Defendía David Madí el otro día en La Vanguardia que Convergència —y digo Convergència en el sentido amplio de las marcas que la representan— debería ser capaz de pactar con Aliança Catalana. David es una de las personas más lúcidas que ha dado el espectro convergente. Vaya por delante, y él lo sabe, mi aprecio personal y político. Solo creo que debería tener muy presente que Aliança no es para los convergentes, como no lo era antes ERC, el enemigo a batir. El enemigo a batir es el miedo a ser convergentes.
Convergència ha representado y representa aquello que su fundador y líder dejó bastante claro: Catalunya primero, y en Catalunya primero las personas. Es decir: nacionalismo y personalismo. Este era uno de los lemas electorales que dieron muchos años de plenitud política al movimiento fundado por Jordi Pujol a inicios de los años 70. La vigencia de sus dos pilares, Catalunya y el personalismo, todavía tienen suficiente sentido para que una amplia mayoría de los catalanes se pueda sentir identificada. ¿Por qué no lo hacen o, en todo caso, por qué lo han dejado de hacer? No tengo la respuesta definitiva, no os quiero engañar. Pero sí algunas claves.
La primera de todas para mí y para mucha gente es bastante evidente: apartarse de Pujol. El extraño movimiento de cerrar Convergència y sustituirla por marcas sucedáneas ha resultado poco convincente. Aguantar el chaparrón de la herencia sin clausurar el partido habría sido seguramente una mejor solución. Pero ahora parece demasiado fácil recordarlo. Aun así, para mí el gran problema ha sido el enemigo externo creado por la falta de un relevo a Pujol lo suficientemente convincente.
El gran error en su momento, y no es ninguna novedad que os lo recuerde, fue convertir a Junqueras en el enemigo a batir. Junqueras, por su irrefutable convencimiento independentista, fue robando votos. Pero el error esta vez mayúsculo fue el innecesario abrazo del oso. Junts pel Sí fue un trágala probablemente prescindible si Convergència hubiera estado lo suficientemente segura de su liderazgo. Tan cainita fue para Junqueras el invento como para el mismo Mas. En todo caso, apenas estamos saliendo de la pesadilla creada.
Cuando para reafirmar el gen convergente hay que destruir y atacar a un nuevo líder externo que puede alterar el espacio, quizás —y digo quizás— es porque no han sabido generar o mantener un líder lo suficientemente sólido dentro del propio espacio
Por eso, mientras los convergentes rehacen liderazgos, la aparición de Sílvia Orriols deja de nuevo en el aire la reconstrucción del espacio convergente. Y, de nuevo, parece que convertir a Orriols en el enemigo a batir puede dar el mismo resultado: menos votos. Orriols existe porque la extrema derecha populista se ha hecho un hueco en la política occidental. Esto es una tendencia que no podremos evitar. Estoy de acuerdo con la idea de fondo de David de que los partidos de derecha deberán pactar con los partidos de extrema derecha, a pesar de que la sombra de la República de Weimar nos haga a algunos temblar. Pero no creo que, de nuevo, como hicieron con Junqueras, los convergentes tengan que volver a erigir a Orriols en el enemigo a batir.
Ya hace demasiados años que el postpujolismo no avanza por culpa de los otros. En realidad, si los convergentes hicieran un acertado análisis de por qué la gente convergente, que hay mucha, no vota tanto como ellos querrían los inventos convergentes quizás —digo quizás— llegarían a la conclusión de que el problema son ellos mismos y no los otros. Cuando para reafirmar el gen convergente hay que destruir y atacar a un nuevo líder externo que puede alterar el espacio, quizás —y digo quizás— es porque no han sabido generar o mantener un líder lo suficientemente sólido dentro del propio espacio. Generar unidad contra un líder externo tiene el problema de olvidarse de consolidar un líder propio.
Seguramente, estas reflexiones y muchas más David ya las ha hecho. Y si su conclusión es que el espacio convergente tiene que volver a construir, volver a gobernar, volver a las instituciones —él, que ha participado en la creación de los liderazgos convergentes—, quizás ha llegado la hora de que deje de hacer de kingmaker y dé el paso a la primera línea. Pocos como él tienen en la cabeza todo lo que el propio espacio convergente representa. Pocos como él saben que ya no quedan muchas más oportunidades de consolidar un espacio convergente, que puede mutar peligrosamente hacia caminos impensables. Difícil es ir a misa y repicar cuando cada vez quedan menos creyentes.