Salvador Illa fue hospitalizado el 17 de enero, hoy hace exactamente un mes. Según los médicos del Hospital de la Vall d'Hebron que lo atendieron, sufría de una osteomielitis púbica. Estuvo dos semanas ingresado, incluidos unos cuantos días en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), y el 30 regresó a su casa, donde ha continuado la recuperación con tratamiento antibiótico y fisioterapia mediante lo que se denomina hospitalización domiciliaria, hasta recibir el alta médica que le ha permitido volver —ayer— al trabajo. En todo este tiempo, sin embargo, los ciudadanos de Catalunya no han tenido prácticamente ninguna noticia del estado de su president. ¿Por qué este silencio?
La osteomielitis púbica no es una enfermedad cualquiera. Es una enfermedad rara y puede ser grave en la medida en que se trata de la infección ósea de la sínfisis púbica —que es la articulación cartilaginosa que une los dos huesos púbicos justo en medio del cuerpo y que actúa como punto de conexión esencial para la locomoción—, frecuentemente de carácter bacteriano, que causa dolor pélvico intenso, fiebre y limitación funcional para caminar, y cuyo tratamiento se estima que dura unas doce semanas. Más allá de las especificidades médicas del caso, que son los profesionales los únicos que pueden dar razón de ello, debe ser un mal trance sufrirla. Eso no quita que, tratándose del paciente de que se trata, la ciudadanía no pudiera tener ninguna otra noticia. Al contrario, y precisamente porque se trata del paciente de que se trata, la ciudadanía tenía derecho a saber qué pasaba.
Porque, respetando el derecho a la intimidad y a la privacidad de toda persona, y más en el caso de una persona enferma, resulta que esta persona es ni más ni menos que el president de la Generalitat y que, como tal, es la persona más pública de toda Catalunya. Y por encima de rivalidades políticas y dejando de lado siglas partidistas, la gente quería saber cómo se encontraba quien fue elegido se supone que para regir, cuando menos durante cuatro años, el destino de su país. La única información que tenía —quien tuvo el interés de buscarla— eran tres tuits en la cuenta de X del propio Salvador Illa: el primero, del 18 de enero, el día siguiente de ser ingresado, en el que decía que se encontraba "bien y con ánimos"; el segundo, del día 30, en el que explicaba que volvía a estar en casa, y el tercero, del 1 de febrero, en el que deseaba una "rápida recuperación" a la consellera de Educació, Esther Niubó, que ese día había anunciado que debía someterse a una intervención quirúrgica. Nada más, ni una triste foto saliendo del hospital para regresar a casa, ni un comentario breve sobre la situación dantesca de Rodalies, que la ciudadanía habría agradecido.
La falta de información da pie a todo tipo de rumores y de especulaciones
Ante esto, a medida que pasaban los días sin noticias, el chup-chup en la calle sobre el estado de salud del 133.º president de la Generalitat iba creciendo, y cuantos más días pasaban más teorías, cada vez más estrambóticas, circulaban. En un caso así, lo peor que puede haber es falta de información, porque los que trabajan en el campo de la comunicación saben que la falta de información da pie a todo tipo de rumores y de especulaciones. Pero, cuando la cosa parecía que podía empezar a descontrolarse, el viernes el cuarto tuit de Salvador Illa cortaba las cábalas de raíz para dar a conocer a todo el mundo que "el lunes —ayer— me reincorporo de forma progresiva al trabajo y a mis responsabilidades como president de la Generalitat". Con cuatro semanas ha tenido suficiente para volver a trabajar, aunque de momento sea, como dice él mismo, solo poco a poco. De trabajo, en todo caso, no le faltará.
Y es que durante su ausencia, la sensación de que Catalunya es un país que se cae a trozos, que ya hacía tiempo que duraba, se ha acentuado: los trenes no funcionaban —ni funcionan—, no se podía pasar por la autopista, el personal educativo hacía huelga, el viento paralizaba al Govern e indignaba al país, la peste porcina africana se desbocaba, los médicos preparaban otra huelga... "Vuelvo con muchas ganas, energía y determinación", aseguraba el viernes. Pues hace bien, porque le harán falta, porque mientras él ha estado ausente la imagen del Govern ha sido talmente la de un barco a la deriva sin nadie en el timón. Si será capaz de enderezar el rumbo es lo que está por ver, porque mucho antes de que él faltara a causa de la enfermedad su Govern ya había suspendido la asignatura de la que históricamente el PSC tanto se ha jactado de dominar: la gestión. Habrá quien lo habrá echado en falta y habrá quien considerará que su ausencia no se ha notado en absoluto. Habrá opiniones para todos los gustos.
En lo que no habrá discusión es en la continuidad de Sílvia Paneque como consellera de Territori —por lo menos hasta que en mayo de 2027 vuelva a presentarse a las elecciones municipales en Girona—, porque Salvador Illa no tiene ninguna intención de prescindir de ella. Al contrario, cuanto más le pida la oposición que la releve por el caos ferroviario, más garantizado tendrá el cargo. Pero eso JxCat, que junto con ERC es quien no se ha cansado de pedir su dimisión, ya debería saberlo, porque es lo que hacía Jordi Pujol cuando mandaba y cuando la oposición de la época, liderada justamente por el PSC, le reclamaba sin parar que cortara la cabeza de Antoni Comas, entonces conseller de Benestar Social. Insistir, en este contexto, en que la consellera se vaya o en que, si no lo hace, el president se someta a una cuestión de confianza, como hace el partido de Carles Puigdemont, es pura gesticulación política que no lleva a ninguna parte.
El caso es que nada más anunciar que volvía Salvador Illa se ha convertido de nuevo en el blanco de las críticas, sobre todo de JxCat, que durante el tiempo que estuvo de baja, eso sí, compartió escrupulosamente el mismo silencio sobre su estado de salud. El único que lo rompió, de hecho, fue Aliança Catalana, cuando al día siguiente de haber sido ingresado en el Hospital de la Vall d'Hebron Sílvia Orriols le reprochó irónicamente si también había "tenido que esperar tanda en una camilla en los pasillos como el resto de mortales" o había disfrutado de trato preferente y había "tenido habitación al instante". Quien ha tenido que utilizar las urgencias de la sanidad pública catalana sabe que de un tiempo a esta parte están especialmente colapsadas, que el ciudadano se puede pasar horas antes de que lo atiendan y que en algunos centros sanitarios la falta de medios es clamorosa. La pregunta no era, por tanto, tan impertinente como le replicaron desde el Govern, a pesar de ser normal que al president de la Generalitat se le dispense, si el interesado no dice lo contrario, el trato que merece el cargo.
El ejemplo, aun así, sirve para que la clase política catalana se pregunte ¿qué le parece que prefieren los ciudadanos de Catalunya, que les digan las cosas por su nombre o que se las oculten detrás de un silencio que váyase a saber qué esconde? Es esta manera de hacer, que acostumbra a tener la clase dirigente, de tratar a la gente desde la superioridad moral en lugar de pensar que es lo suficientemente inteligente como para emplear su propio criterio siempre que conviene. Y luego estos mismos políticos son los que no entienden por qué las urnas les pasan factura.
