El 14 de junio de 2006 se celebró en el Auditorio de Barcelona el acto central de la plataforma Estatut, jo sí. Lo condujimos la periodista Rosa Cullell — que entonces era directora general del Liceo— y un servidor, que en aquel tiempo dirigía Unescocat. Entre los asistentes había el president Pasqual Maragall y el expresident Jordi Pujol y políticos del PSC, CiU e ICV: Manuela de Madre, José Montilla, Artur Mas, Josep Antoni Duran i Lleida y Jordi Guillot, entre otros. Hoy ninguno de ellos es un político en activo. Solo Montilla es un superviviente gracias a las puertas giratorias. Han transcurrido catorce años desde entonces. La plataforma consiguió unas mil quinientas adhesiones, muy pocas si lo comparamos con las adhesiones que han recogido posteriormente entidades independentistas. La plataforma pregonaba que tumbar el Estatut en el referéndum que debía celebrarse a los cuatro días, el 18 de junio, “llevaría el país a un estancamiento y a la pérdida de oportunidades y de horizontes de progreso”. La fraseología habitual, pero que se ha demostrado muy cierta. El fracaso de la reforma del Estatut, que culminó con la sentencia del TC, ciertamente estancó Catalunya. Este y no otro es el motivo que el país haya caído en un pozo. Convendría que lo recordaran los que atribuyen el drama actual al independentismo. Dejémoslo claro: en 2010 el Estado hundió el constitucionalismo en Catalunya.

Si los independentistas dan un paso atrás por miedo o por unas expectativas falsas sobre la recuperación del viejo y desgarrado Estatut, entonces es que la represión ha obtenido su fruto

Rosa Cullell y servidor somos partidarios, por resumirlo y sin ánimo de ofender, del unionismo y del independentismo, respectivamente. Ya era así en aquel tiempo. No sé lo que votaba ella, pero yo en 2003 voté ERC, como era habitual en otras elecciones. Siempre he sido un independentista pragmático, que no quiere decir posibilista, y en 2006 pensé que aquel Estatut, incluso recortado por los españolistas pijos estilo Alfonso Guerra, haría avanzar al soberanismo. La sentencia del TC puso punto final a todo eso. Aquella sentencia provocó la quiebra del autonomismo y la muerte del catalanismo que ahora se quiere resucitar. Si los independentistas hubieran aceptado aquella amputación sin hacer nada, sin cambiar de estrategia, habrían contribuido a la confabulación narcótica ante una alteración tan flagrante de la democracia. Si ahora, después de la crisis del 17, no cambiaran, también caerían en la misma trampa. El Estatut fue aprobado por el Parlament, las Cortes lo modificaron, y aun así el pueblo de Catalunya lo ratificó, y al fin el TC se lo cargó. Si las Cortes ya lo había cepillado, el TC desfiguró todavía más el texto que había sido aprobado por los representantes de la soberanía catalana. Y esta es la cuestión que no se puede olvidar si se quiere evitar volver a los años de debilidad, al tiempo en que se glorificaban las apariencias. Después de un referéndum legal y acordado, ellos, el poder español, no se anduvo con chiquitas para restituir el centralismo. Hay que tener memoria —o un poco de edad— para no decir según qué en 2020.

La diferencia entre las consecuencias del fracaso del Estatut del 2006 y la derrota del 2017 es la represión. Hace catorce años al Estado no le hizo falta encarcelar a nadie para imponer su ley contra el autonomismo federalista que propugnaba Maragall. El acatamiento de los políticos fue unánime. Quienes hoy atribuyen a los independentistas la crisis del 2017 prescindiendo del autoritarismo español, en 2006 acusaban a Maragall, como quien dice, de secesionista sin admitir que el problema era el nacionalismo español. El soberanismo, en cambio, no desfalleció y se fue organizando en torno a la defensa del derecho a decidir, hasta el punto de obligar a los políticos —cuando menos a algunos— a rectificar para emprender un camino diferente. El llamado procés no fue un ensayo de revuelta, fue una revuelta en toda regla que el Estado solo pudo contener a porrazos, con encarcelamientos arbitrarios o provocando el exilio del president de Catalunya, quien, supongo, en 2006 votó en el referéndum estatutario. Los que culpan a los independentistas de todos los males actuales distorsionan la historia para justificar su relato de derrota. El mal es anterior y quienes ahora quieren ensayar otra vez el autonomismo de 2006 engañan cuando esconden qué pasó. El Estado nos quiere sometidos, ya se ha visto. Si los independentistas dan un paso atrás por miedo o por unas expectativas falsas sobre la recuperación del viejo y desgarrado Estatut, entonces es que la represión ha obtenido su fruto. La única posibilidad de sobrevivir es no abandonar la resistencia. Es una posición más incómoda, pero más real y práctica que recaer en la droga del autonomismo.

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