La participación. Este es el éxito de la jornada electoral de este domingo. Los ciudadanos de Catalunya han vuelto a demostrar que quieren votar y votar. La democracia en Catalunya, al contrario de lo que dice la derecha mediática, es sólida y todavía lo sería más si el Estado no se resistiera a dirimir el conflicto soberanista mediante las urnas. Los referéndums no los carga el diablo, son la solución a muchos conflictos del mundo. Solo los fundamentalistas se niegan a hacer uso de las urnas. La demofobia es cosa de los nuevos totalitarismos. En estas elecciones, el vot independentista friega el 50% y quien no lo quiera tener en consideración se equivocará. La crisis española solo tiene una salida: la autodeterminación de los catalanes.

Hoy también ha quedado demostrado que ganan los planteamientos realmente unitarios. La lista del presidente Puigdemont en Europa ha obtenido una victoria histórica. En primer lugar porque la candidatura de Lliures per Europa-Junts ha tenido que picar piedra para poder presentarse y no ha tenido ningún otro apoyo en todo el Estado, a diferencia de ERC, que los descontentos del régimen del 78 sin ninguna afiliación específica y que les ha costado un triunfo encontrar la papeleta del presidente. En Catalunya, Puigdemont tiene una capacidad de arrastre que él mismo tendría que saber valorar con el fin de tomar decisiones que no sean únicamente personales. La victoria de su candidatura se ha ajustado al pluralismo del independentismo. Los tres primeros candidatos representan sensibilidades bien diversas, aunque les una el exilio, y eso es lo que han valorado los electores. Ponsatí, además, se presentaba en Barcelona con Jordi Graupera. A pesar de las críticas, tal como están las cosas quizás esta geometría variable se repetirá en el futuro. Los que critican Ponsatí se tienen que aclarar porque son los mismos que celebran que la exdiputada de los comunes, Maria Àngels González, se haya sumado a votar a Puigdemont y haya votado diferente en el Ayuntamiento de Barcelona.

La derrota de JxCAT en Barcelona —y la bajada general en todo Catalunya, con casos bien escandalosos, como a Tarragona, Terrassa, Reus, l’Hospitalet, Manresa o la Seu d’Urgell— es inapelable. Una de las razones que lo explica es, precisamente, que el grupo de Puigdemont ha abandonado el espíritu del 21-D. La eclipse por parte del PDeCAT de la candidatura unitaria que fue capaz de ganar contra pronóstico las elecciones del 155, ha alterado su esencia. La gente no es idiota. La campaña barcelonesa ha estado mal planteada —empezando por el eslogan y los actos programados— ,como si fuese una especie de homenaje a Xavier Trias, que es una manía del PDeCAT de Barcelona —que supongo que asumirá la responsabilidad de este gran fracaso—, con la irrupción de Artur Mas, el eterno perdedor, como gran estrella. El puigdemontisme es solo tangencialmente masista. El grupo parlamentario, cuando menos el original, era mucho más sólido, exitoso y coherente que muchas de las candidaturas de JxCAT. Solo se trata de que el presidente Puigdemont se decida a liderar una formación política realmente unitaria, apartándose del aparato convergente que lo destroza todo. Los premios de consolación no sirven para nada. Tan solo son la excusa de los conservadores.

Hoy también ha quedado demostrado que ganan los planteamientos realmente unitarios

La ajustada victoria de ERC al Ayuntamiento de Barcelona no ha compensado la derrota juntista y el fracaso estrepitoso de Jordi Graupera y la CUP. La desunión ha repercutido contra todos. Los de Oriol Junqueras, no obstante, han sabido sacrificar el partido en honor de formar una candidatura unitaria, coherente con su nuevo planteamiento de repliegue soberanista, que aplaza el independentismo para la década siguiente, para intentar arañar votos por la izquierda catalanista. Los tres primeros candidatos de Izquierda —Maragall, Alemany, Puig— representan sensibilidades bien diferentes ideológicamente pero los tres son tibiamente independentistas. Le faltaba el independentista de verdad para hacerla creíble. Con la historia del partido no habido bastante para atraer los 40.000 votos que se reparten la CUP y Graupera. ERC es hoy día un partido ordenado —¡ya era hora!— que se beneficia del efecto llamamiento por incomparecencia de una alternativa independentista que sea ideológicamente tan plural como esta. El independentismo es liberal y de extrema izquierda, y de derechas, también, pero cada vez es voz más claro que les une el patriotismo republicano. Es por eso que según cuál sea la gestión de esta victoria por parte de Izquierda —una alianza con los Comunes y el PSC, por ejemplo—, es posible que aparezca un tercer polo que se oponga tanto a los nuevos soberanistas —que solo piensan en términos de cuántas diputaciones controlarán— y a la antigua convergencia.

¿Y cuál es la causa del estancamiento de Ada Colau? Más allá de los efectos negativos para los comunes de la convulsión independentista, que no han sabido abordar con coherencia, Colau no ha sido una buena alcaldesa. El desbarajuste del gobierno municipal ha impactado sobre la ciudadanía. Pero es que, además, de la lista de los comunes que entró al Ayuntamiento en el 2015 prácticamente no queda ninguno. Las disputas —¿o las purgas?— han minado un proyecto que ha sido recolonizado por el partido que, como en el caso de JxCAT, le sirvió de base para arrancar. La gente quiere futuro más que pasado. La debilidad gestora de BeC se ha querido tapar con debates ideológicos tan vistosos como inútiles. Los comunes han demostrado que saben hablar de la revolución pero les cuesta reconocerla cuando la viven en directo. Y cuando eso pasa, cuando un partido se convierte en otro, los electores vuelven al original. Sin embargo, tendremos que estar atentos a los pactos de los próximos días. Porque el binomio Colau-Collboni exigirá a ERC que se añada al bloque de izquierdas si quiere ser reconocida por la élite intelectual barcelonesa.

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