Arrancar el coche y acelerar fuerte de inmediato es un gesto habitual para muchos conductores. Parece inofensivo, pero los mecánicos lo advierten cada vez más, de que este hábito puede provocar averías con el paso del tiempo.
El problema no está en acelerar, sino en hacerlo cuando el motor aún está frío. Y especialmente en coches con turbo, donde el daño puede ser mayor.
El error que más castiga al motor en frío
Y es que cuando arrancas el coche, el aceite aún no ha lubricado correctamente todas las piezas. El motor necesita unos segundos o a veces minutos para alcanzar su temperatura óptima. Si aceleras fuerte en ese momento, las piezas trabajan sin la protección necesaria. Esto genera desgaste interno que, aunque no se note al instante, se acumula con el tiempo.

De este modo, componentes clave del motor empiezan a sufrir. Y uno de los más afectados es el turbo, que funciona a altas revoluciones y necesita una lubricación perfecta desde el primer momento. Además, exigir potencia en frío aumenta la fricción y puede acortar la vida útil del motor.
El turbo, el gran perjudicado
La realidad es que el turbo es especialmente sensible a estos hábitos. Está diseñado para trabajar a altas temperaturas, pero necesita hacerlo de forma progresiva. Acelerar en frío provoca que gire a gran velocidad sin estar correctamente lubricado. Esto puede dañar sus componentes internos y provocar averías costosas.
Pero no solo ocurre al arrancar. También hay otro error muy común: apagar el coche de golpe después de un trayecto exigente. En ese momento, el turbo sigue caliente y girando. Si se corta la lubricación de forma brusca, el desgaste aumenta. Así pues, el consejo de los mecánicos es claro. No acelerar en frío y dejar unos segundos antes de apagar el motor tras un viaje. Son gestos simples que pueden alargar mucho la vida del coche y evitar reparaciones importantes.