Ernest Maragall aprovechó el día de fin de año para escribir anticipadamente una carta a los Reyes (publicada en el periódico de los catalanes de seny) en la que proponía un “Compromiso de Barcelona contra el odio” a todos los partidos y candidatos a las próximas elecciones de la capital. En realidad, el escrito no disimulaba la intención de crear lo que habitualmente denominamos cordón sanitario contra la derecha radical, ahora ejemplificada en Vox. La trouvaille, oportunista y poco sagaz, sorprende porque ya sabemos que la idea de aislar un movimiento antisistema de naturaleza emergente acostumbra a tener consecuencias nefastas y contraproducentes; lejos de mitigar el impacto de los grupúsculos radicales, como ha pasado no solo en Andalucía, sino especialmente en Francia, les regala publicidad gratuita y sus portavoces pueden ejercitarse en el victimismo resultante de considerarse el contrincante a evitar y la opción realmente alternativa.

Aunque lo disimule, Maragall conoce perfectamente el ejemplo del Frente Nacional que, a pesar del cordón sanitario aplicado por los partidos tradicionales de Francia en las elecciones presidenciales, obtuvo un éxito sin precedentes en 2014, precisamente en el ámbito de la política municipal, con doce alcaldías que han devenido, como ejemplifica el caso de Béziers, un auténtico laboratorio de la política xenófoba del clan Le Pen. Con eso bastaría, pero lo más grave del asunto es que, bajo la excusa nobilísima de liderar un pacto a favor de los derechos fundamentales de los barceloneses, Maragall hipoteca las elecciones de la capital a los vaivenes de la dinámica política española. Con la excusa de poner a Manuel Valls contra las cuerdas, el antiguo conseller de Exteriors piensa en una Barcelona que gane identidad en simple dialéctica contra el mal que ha nacido en Andalucía.

En el fondo, todo ello es bien natural. Maragall no ha superado el paradigma socialista (importado con inteligencia por Colau) según el cual Barcelona no se considera una capital europea con poder y personalidad propia, sino que uno debe reducirla a la caricatura de ciudad alternativa en España, la urbe donde Vox no pasará nunca y la progresía reinará feliz por los siglos de los siglos, aunque sea al precio de vivir en el estado de las autonomías. Si Maragall quisiera convertir Barcelona en una ciudad global con visión única, debería firmar un contrato por el cual, gane o pierda, solo pactará con partidos independentistas que tengan en mente la capital de un Estado. Pero la cosa transita por otros caminos, y el actual alcaldable de ERC prefiere curarse en salud (y allanar el camino a un pacto con Colau) y salvarlo cantando lo de amics per sempre means you’ll always be my friend. Volvemos, como sucede en Catalunya, a las dinámicas de la década de los noventa.

La cosa es tan delirante que, desde esta perspectiva, a quien más interesaría el auge de Vox es al propio Maragall y también a Ada Colau, porque la teoría del cordón sanitario permitiría blanquear este nuevo bipartido municipal en tanto que mal menor. Cualquier cosa menos la derecha radical de Vox, cantan los que pretenden que de nuevo votes bajo chantaje emocional. Y, como sabemos por experiencia procesista, votar en libertad condicional siempre acaba en malas noticias. Todo esto lo sabéis perfectamente, queridos lectores, como también sabéis que la única forma de pararlo es que no sigan tomándoos el pelo, y menos en nombre de algo tan sagrado como la capital del país. Continua intentándolo, Ernest, que tú puedes hacerlo mejor… 

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