. Los sociatas, en cambio, pobrecitos, siempre han usado las ansias y la miseria del pueblo para hacer lo que venga en gana sin el respectivo beneplácito, y por ello abrazaron históricamente el derecho de autodeterminación de los pueblos; para servirse del mismo y blanquear su despotismo haciéndose pasar por los buenos de la peli. ¿Autodeterminación, en 2019? ¿Comorl? Créanme, antes nos la regalarán los republicanos más radicales de Estados Unidos o los mandarines rusos que no gentuza como Eva, criatura celeste, que ha pasado de la universidad al escaño sin haber demostrado nada en la vida, y en este punto ya le hemos dedicado cuatro párrafos de once líneas cada uno.

Con esto basta.

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