En el año 2019 casi 5 millones de personas vivían solas en España, según el INE. Más o menos la mitad, o sea, dos millones, son personas de más de 65 años. Y entre ellas, el 72 % son mujeres. 

Una cifra que aumenta cada año. Concretamente, entre el 2018 y 2019 la subida fue de 61.300 personas, un 1,3%. 

Sigo con cifras: de esas mujeres mayores que viven solas, el 42.3 % tiene más de 85 años. “La vejez es femenina”, dice el demógrafo del Departamento de Población del CIS y experto en envejecimiento. 

Mientras las cifras de mayores solos aumentan, las de gente joven independizada disminuyen. Un hecho que se viene denunciando desde hace años: la dificultad para poder dar el paso a la importante fase que supone la emancipación de la juventud española es un lastre generacional. No sólo para quienes no pueden iniciar su propio proyecto vital sino también para quienes les siguen dando cobijo y en muchos casos manutención. 

Tiene impacto en la sociedad en su conjunto a muchos niveles. Pero quizás, en términos demográficos, la consecuencia más importante sea en cuestión de fecundidad: puesto que la edad de emancipación se retrasa, todo lo que conlleva crear un proyecto familiar, también. Y la maternidad en muchos casos se convierte en una cuestión implanteable. 

Pero de lo que se ha hablado poco, y que ahora empieza a tratarse, es la soledad de nuestros mayores. Concretamente, más de 850.000 personas mayores de 80 años viven solas en el estado español. 

Según un estudio del CIS-Imserso, el 59 % de las personas mayores de 65 años que viven solas, reconocen sentirse solas. Tienen dificultades para moverse, y en muchos casos no se debe solamente a impedimentos de salud, sino también de la propia infraestructura de sus viviendas. Tienen, en términos generales, pensiones bajísimas que no les permiten desarrollar una vida activa en términos de ocio o cuidados, y lo más triste es que en la mayoría de los casos no tienen a nadie con quién hablar. 

Un círculo vicioso, pues la soledad suele conllevar tristeza, depresión, algo que desencadena muchas veces en problemas de salud, que a su vez, agravan los ya existentes. 

Existen iniciativas que llevan tiempo trabajando para, precisamente, promover actividades por parte de personas voluntarias para acompañar a nuestros mayores: ayudarles a hacer la compra, pasar un rato con ellos, o incluso una llamada telefónica para conversar. A veces hay soledades que, compartidas, son más llevaderas. 

Durante el confinamiento esta situación se ha agravado. Y por eso, recordar la importancia de una llamada al día en estas circunstancias es de vital importancia. No somos conscientes de la cantidad de personas que están sufriendo todo lo que la pandemia conlleva (incertidumbre, miedo, confusión) en absoluta soledad. De hecho, por desgracia, hemos conocido casos de personas que han pasado varios días fallecidas sin que nadie se hubiera percatado de ello. 

Una sociedad que no cuida de sus mayores es una sociedad sin alma. Y la nuestra, desde luego, tiene un largo camino de mejora por recorrer. Se ha visto estos meses cuando hemos descubierto en qué circunstancia estaban los mayores en muchas residencias. Algo que, por cierto, ya se sabía pero que se ha querido tratar de disimular hasta que los hechos han sido tan graves que no ha habido manera de justificarlo. 

Nada hay más cruel que hacer sentir abandonada a una persona cuando más se necesita de los demás. Una llamada, por corta que sea, puede ser de una importancia vital. Tengámoslo en cuenta. 

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