El partidismo podría frustrar el soberanismo. Este es un peligro real que lastra el movimiento soberanista desde hace mucho tiempo. El partidismo es tan acusado que casi se carga a las entidades de la sociedad civil. El afán por controlarlo todo es tan exagerado que incluso aburre a los militantes de base de unos partidos que están mal dirigidos y, lo que es peor, que sufren una crisis de identidad bestial. Los dirigentes a sueldo de estos partidos, los que razonan movidos por los intereses partidistas, o los “cuadros” territoriales (¡qué forma de hablar tan antigua!), no lo reconocerán jamás. Pero está claro que desde tiempo atrás este tipo de políticos actúan escondidos detrás de un telón y les cuesta escuchar el latido del corazón de la gente. Esta adhesión ciega a un partido ha puesto en peligro las mayorías parlamentarias, ha fragmentado el soberanismo con maniobras groseras, ha mandado a la “papelera de la historia” a políticos compromisos con la independencia o ha impedido la restitución del president Puigdemont. Las culpas están muy repartidas. Todos los partidos soberanistas han contribuido al malestar de la gente con esta nociva lógica de la competición y la división que ha dominado la escena política catalana en uno de los periodos más críticos de los últimos cuarenta años.

El 24 de diciembre del 2017, publiqué en este mismo diario un artículo titulado “Superar el partidismo”. Habían transcurrido tres días desde la celebración de unas elecciones impuestas a Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera, el tripartito del 155, por la UE. En aquellas elecciones, Junts per Catalunya (JxCat) consiguió una victoria inesperada, por delante de ERC y la CUP, los otros dos grupos soberanistas, pero por detrás de Cs. La falta de unidad soberanista propició que el partido de la extrema derecha nacionalista española consiguiera ser la candidatura más votada. El partidismo provoca esas consecuencias y convierte en realidad la pesadilla que todo el mundo decía querer evitar. Los errores se pagan caros y dan alas a los enemigos. O ellos o nosotros, porque en este combate no existe término medio. A los soberanistas los persigue la justicia (?) española y los encarcela por lo que piensan y defienden sin violencia. Los españolistas, en cambio, tienen barra libre y se inventan persecuciones inexistentes. Suerte que existen articulistas que, como John Carlin, ponen las cosas en su lugar. En el artículo que publicó ayer, Carlin rebatía la afirmación de Soraya Sáez de Santamaría, “La pasionaria del PP”, de que en Catalunya se practica el apartheid: “Sólo supera a Sáenz de Santamaría en grosería el exministro de Defensa del PSOE José Bono, con su repetida insistencia en que los líderes independentistas catalanes son unos nazis”. Tanto monta monta tanto.

Los acuerdos entre los partidos no son la solución. Eso forma parte de la vieja política. De los acuerdos a puerta cerrada. De la política de las tinieblas

En las manifestaciones soberanistas —la del sábado, por ejemplo—, la multitud grita “unidad, unidad, unidad!” cuando divisa un político. La gente está harta del partidismo y de las divisiones. Cuando alguien denuncia en voz alta, lo acusan de populista, de querer cargarse el sistema de partidos tradicionales. ¿Es que no son esos partidos los que se han hundido ellos mismos en la miseria? Unos porque la corrupción los ha ahogado y han tenido que ir mutando sin saber qué rumbo tomar, los otros porque la incoherencia les devora y los de más allá porque el radicalismo no les deja ver el bosque. No es que yo ahora pretenda “liquidar esta complejidad con soluciones mágicas, como las listas únicas”. Eso ya se ha probado y no funciona, escribió el pasado viernes el politólogo Jordi Muñoz. Le doy la razón. Los acuerdos entre los partidos no son la solución. Eso forma parte de la vieja política. De los acuerdos a puerta cerrada. De la política de las tinieblas. La acentuación de las diferencias ideológicas y estratégicas entre los partidos se convierte en una excusa para la fragmentación y así debilitar el soberanismo frente a los que lo acusan de racista y nazi.

Que el independentismo es estructuralmente plural no se puede negar. Pero eso no ha sido una dificultad para crear entidades de la sociedad civil soberanista que ya tienen más socios que todos los partidos políticos soberanistas juntos. Es un “promesa” de unidad que no tiene traducción política. Y todavía menos electoral. A menudo me pregunto qué habría pasado si la ANC y Òmniun hubieran decidido presentarse a las elecciones. No lo sé, pero el procés ha padecido el partidismo exacerbado y la gente está hasta la coronilla. La unidad soberanista sólo se puede construir con el compromiso personal de los soberanistas, de los que no tienen partido y de los que, a pesar de militar en un grupo concreto, quieran aportar su granito de arena. Cualquier ayuda es buena. El movimiento político soberanista debe parecerse al movimiento cívico que ha convocado las manifestaciones más numerosas desde aquella espectacular convocatoria de la Plataforma por el Derecho de Decidir (PDD) en febrero del 2006 con el lema “Somos una nación y tenemos el derecho a decidir”. No se conoce en Europa otra movilización tan masiva, persistente, pacífica y democrática como las que ha protagonizado el soberanismo en la última década. La unidad soberanista se construirá desde la base y no en los despachos.

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