Hoy es 12 de septiembre, el día siguiente de la Diada Nacional de Catalunya. Es uno de los días favoritos de algunos estamentos intelectuales españolistas instalados en nuestro país, porque se dedican a construir el mito según el cual el día después de la caída de Barcelona los catalanes nos levantamos, nos lavamos la cara, salimos de casa y fuimos a abrir las tiendas, los talleres y las industrias, como si nada hubiera sucedido. Por eso reivindican el espíritu del 12 de septiembre, cuando supuestamente nuestros antepasados se pusieron a trabajar para olvidar la larga guerra. Superamos las heridas y el sufrimiento con esfuerzo y trabajo, dos características innatas de los catalanes. Todo el mundo miró hacia delante y nadie miró hacia atrás. Los catalanes, ya se sabe, de las piedras hacemos panes. Algunos, incluso, intentan hacernos creer que el progreso económico y la prosperidad colectiva nacieron en ese preciso momento, cuando dejamos atrás tiempos tenebrosos para entrar de lleno en la modernidad de la mano del rey Felipe V, repleta de nuevos mercados donde vender nuestros productos y oportunidades infinitas para realizar carreras profesionales brillantes. "Qué suerte tuvimos de perder la guerra", exclaman ufanos. Sin embargo, es este un discurso radicalmente falso y absolutamente intencionado, por supuesto. Al día siguiente de la derrota, Catalunya era un país devastado y arrasado donde nadie volvió al trabajo y mucho menos a la normalidad.
La represión contra Catalunya fue colectiva. Los principales dirigentes políticos, militares e intelectuales que no pudieron huir a Viena fueron perseguidos, encarcelados y ejecutados. Las instituciones catalanas fueron suprimidas, las leyes catalanas fueron derogadas y toda la documentación oficial austracista fue quemada, como lo fueron los estandartes y banderas de nuestras instituciones y de nuestro ejército. Pero la represión enseguida empezó a bajar de arriba hacia abajo, y llegó hasta el último catalán de la última aldea de la última comarca. El nuevo régimen borbónico puso en marcha un sistema represivo contra todo el país. El libro Felip V contra Catalunya, de Josep M. Torres Ribé, es en este sentido muy ilustrativo y debería ser una lectura obligatoria en nuestros institutos. En él se detalla toda la cadena de órdenes e instrucciones represivas. Por ejemplo, inmediatamente después de la toma de Barcelona, una de las primeras decisiones fue desarmar a la población. Hay que tener presente que el nuestro era un pueblo armado y, por tanto, aquella orden era una humillación en toda regla. A mediados de 1715 ya se habían incautado 71.803 armas de fuego, la mayoría escopetas, fusiles y pistolas. Si tenemos en cuenta que por aquel entonces en el Principado vivía aproximadamente medio millón de habitantes, esta cifra significa que en cada hogar había necesariamente una o más armas de fuego. Y eso que las que se requisaron no eran todas las que existían. Se sabe que mucha gente escondió armas de fuego entre las tejas de los tejados de casas y masías, y otros muchos las llevaron a la Catalunya Nord, a casa de familiares o amigos.
El nuevo régimen puso el catalán en su punto de mira con el objetivo de marginarlo de la vida pública e intelectual, como paso previo a su voluntad de desarraigarlo de la población y de la vida cotidiana
Más allá de la destrucción de las instituciones y la incautación de las armas, la represión fue bajando a un nivel increíble. Por ejemplo, en cada población se creó la figura del "comisario de barrio". Todos los ciudadanos tenían la obligación de comunicarle cualquier movimiento que pudiera ser considerado sospechoso. La orden era muy clara: "Es preciso publicar un bando en el cual se ordene a todos los habitantes que luego que lleguen a posar en las casas particulares, como en las posadas y messoneros, qualesquiera passajeros, así paysanos como forasteros, sea para demorar o transitar, den cuenta inmediatamente al comisario de su respectivo barrio; el nombre, patria, de adonde viene y a donde va cada uno". Puesto que esto les pareció insuficiente, más tarde decidieron que el control debía intensificarse a cualquier cambio de residencia: "Ordenamos y mandamos a todas y cualesquiera personas de cualquier estado, grado, calidad y condición que sean, que de aquí en adelante siempre que hayan de mudar de un barrio a otro, tengan y estén en la obligación de dar cuenta de ello, y de la casa donde van a habitar, a sus respectivos comisarios de barrio de donde salieren y a donde entran a vivir". La población, claro, vivía en un clima de terror y delación.
Podría poner otros muchos ejemplos de muchos ámbitos diversos, pero no quiero pasar por alto la represión lingüística. El nuevo régimen puso el catalán en su punto de mira con el objetivo de marginarlo de la vida pública e intelectual, como paso previo a su voluntad de desarraigarlo de la población y de la vida cotidiana. Se impuso la lengua castellana en todos los ámbitos administrativos del país, desde la Real Audiencia hasta la Administración municipal. Estas órdenes no tuvieron efecto inmediato, porque la mayoría de la población no tenía ningún conocimiento de la lengua castellana. Por eso decidieron actuar en el ámbito educativo y ordenaron "que en las escuelas de primeras letras y gramática no se permitan libros en lengua catalana, escribir ni hablar en ella dentro de las escuelas, y que la doctrina cristiana sea y la aprendan en castellano". La enseñanza superior, con la clausura de todas las universidades del país y la apertura de la nueva Universidad de Cervera, pasó a ser únicamente en castellano. Son solo algunos ejemplos del castigo colectivo contra los catalanes, que llegó a todos los rincones del país. Por eso, si alguna vez te dicen que el día 12 de septiembre Catalunya se puso en marcha, sabrás que quien lo dice es un indocumentado, un farsante y un españolista.
