La voracidad del fuego en Les Gavarres y las distracciones del opio del pueblo futbolístico han hecho pasar como una simple anécdota el proceso de regularización de inmigrantes impulsado por el PSOE. Inicialmente concebido para contentar el espacio político moribundo de Podemos (mediante un real decreto y sin pasar por el Congreso, porque ya sabemos que la izquierda radical adora el estalinismo), el proyecto de legalización incluía papeles para 500.000 trabajadores que ya residían en el Estado. Como puede imaginar cualquier persona que se afeite o se depile desde hace tiempo, Pedro Sánchez y los suyos ya sabían que la cifra era de broma porque, como se ha demostrado después ante la fingida sorpresa de los sociatas, la medida ha acabado regularizando a más del doble de futuros conciudadanos. El PSOE se hacía el sueco, of course, porque eso de confesar que no sabía el número de ilegales que había en España, o de esconderlo, queda poco profesional...
Como era de esperar, tiempo después hemos sabido que Catalunya liderará esta macro regularización con un total de 257.000 personas. Los partidos independentistas se han excusado del fraude aduciendo que, antes de todo este show, ellos ya habían pedido las competencias en inmigración (una de aquellas peticiones por las que, según Míriam Nogueras, no habían investido a Sánchez "a cambio de nada", con el éxito que ya pueden comprobar fácilmente). Pero, como demostraba hace poco Víctor Puig, los juntaires votaron a favor del debate sobre la ILP "Regularización YA" que se tramitó en abril de 2024 en la Cámara Baja, que se debatió con la cifra mencionada de los 500.000 recién llegados (conscientemente irreal) que vivían y trabajaban en el Estado antes de 2021. En este sentido, tanto republicanos —que acostumbran a ponerse de perfil para acabar votando cualquier cosa al PSOE— como juntaires no tienen ningún tipo de credibilidad para escandalizarse ni bramar, por muchas apelaciones a la Comisión Europea que hagan.
Nos hará falta fortificar mucho la cultura del país para hacer frente a una regularización desaforada. Nuestros políticos no la podrán combatir, porque son los primeros autores intelectuales de esta
Los catalanes haríamos bien en no caer en el debate que toda esta utilización de los migrantes ha provocado y que ha sumido el bipartidismo español en una lucha cada día más delirante entre una derecha trumpista (que empieza a hacer el ridículo poniendo en duda el sistema electoral) y una izquierda falsamente naïf que trafica con las personas como si fueran cabezas de ganado, a la manera chavista-zapaterista. De cara a la tribu, y como ha señalado sabiamente Abel Cutillas, lo esencial es ver cómo la regularización esconde la voluntad neofranquista de desintegrar la cohesión social en Catalunya mediante una inyección de extranjeros desaforada. Franco lo intentó con los obreros que vinieron hace tiempo de toda España, que el pujolismo pudo asimilar a la catalanidad, pues el autogobierno se mantenía y la prosperidad del país era un buen cebo para hacer aprender nuestra lengua a los andaluces. Pero ahora ya no tenemos esa fuerza.
Aquí da igual si uno es un liberal que está muy a favor del libre comercio mundial de mercancías y personas o si el lector se identifica con la moral happy flower del "queremos acoger", porque cualquier ciudadano —con el estado actual de las infraestructuras, del todo insuficientes y colapsadas con una población de 8 millones de habitantes— sabe que no se puede asumir una cantidad creciente de personas a las que, por si fuera poco, ahora los socialistas querrán añadir los nietos sudamericanos de los exiliados o cualquier persona que pueda acreditar conocimiento de la genial poesía de Luis Cernuda. Aquí, insisto, da igual si uno se declara seguidor de Aliança Catalana o predispuesto a acoger a los descendientes de la Guerra Incivil en el sofá de casa; porque antes de debatir nuestra predisposición a asumir recién llegados, hay que entender que sin una cultura política robusta de emancipación nacional, la capacidad de absorber es totalmente nula...
Ante esta dinámica evidente, no recomiendo que nos volvamos unos histéricos de la sustitución demográfica ni que adoptemos la moral de toda la gente que ha disfrutado de los beneficios del trabajo precario-mal pagado de los inmigrantes y que ahora tiene un frenesí desmedido por echarlos fuera del país. Pero hay que ver las intenciones claras de la izquierda española y el colaboracionismo implícito —aunque lloriqueante— de los partidos independentistas, representantes teóricos de nuestros intereses. Dicho esto, y visto que la globalización no se detendrá en cuatro días, nos hará falta fortificar mucho la cultura del país para hacer frente a una regularización desaforada. Como ha quedado demostrado, nuestros políticos no la podrán combatir, porque son los primeros autores intelectuales de esta. Recuérdenlo bien cuando se hagan los proteccionistas o los apocalípticos. Ellos fueron los aplicadores del 155 político y ahora son los coautores necesarios de este 155 demográfico.