Siete de los veintiocho estados miembros de la Unión Europea tienen forma de monarquía. Son Bélgica, Dinamarca, España, Luxemburgo, Países Bajos, Reino Unido y Suecia. Las monarquías son una anomalía. Una antigualla de los tiempos de los egipcios y los persas. En Europa, las monarquías se forman en la antigüedad. En Catalunya, también. Los condes-reyes catalanes son muy antiguos, de los tiempos de la Gotia, y la unión dinástica entre el condado de Barcelona y el reino de Aragón es del 1137, año en que se casaron Ramón Berenguer IV y Petronila de Aragón. Pero eso es hoy historia y los títulos reales catalanes los acumula el monarca español desde 1715. Catalunya, como el País Valencià, las illes Balears y Aragón perdieron los fueros y la monarquía, y no es para nada casual que en el siglo XIX el republicanismo arraigara en esos territorios, mientras las monarquías constitucionales o limitadas se imponían en toda Europa.

Los reyes ya eran entonces hombres de negocios. Si leen la espléndida e inquietante biografia que Adam Hochschild escribió sobre el rey Leopoldo II de Bélgica encontrarán los detalles. El rey de los belgas traficaba con diamantes como por ejemplo el monarca español trafica con armas. Su bisabuelo, Alfonso XIII, el que cayó el 14 de abril de 1931, también era un hombre de negocios, como explicó Guillermo Gortázar en otra detallada biografía. Todo el mundo sabe quién se queda una parte de los beneficios de los contratos comerciales de este tipo. No es necesario que lo escriba. Después de la Primera Guerra Mundial, muchas de estas monarquías fueron sustituidas por repúblicas, fenómeno que se acentuó todavía más después de 1945 y de las complicidades de muchas monarquías con los nazis. Y, sin embargo, las monarquías siguen vivas en la UE. La más importante, mal les pese a los españoles, es la corona británica. Y no lo es únicamente por el peso demográfico de la Gran Bretaña. El imperio británico dominó el mundo en el siglo del desarrollo del capitalismo y algo les queda de aquella grandeza a pesar de los contratiempos. Veremos en qué quedará a partir de ahora después de la aplicación del Brexit. En los procesos de larga duración es difícil predecir qué pasará. Y el Brexit es uno de este procesos que podría comportar que finalmente se cumpliera la predicción de Tom Nairn de 1977 sobre la destrucción de la Gran Bretaña con el auge de los nacionalismos antiimperialistas. El Brexit podría favorecer, por ejemplo, la independencia de Escocia y la reunificación de Irlanda, como la Segunda Guerra Mundial propició la independencia de antiguas colonias.

Catalunya todavía no es una república. Felipe VI es el rey de España, pero no de una gran mayoría de catalanes

Dicen que la decadencia de los reyes y las reinas en Europa comenzó el día que se saltaron sus propias normas y decidieron casarse con plebeyos. Quizás sí, pero lo más grave no es eso. Lo incomprensible es que un proyecto supuestamente democrático como es la Unión Europea permita las monarquías. En Bélgica, la monarquía debería haberse suprimido cuando se descubrió que el rey Leopoldo era realmente el instigador de aquel terror colonial que Joseph Conrad narró con bastante precisión en El corazón de las tinieblas, la novela breve que explica el viaje del marinero Marlow por África en busca del traficante de marfil Kurtz. No cayó entonces ni en 1990, cuando el rey Balduino renunció a la corona durante 48 horas para no firmar la ley de aborto que debía aprobar el Parlamento. En España, Franco reinstauró la monarquía a cambio de preservar su legado. La Transición no fue un punto final con el franquismo. Fue un punto y seguido, como acabamos de constatar a raíz del conflicto soberanista catalán. Contra ETA cualquier cosa valía, a pesar de las atrocidades y la vulneración de los derechos humanos, y la naturaleza antidemocrática del franquismo sociológico que dominaba el Estado se justificaba por la sinrazón terrorista. La monarquía inglesa hizo lo mismo aprovechando la violencia de los terroristas del IRA.

Catalunya todavía no es una república. Felipe VI es el rey de España, pero no de una gran mayoría de catalanes. No le den vueltas al asunto. Las monarquías son incompatibles con el mundo democrático. Los discursos de Felipe VI son sermones que un día amenazan y al día siguiente reclaman convivencia como quien regala chuches a la salida de un colegio. Quien haya visto la serie The Crown habrá constatado que la reina Isabel II tuvo que aprender a ser modesta para no perder el trono. La funesta e inhumana reacción de la monarquía a la muerte de Diana de Gales estuvo a punto de convertirse en su Bastilla. La salvó Tony Blair, como también se puede ver en The Queen, la película protagonizada por Helen Mirren. La reina de Inglaterra ha aprendido, si leemos bien su discurso de Navidad, que “ante las diferencias más profundas, tratar al otro con respeto y como un ser humano es siempre un primer paso hacia un mejor entendimiento”. Felipe VI, un monarca mucho más joven que ella, es incapaz de pronunciar palabras como esas porque, en realidad, tiene las mismas ideas intolerantes que la emergente extrema derecha europea. No es lo mismo tener como precedente a Cromwell que a Franco. La historia tiene esas cosas.

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