Lo más significativo del debate televisivo entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez no fueron los insultos y las continuas descalificaciones. Tampoco la superficialidad de los aspirantes a la presidencia del Gobierno. Mucho menos el aburrimiento que nos hicieron pasar a varios millones de personas que seguimos el ¿debate? por televisión. Sino que utilizaran un plató de televisión para despellejarse mientras un moderador de una época pretérita se limitaba a repetir sin que nadie le hiciera el más mínimo caso: ahora hablaremos de Catalunya, hemos de hablar de Catalunya, no podemos no hablar de Catalunya, se nos acaba el tiempo y no hemos hablado de Catalunya. Y así hasta siete veces, cuando finalmente se oyó una voz (la de Rajoy) que apuntaba, bajito: "yo quiero hablar de Catalunya". E inmediatamente Sánchez le siguió: "yo también".
Fue un momento casi surrealista, un gag impagable para los guionistas del televisivo Polònia, mientras Rajoy y Sánchez ya habían decidido por su cuenta que implementarían en el plató el modelo Mourinho en el terreno de juego: lo importante no es jugar bien sino impedir que pase el adversario; lo importante es el resultado al precio que sea y, si nada de esto funciona, la culpa siempre es de los árbitros.
Y sí, se habló de Catalunya. Bueno, en realidad, no se habló. Porque duró tan poco y estaban tan de acuerdo que en este tema más valía pasar de puntillas. Aquello fue un visto y no visto. Tanto, que Sánchez ni mentó su propuesta de reforma federal de la Constitución ni la de trasladar el Senado a Barcelona. Eso sí: en pocos segundos hundió la estrategia de los que defienden que populares y socialistas no son lo mismo en el tema territorial. Sería porque su única obsesión era decir que sí a todo –una elocuente frase: "estamos de acuerdo"– cada vez que Rajoy hablaba del concierto económico vasco, del plan Ibarretxe o de las demandas de los soberanistas catalanes. Fue el único momento en que la bronca cedió su turno a un buscado armisticio.