Imagínense un teatro centenario del centro de Barcelona con mil quinientas localidades, llenas a rebosar. Los asistentes aplauden con entusiasmo al final de la obra, mientras el elenco saluda una y otra vez, agradeciendo al público su entrega. La ovación se alarga hasta generar una especie de catarsis colectiva, mientras la orquesta toca los últimos acordes de una banda sonora enérgica, vital y emotiva. Es la última función de Ànima en el Teatre Tívoli, el musical que ha confirmado la calidad artística de Oriol Burés y Víctor G. Casademunt y la capacidad del teatro en catalán de idear montajes a la altura de un musical clásico de Broadway.
No obstante, Ànima bajó el telón hace apenas veinte días con el país mirándoselo de aquella manera tan catalana: sin hacer ruido. Todo el mundo conviene en que estamos ante una de esas producciones teatrales que sientan cátedra, pero lo decimos con la boca pequeña y sin reivindicarlo más de la cuenta. Sabemos intrínsecamente que Ànima podría exhibirse en una gran cartelera iluminada en el Theater District de Manhattan, pero preferimos pasar de puntillas y sin mucho ruido. No vaya a ser que alguien nos tilde de exagerados.
Con esta producción, Oriol Burés se ha confirmado como una de las mentes más creativas y talentosas de la escena teatral catalana
Con esta producción, Oriol Burés se ha confirmado como una de las mentes más creativas y talentosas de la escena teatral catalana, capaz de idear una historia que cautiva, emociona, divierte y ofrece diversas reflexiones de valor. Paula Malia, que se pone en la piel de la soñadora incansable Greta Edwards, demuestra de nuevo su polivalencia y su capacidad de sobresalir en todos los géneros que se le proponen, ya sea una sitcom, una adaptación de Macbeth o un musical complejo como este.
En cualquier otro país del mundo, el impacto mediático y social de Ànima habría sido exponencialmente más alto y se habría ganado —con justicia— la etiqueta de musical del año. Los espectadores que han llenado el Tívoli los últimos tres meses, en cambio, han tenido demasiado a menudo la sensación de haber hecho un descubrimiento. Este matiz explica la poca destreza que tenemos, como país, de reconocernos y autoafirmarnos cuando sabemos hacer las cosas bien.
Hagamos de nuevo un ejercicio: imagínense de nuevo un teatro, lleno hasta la bandera. En este caso, sin embargo, no en Catalunya, sino en Broadway. Se funde la voz con las últimas notas y los focos se apagan, sumiendo el escenario en la oscuridad. El público se levanta automáticamente en un aplauso ensordecedor. Más de un espectador tiene la piel erizada y se entrevé, incluso, alguna lágrima resbalando mejilla abajo. La actriz protagonista recibe la ovación más generosa de la noche. Mientras tanto, el creador de la obra, que también interpreta uno de los personajes principales, saluda por última vez visiblemente emocionado. Soul, el musical que ha revolucionado la escena teatral neoyorquina en los últimos meses, dice adiós con la sensación de haber hecho historia. En la redacción del New York Times, mientras tanto, ultiman las últimas líneas de la crónica del día siguiente sobre esta producción de éxito.