Leí no sé dónde que el independentismo mágico vuelve. Y enseguida pensé que sí, que realmente estábamos entrando en una fase en la que por lo menos una parte del independentismo político defendía el retorno a un inesperado independentismo mágico: el independentismo del “peix al cove”. El independentismo moderado —como si un grupo que reclama la independencia de una parte del Estado al que pertenece pudiera ser considerado jamás moderado por el establishment al que quiere derrotar— difunde por todas partes la idea de que es un error que la autodeterminación sea uno de los aspectos de la negociación con el Estado después del 28-A. Solo si eres como el PNV —o como la antigua CiU— puedes hoy concurrir a las elecciones españolas con un programa que no sea rupturista. Solo si eres como el PNV o como la antigua CiU puedes aspirar a ser premiado por ABC como años atrás lo fue Jordi Pujol. En Catalunya hay muchos aspirantes a dirigir esta “rectificación” y el españolismo les ofrece sus altavoces mediáticos. Duran i Lleida se pasea por radios y televisiones defendiendo a todo pulmón que él, a pesar de su nacionalismo catalán conservador, es más español que las maracas de Machín. Y cuando lo entrevistan en una sala del Congreso, se deja fotografiar con una bandera española como decorado de fondo. Duran es un cadáver mal enterrado, pero ahora hay quien aspira a sucederlo desde ERC.

Ya sé que ustedes me recordaran que CiU no fue jamás independentista, mientras que ERC era el baluarte del independentismo desde que los jóvenes Àngel Colom i Josep-Lluís Carod-Rovira desbancaron a Joan Hortalà en el congreso de Lleida de 1989. Y ustedes tendrán razón. Pero convendrán conmigo que CiU tenía destacadas figuras independentistas, o que decían serlo, como Felip Puig, Carles Campuzano, Toni Castellà o el propio Carles Puigdemont. El tiempo los ha puesto a todos en su sitio. El independentismo mágico, tal como me explicaba mi padre, que fue durante años diputado de CiU procedente del independentismo temprano del FNC, el primer partido independentista de la posguerra, consistía en proclamar que querías la independencia y mientras tanto dedicarte a practicar una política regionalista. Al final, este era el modelo implantado por el catalanismo histórico —el de Valentí Almirall y Enric Prat de la Riba, para entendernos—. Como remarcaba mi maestro Josep Termes: el catalanismo nació como una corriente nacionalista que cuando decidió actuar políticamente abrazó el regionalismo. Y la fórmula ha sido esta durante más de cien años y un día. El independentismo mágico actual consiste en repetir que la independencia puede esperar y que es preferible volver a aquel plácido —y pútrido, todo hay que decirlo— pujolismo de “peix al cove”.

La gran pregunta que deberíamos hacernos es si este paso atrás nace de la imaginación desbordante de Oriol Junqueras, ayudado por revelaciones divinas, o bien es una pura improvisación para conseguir el poder

La imaginación está mal vista en política. La improvisación, en cambio, no parece que esté penalizada, cuando menos de entrada, a pesar de que finalmente se acostumbra a pagar en las elecciones tanto o más que la mentira. En 2004, el PP propició la victoria del PSOE por culpa de las mentiras que esparció sobre el atentado de Atocha del 11-M, y las improvisaciones de José Luis Rodríguez Zapatero al enfrentarse a la crisis económica hicieron posible que un dirigente con tan poca sustancia como Mariano Rajoy ganara las elecciones en 2011. El flower power socialista abrió las puertas de la Moncloa a los conservadores. Ahora que las encuestas dan esperanzas de victoria a ERC con una propuesta que es una especie de pujolismo redivivo —y por eso gusta tanto a los entornos mediáticos unionistas—, la gran pregunta que deberíamos hacernos es si este paso atrás nace de la imaginación desbordante de Oriol Junqueras, ayudado por revelaciones divinas, o bien es una pura improvisación para conseguir el poder. Está claro que también podría ser el resultado de una gran mentira, porque el 27-O del 2017 ERC forzó al presidente Puigdemont a proclamar la república, en contra de la opinión de otra gente, como servidor, y ahora de aquello no se quieren acordar y acusan a Puigdemont de ser un radical enloquecido.

Improvisar no es nada bueno. En política hay que definir primero una estrategia para determinar después cuáles tienen que ser los movimientos tácticos. Los independentistas de JxCat y el Front Republicà afrontan las próximas elecciones del 28-A sin la necesidad de justificar que persiguen la ruptura. La diferencia entre ambos grupos es ideológica, ciertamente, porque mientras el artefacto electoral de Puigdemont agrupa a gente liberal —en las dos versiones, de derecha y de izquierda— y socialdemócratas, los de Fachin, en cambio, son lo que, para simplificar, denominamos antisistema. ERC está más cerca ideológicamente de JxCAT, y por eso comparten gobierno desde 2016, que de Poble Lliure o Som Alternativa. La obsesión de ERC por justificar con argumentos ideológicos el rechazo permanente a la unidad de acción política y electoral con JxCat no liga mucho con esta coalición gubernamental, aunque también es verdad que son una falsa coalición. Son dos gobiernos en uno. ¿Qué diferencia ideológicamente a Ernest Maragall de Ferran Mascarell? No sabría decirlo, la verdad, si es que no hablamos de las cualidades intelectuales y políticas que los separan, que sí me parece que son muchas, y del proyecto de ciudad que tiene Mascarell y Maragall no.

La discrepancia entre JxCat y ERC no es ideológica. Eso se ve incluso cuando ambos grupos se disputan el electorado de centro. La línea divisoria es política, de acción política, lo que es evidente cuando unos y otros toman caminos diferentes para concurrir a las elecciones del 28-A. Si es cierto que hay una inmensa mayoría de catalanes que desean dirimir el conflicto de España con Catalunya por la vía de un referéndum reconocido por la comunidad internacional, entonces, ¿cómo puede ser que alguien se plantee dejar que se debilite la fuerza popular que ha hecho posible que estemos donde estamos? Los independentistas tendrían que haberse planteado estas elecciones con el objetivo de conseguir 24 de los 47 escaños en disputa para constituir un bloque soberanista, como los quebequeses tienen en Ottawa, que intente resolver políticamente un conflicto que es político y que, pongámoslo en nuestro haber, ya se ha cargado a dos gobiernos españoles.

Generar inestabilidad también es una forma de actuar políticamente. El único problema es que se actúe movido por la improvisación. En este aspecto doy la razón a los críticos con la dirección del proceso soberanista. Pero las culpas están muy repartidas. La política no puede ser en ningún caso una ciencia oculta, como es la magia, que pretende producir efectos con la ayuda de seres sobrenaturales, divinos o de fuerzas secretas de la naturaleza. Y el independentismo mágico del “peix al cove” parece que confíe en el milagro de la multiplicación de los panes y los peces que nos alimentará a todos con las migajas del regionalismo bien entendido. Aquel regionalismo que en varios aspectos fue provechoso, pero que arrinconó al independentismo a la categoría de sueño político. Una utopía inabarcable.

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