La extrema derecha avanza en todo el mundo. Deberíamos estar preocupados. En los EE.UU., Donald Trump es el principal promotor de un conservadurismo basado en el extremismo, la xenofobia y el nacionalismo. Aquel huevo de la serpiente de los años veinte, pero actualizado, y que fue motivo de preocupación de personajes tan dispares como el periodista catalán Eugeni Xammar y el cineasta sueco Ingmar Bergman. Es la derecha extrema de hoy en día, con ribetes populistas, que en Europa se presenta rejuvenecida —y liberada del nazismo, el fascismo o el falangismo, las ideologías tradicionales de la extrema derecha del siglo pasado—, hasta el punto que avanza por la derecha a los partidos conservadores tradicionales. Al socaire de la crisis económica de 2008, de la crisis de los refugiados y de la intensificación del terrorismo islamista, por todo el continente han surgido grupos y líderes de extrema derecha que alimentan el odio al diferente, los nacionalismos a ultranza y el resentimiento social. La lista de esos partidos y dirigentes es larga.

Boris Johnson es seguramente más eficaz como líder de la extrema derecha británica que Nigel Farage, el artífice de la victoria de los partidarios del Brexit. Del mismo modo, Frauke Petry, la líder del partido populista de derechas Alternativa para Alemania (AfD) es “la anti-Merkel” por antonomasia, dado que los socialdemócratas son sus aliados desde tiempo atrás. Matteo Salvini, el líder de la Liga Norte y antiguo militante comunista, es hoy el sustituto de Giorgio Almirante, el viejo dirigente del Movimiento Social Italiano, el partido refugio de los mussolinianos. En Suecia, la formación ultraderechista Demócratas de Suecia (SD), contraria a la inmigración y con un mensaje claro, “los suecos primero”, idéntico al que usó Trump en su campaña electoral, acaba de lograr un 17% de los votos en el Riksdag. Viktor Orbán, el primer ministro húngaro que llegó a ser vicepresidente de la Internacional Liberal entre los años 1992 y 2000 y vicepresidente del Partido Popular Europeo entre 2002 y 2012, es uno de los mandatarios europeos que se ha decantado por las políticas típicas de los partidos de la derecha extrema. La relación de partidos y políticos que han optado por el extremismo es mucho más larga, pero si tuviera que mencionarlos a todos no acabaríamos nunca.

La opinión pública española es muy benévola con los despropósitos anticatalanistas de todos los partidos, pero lo es todavía más con Rivera, que es hoy la síntesis de aquella banalización del mal que abre la puerta a la persecución de los adversarios, a defender la destitución de cargos electos y a la difusión de la mentira como arma política

En España la extrema derecha tradicionalmente se refugió durante años en el PP, hasta la aparición de Ciudadanos. El PP nació promovido por exjerarcas franquistas, pero el partido naranja cumple las tres características que definen a la extrema derecha europea: es un partido extremista e intransigente, que se alimenta del españolismo anticatalanista, que es la forma que toma el nacionalismo que defiende Albert Rivera. Como Orbán, Ciudadanos es un partido de derecha liberal, más cercano al conservadurismo que a cualquier otra ideología. El odio al diferente se expresa en ese odio a la catalanidad tan característico de los diputados naranjas en el Parlament de Catalunya, empezando por su jefa de filas, Inés Arrimadas. No asumen como propio ni el himno nacional catalán. Todo les es ajeno. Como a los serbios de la República Srpska les molesta la existencia de la República Federal de Bosnia y Herzegovina, a Ciudadanos el catalanismo les parece la carcoma que lleva años, siglos, deshaciendo España. Oficialmente, la extrema derecha catalana estaría representada por Plataforma per Catalunya, pero ese partido ha quedado obsoleto ante las propuestas de los dirigentes de Ciudadanos.

José María Aznar es el líder natural de la extrema derecha española —además de ser el mentor de Pablo Casado, cuya deriva extremista debería preocupar a todo el mundo—, pero resulta que Albert Rivera es mucho más creíble —y digerible— que él como dirigente de la derecha nacionalista extrema española. Aznar es una reliquia, Rivera es todavía una esperanza, si bien está viviendo horas bajas. La opinión pública española es muy benévola con los despropósitos anticatalanistas de todos los partidos, pero lo es todavía más con Rivera, que es hoy la síntesis de aquella banalización del mal que abre la puerta a la persecución de los adversarios, a defender la destitución de cargos electos y a la difusión de la mentira como arma política. Estas son, según muchos analistas, las características de la extrema derecha que se extiende por Europa. A pesar de que su candidato a alcaldía de Barcelona, Manuel Valls, ha recurrido a ello en Francia, Ciudadanos no ha necesitado censurar, por lo menos hasta el momento, las políticas de acogida de inmigrantes para echar leña al fuego del nacionalismo españolista. Le ha bastado con difamar a los catalanes independentistas —o a los simplemente catalanistas—, al extraño, para favorecer que la serpiente vuelva a salir del huevo. Mientras tanto, como indicaba uno de los personajes de Bergman: “A través de la fina membrana [del huevo de la serpiente] se puede distinguir un reptil ya formado”.

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