Ernest Maragall tiene que ser el nuevo alcalde de Barcelona. Tras un recuento electoral, sólo importa quién es el ganador. Todos los demás son perdedores. Esta afirmación, que atribuyen a Winston Churchill y que no estoy muy seguro de que fuera suya, como otras muchas que no pronunció jamás, aun así resume muy bien qué pasó el pasado domingo. Maragall superó a las otras candidaturas con solvencia. Las primeras reacciones, incluyendo las lágrimas, suelen ser las más sinceras, porque son las más emocionales, derivadas de cómo les ha quedado el cuerpo a los contendientes. El domingo, entrada ya la noche, los comunes salieron a reconocer que habían perdido aunque lo hicieran con aquella superioridad arrogante de las izquierdas “salvadoras” de la humanidad. Los del PSUC ya eran así, un poco perdonavidas. El hecho es, sin embargo, que Colau perdió —y lo reconoció con lágrimas en los ojos— y Maragall obtuvo una victoria muy ajustada, pero al final fue una victoria inapelable.

Ernest Maragall no es independentista, como no lo es, si me permiten que lo diga como una mera descripción y no como una crítica, Joan Tardà, el avalador de la candidatura Ahora Repúblicas con EH Bildu y el BNG. Lo escribí la misma noche electoral en mi artículo de valoración, "Gana Puigdemont, adiós CDC", y lo repito ahora: ERC ha dado un giro copernicano a su estrategia y ha pasado de condenar a todos los que dudaban de la aventura de proclamar la República Catalana sin paracaídas a propugnar un completo repliegue soberanista para lograr, según Pere Aragonès, “mayorías amplias que representen la mayoría del 3-O”. La candidatura de Ernest Maragall se planteó así y la incorporación de Elisenda Alemany y Miquel Puig, también. Como ya escribí, si ERC hubiera incorporado un independentista de pura cepa en el tercer puesto, probablemente hoy nadie se atrevería a cuestionar su victoria. Habría arrasado y Maragall no habría necesitado lamentar la ausencia de la CUP en el nuevo consistorio. A veces los spin doctor son incapaces de ver las cosas más obvias.

Puesto que la aritmética es la que es, hará falta que JxCat admita que el socio mayoritario de ERC será Ada Colau

Se atribuye a Churchill otra frase lapidaria, si bien esta vez es una fina ironía sobre los políticos. El político —apuntaba el premier británico— debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene; y de explicar después por qué fue que no ocurrió lo que él predijo. A eso se le llama tener estrategia y acogerse a la autocrítica. La política es el arte de las oportunidades y no todo el mundo sabe predecirlas y, todavía menos, aprovecharlas. Decía Lenin en Un paso adelante, dos pasos atrás (1904), polemizando con los mencheviques, que el partido no debía construirse de abajo hacia arriba, sino de arriba abajo. Lenin creía en las vanguardias, el independentismo ha creído, por lo menos hasta este momento, en lo contrario. Es por eso que las bases de Esquerra son independentistas y vitorean con gritos de independencia los éxitos de los dirigentes que, como Maragall, jamás pronuncian dicha palabra. Y es precisamente por eso que Ernest Maragall tiene que ser alcalde con los votos —regalados, si hace falta— de JxCat. Ningún independentista puede poner más problemas de los que ya tiene ERC para nombrar alcalde a un señor que representa electores claramente independentistas. Si servidor tuviera alguna influencia entre los dirigentes actuales de JxCat, que no la tiene, les recomendaría ayudar a Maragall en su intento de formar un gobierno estable compartido con ERC y BeComú. Muchos de los electores de izquierdas de Junts no se lo reprocharían.

La alternativa a Maragall es esta propuesta estrambótica, surgida de los ambientes más anti-independentistas, que pretende nombrar alcaldesa a Ada Colau con el apoyo del PSC y Cs (o quizás con la escisión de Valls y de los dos independientes que ahora también son concejales). No dudo que el sector de los comunes más ferozmente anti-catalanista —Raimundo Viejo, Paola Lo Cascio y compañía— estaría encantado pactando con la derecha nacionalista española para contener al independentismo, al fin y al cabo también se ha mostrado indiferente ante la represión, como si esos supuestos “revolucionarios” vinieran a decir que los independentistas se merecían el castigo por haber osado desafiar el Estado. Pero una cosa es esta minoría fanática y españolista y otra gente como Joan Subirats, Jordi Martí o mi antiguo alumno Jordi Rabassa, biógrafo de Josep Dencàs, gente de izquierda y catalanista —e incluso independentista. ¡Qué viaje más lamentable habría hecho el socialista Jordi Martí, quien se salió del PSC por las mismas razones que lo hizo Ernest Maragall! De menos lo hizo Dios, lo sé. Pero, de momento, no veo viable ese pacto.

Así pues, y por concluir, Ernest Maragall tiene que ser alcalde de Barcelona con el apoyo de los dos grupos independentistas. Puesto que la aritmética es la que es, hará falta que JxCat admita que el socio mayoritario de ERC será Ada Colau. Si a Joan Subirats le queda un poco de la inteligencia de su antigua militancia en Bandera Roja y el PSUC y a Elsa Artadi la sagacidad del 21-D, los dos recomendarían a Ernest Maragall que hiciera como Narcís Serra en 1979, cuando PSC, PSUC, CiU y ERC compartieron cartapacio y por eso Pasqual Maragall fue nombrado teniente de alcalde de Organización y Planificación Administrativa y el comunista Josep Miquel Abad y el convergente Josep Maria Cullell ocuparon las tenencias de alcaldía de Planificación y Programación y de Hacienda y Presupuestos, respectivamente. Al mítico dirigente de la CONC Justiniano Martínez, concejal de Empresas Municipales, no le incomodó gobernar —porque eso también es lo que hace falta hoy en día— codo a codo con el burgués Joan Hortalà, actual presidente de la Bolsa de Barcelona, pero entonces concejal de ERC y encargado de Servicios Municipales.

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