Si elaborásemos la lista de discriminaciones, no acabaríamos jamás. Anteayer, por ejemplo, un grupo de colegas universitarios indicaba unas cuantas sobre la valoración de los artículos escritos en catalán o sobre la historia de Catalunya en la evaluación de la actividad científica. Incluso un organismo propio, la Agència de Qualitat del Sistema Universitari (AQU), discrimina el catalán (en las revistas científicas en catalán) cuando evalúa la producción del profesor para acceder a las distintas acreditaciones. Si lo practica un organismo dependiente de la Generalitat, ¿qué no va a hacer la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), que es una fundación estatal orientada, según dicen, a la mejora de la calidad universitaria, incluyendo el catalán? La disfunción del estado de las autonomías es que el pujolismo creó un subsistema que, en la práctica, no ha servido para proteger la investigación en catalán. Se supone que la AQU nació para resarcir a los investigadores catalanes de la discriminación derivada de la “N” que precede a la definición de la ANECA. En España el Estado se confunde con la nación y, por lo tanto, puesto que la nación dominante es la castellana, el resto de las naciones que conforman el Estado —o sea el 42,6 % de la población española— no cuenta. España no es un estado plurinacional, aunque una lectura generosa de la Constitución del 78 podría avalarlo, porque las clases dominantes son castellanas y españolizadoras.

El uso del catalán en la docencia va reculando despacio pero inexorablemente. Ya lo denunció Bel Zaballa en 2017. En la Universitat de Barcelona, por no salir de mi territorio, los másteres impartidos el curso 2020-21 en catalán representan tan solo un 31,5 % (26.777,5 horas de docencia). El resto hasta llegar al 100 % se reparte entre un 47,5 % en castellano (40.430,4 horas de docencia), un 20,7 % en inglés (17.584,0 horas de docencia) y un exiguo 0,4 % de clases impartidas en otras lenguas. Estos son los datos oficiales, sin tener en cuenta el inevitable “Perdone, no entiendo el catalán. ¿Podría dar la clase en castellano?”, con lo que se anula automáticamente la clase en catalán. Sin esta distorsión, el catalán en los másteres de la UB es minoritario. Es más, en mi facultad, que es la de Geografía e Historia, donde se supone que se enseña en exclusiva, porque es natural que sea así, el pasado y la actividad humana de Catalunya, el 61,0 % de los másteres se imparten en castellano y solo el 38,9 % en catalán. El inglés es marginal: un 0,1 %. Por lo que parece el catalán no solo no es apto para explicar física nuclear, que es lo que dijo en 1976 Adolfo Suárez, entonces presidente del Gobierno, sino que en 2021 tampoco es el idioma adecuado para explicar historia o el paisaje de Catalunya. El 25 de agosto de 1973, en el contexto de la Universitat Catalana d’Estiu, tuvo lugar una mesa redonda de la cual surgió un manifiesto, El català, llengua d’expressió científica, que, visto lo visto, habrá que recuperar. Aunque ahora la situación es más grave, porque el mencionado manifiesto iba dirigido a las ciencias dichas “duras”. Hoy la marginación del catalán ha llegado, como ustedes han podido comprobar, a las ciencias humanas.

La banalización de la lengua ha sido el gran error de los independentistas, mientras la ofensiva españolista no ha cejado jamás

Da mucha pereza tener que reclamar hoy en día, después de casi cuarenta años de régimen autonómico, la Cataluña normal (con revistas del corazón y series de TV frívolas en catalán junto a estudios académicos) que propugnaba el doctor Joaquim Molas en 1983 desde el púlpito del Colegio de la Abogacía. Las reflexiones críticas sobre el futuro de la cultura catalana de hoy serían más dramáticas y severas. Mientras discutimos sobre el lenguaje inclusivo con propuestas extravagantes, la lengua va desapareciendo del espacio público y se convierte en puro mercadeo partidista para aprobar los nuevos presupuestos de Pedro Sánchez. La banalización de la lengua ha sido el gran error de los independentistas, mientras la ofensiva españolista no ha cejado jamás. Manifiestos, asociaciones y partidos españolistas se han ido repitiendo hasta el punto de convertir a los catalanes catalanohablantes en “españoles” de segunda. Los catalanes castellanohablantes tienen a su favor un Estado, que no es que los defienda, es que discrimina a los “otros catalanes” (los catalanoparlantes) hasta el punto de convertirlos en extranjeros en su nación. Afirmaba el maestro Termes que para el futuro de Catalunya como nación es más importante preservar la catalanidad que el catalanismo. No me cabe duda alguna. El catalanismo es un movimiento político que siempre se puede rehacer. La catalanidad es la esencia de una nación sin estado representada por una lengua y una cultura propias. Por eso es tan importante no ceder ni un palmo de terreno.

Muchos catalanes son independentistas porque se sienten discriminados en España. Después de una década de intentar separarse, ahora ven como el gobierno “amigo” de los republicanos no solo no cede en nada, a pesar de la escenografía del diálogo, sino que, cuando redacta una nueva ley, le sale de sus adentros el alma nacionalista. El anteproyecto de ley de comunicación audiovisual que el Consejo de Ministros debía aprobar esta semana para enviarlo al Congreso no preveía ningún espacio mínimo obligatorio para las lenguas minoritarias —pero oficiales constitucionalmente— del Estado ni en los canales de televisión ni en las plataformas audiovisuales. Nada de nada. Dejaba esta cuestión en manos de los diferentes operadores y de sus criterios comerciales. Indirectamente condenaba el catalán, el euskera y el gallego a ser legalmente arrasados por el castellano en un medio clave para la difusión, la normalización y el desarrollo de la lengua, como es el audiovisual. Es la visión actualizada de Pedro Sánchez de los prejuicios de Adolfo Suárez. ¿De verdad que hay que volver a reclamar que se pueda decir en catalán “Sue Ellen, ets un pendó”? Visto el idioma con que se programa en Barcelona el musical Billy Elliot, parece que sí. Los programadores se escudan en razones de producción, pero como ha declarado Jordi Almirall, el director del grupo de teatro amateur que en 2013 estrenó esta obra en catalán: hay actores de sobras para representar Billy Elliot con el idioma del país. El catalán recula en todos los ámbitos. Está claro que siempre podemos dar la culpa de eso al proceso independentista, a la obsesión de los independentistas que “invitan a los catalanes a elegir entre España y Cataluña”. Este es el argumento surrealista y perverso que daba Antoni Puigverd en un artículo reciente. Por lo que parece un señor que hablaba catalán mató a Kennedy.

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