Dudaba de si encabezar este artículo con el título "Los satánicos babelianos", pero he optado por uno más conciliador con un grupo de autodenominados intelectuales que quisieron satanizar la inmersión lingüística a finales del siglo XX con dos manifiestos, precedidos de la formación, en el año 1996, de un foro bautizado como Babel. Y esta historia la conozco un poco, porque algunos de los responsables de aquella bestialidad me eran cercanos, como hijo de una vaca sagrada de la literatura y del periodismo barcelonés, y solía compartir con varios babélicos encuentros que destacaban, básicamente, por el desprecio a una cultura, la catalana, que consideraban que había traspasado los límites de lo que podían soportar como miembros de una cultura dominante. Con Franco, la catalanidad la podían tolerar con un cierto paternalismo antropológico; muerto el dictador, la catalanidad la encontraban una molestia, producto de las manías identitarias de unos provincianos.

A mi padre también trataron de reclutarlo para la causa y él se negó a entregarles su firma y su militancia en ninguno de los dos manifiestos que le presentaron. Años más tarde, hablando con mi madre sobre la respuesta contraria de mi padre, me dijo que se habían cabreado tanto, que se dedicaron a soltar a través de ciertos medios y en petit comité que Montalbán era pujolista. Según mi madre, Manuel se lo tomó con cierto humor, pero siguió firme en su postura contraria a los delirios de los babélicos, con dos argumentos de peso: “La cuestión de la lengua es muy delicada, y con la lengua no se juega”. Manuel estaba convencido —solía decir— de que si la República hubiera ganado la Guerra Civil, él, como niño escolarizado en un sistema de educación pública, seguramente habría escrito sus libros en catalán.

La boutade de Eduardo Mendoza dedicada a Sant Jordi, con el seguidismo de Xavier Mariscal —náufrago de la cultura guay—, me hizo pensar en los años de fuego protagonizados por los miembros del Foro Babel. Hoy en día, a estas babélicas majestades ya no les hace falta un tercer manifiesto, porque han ganado, con un bilingüismo en Catalunya cada vez más sesgado en favor del castellano. Es cierto que muchos de aquellos babélicos ya están muertos, y los que viven entre nosotros tienen el reuma mental aún más desarrollado que cuando no eran ni tan jóvenes, ni tan viejos, para ser tan cínicos. Entre los firmantes estaba, desafortunadamente —porque es una persona a la que tengo una gran estima heredada—, Eduardo Mendoza, y si me sorprendió el seguidismo de Anna Maria Moix, otra persona magnífica, no me extrañó para nada la firma de Juan Marsé y, sobre todo, la de Rosa Regàs, escritora a la que el antipujolismo le tapó el bosque del catalanismo.

Catalunya carga testicularmente hacia la españolidad, es más sudamericana que catalana y partidos como el PSC han cambiado el catalanismo maragalliano por un sucursalismo desde la equidistancia españolista

Bien mirado, a la mayoría de los babélicos no les fue tan mal, cruzada la frontera del siglo XXI. Muchos de ellos, los encuadrados en el sector más talibán, se autoexiliaron en Madrid —proclamaron su condición de exiliados— bajo el paraguas de Esperanza Aguirre, amamantadora de catalanes huidos de la pérfida Catalunya —ya entonces— tripartita y maragalliana. Al final, la leche de las mamas de Aguirre fermentó en contratos bien remunerados para dirigir algunos de los chiringuitos madrileños y vivir a cuerpo de rey emérito. Para muchos de estos babélicos, Madrid ha resultado ser una especie de Abu Dhabi mesetario. La Regàs, una declarada socialista, acabó dirigiendo la Biblioteca Nacional por orden de Rodríguez Zapatero, y rompió una buena dinámica profesional como directora por confundir los límites del poder: no puedes utilizar el chófer oficial para llevar el gato al veterinario.

Y aunque no todos los babélicos se exiliaron, deberíamos agradecerles que nos dejaran una gran cagada en forma de partido político. Ciudadanos nació para hacer pistolerismo político, y aunque la formación y los dirigentes que no han practicado el transfuguismo ya no estén ni para una necropsia, su legado ha tumorizado la sociedad catalana hasta extremos funestos. Los Carreras, Espada, Boadella, Azúa y compañía dejaron la cagada y se fueron. Todos estos tuvieron una segunda vida con el procés —recordemos Tabarnia, recordemos Nart en Europa—, pero perecieron, definitivamente fagocitados por sus hijos ideológicos, tan radicales pero mucho más ultras que sus mentores.

La mayoría de los miembros del Foro Babel eran ovejas descarriadas de las familias de la burguesía o alta burguesía franquista, que en su juventud se habían apuntado al anarquismo o al marxismo como quien se apunta a un curso de crochet ideológico por correspondencia. Ser anarquista o marxista de joven quedaba bien, pero una vez cruzado el ecuador vital, volvieron al redil familiar. También los había que habían llegado a Catalunya para hacer carrera intelectual, pero ya llegaban estropeados para comprender, desde la diferencia idiomática, la realidad cultural del país de adopción. Un caso sangrante es el de Vargas Llosa, un hombre que vivió en Barcelona y que, una vez convertido en madrileño in pectore, se afilió a la radicalidad catalanófoba a cambio de subvenciones, materializadas finalmente en su candidatura al Nobel de Literatura. No es que no se lo mereciera, el bueno de Vargas, pero la colecta no hubiera tenido el éxito crematístico que tuvo sin haberse convertido en miembro de la FAES y todo lo que conlleva de acatamiento a la españolidad aznariana.  

Tras la boutade de Mendoza, existe una concepción muy babélica de Catalunya. Normalmente, estos babélicos jubilados hablan de Barcelona con el desprecio de quien vive eternamente en la nostalgia de la juventud. La Barcelona cosmopolita que ellos añoran es aquella en la que tenían derecho de pernada intelectual. Quizás, lo que les moleste es que se han hecho mayores y ven que Barcelona es tan mediocre como lo era cuando eran jóvenes. Con todo, los babélicos deben sentirse satisfechos. Catalunya carga testicularmente hacia la españolidad, es más sudamericana que catalana y partidos como el PSC han cambiado el catalanismo maragalliano por un sucursalismo desde la equidistancia españolista. Es el socialismo babélico que tanto detestarían gente como Reventós o Pallach, pero que gustaría a algunos babélicos si su fanatismo no los hubiera derivado hacia la extrema derecha guerracivilista.