La cuenta atrás para el inicio del Mundial de Fórmula 1 ha reactivado un frente que parecía enterrado: la relación entre Honda y Fernando Alonso. A un mes de que se apaguen los semáforos, las señales internas apuntan a una convivencia fría, marcada por un pasado turbulento y por dudas técnicas que no ayudan a estabilizar el proyecto. El titular no es exagerado: saltan chispas porque la desconfianza es mutua y el contexto no invita al optimismo.
La etapa compartida en McLaren dejó cicatrices profundas. Aquella alianza entre el fabricante japonés y el piloto español, que debía devolver al equipo a la élite, terminó convertida en un periodo de frustración constante. Problemas de fiabilidad, déficit de potencia y un desarrollo errático marcaron temporadas que quedaron lejos de cualquier aspiración real. Alonso fue especialmente crítico en público, y Honda interpretó aquellas declaraciones como un cuestionamiento directo a su capacidad técnica.
No es ningún secreto que esa relación quedó dañada. Desde entonces, el respeto profesional existe, pero la confianza plena no. Honda no olvidó el impacto mediático de aquella crisis, y Alonso tampoco ha borrado de su memoria los abandonos y las limitaciones mecánicas que condicionaron su rendimiento.
Un patrón técnico que alimenta la inquietud
Más allá del componente emocional, el elemento técnico vuelve a situarse en el centro del debate. La historia reciente de Honda en Fórmula 1 muestra una tendencia clara: sus proyectos no suelen brillar en el primer año de un nuevo ciclo. La adaptación a normativas inéditas ha requerido fases prolongadas de ajuste, con problemas iniciales de fiabilidad y rendimiento antes de alcanzar la estabilidad competitiva.
Ese patrón es especialmente relevante en el momento actual. Aston Martin afronta una etapa clave de consolidación y necesita una base mecánica sólida desde el arranque. Si el motor presenta dificultades en las primeras carreras, el recuerdo de McLaren reaparecerá inevitablemente.

Alonso es plenamente consciente de ese riesgo. Sabe que en la Fórmula 1 moderna, perder terreno en las primeras citas del calendario puede comprometer toda la temporada. Y también sabe que los procesos de maduración técnica no se aceleran por presión externa.
Cabe destacar que, desde la perspectiva de Honda, el escenario tampoco es cómodo. El fabricante busca consolidar su imagen como socio fiable y competitivo, pero lo hace junto a un piloto que fue uno de sus críticos más visibles. La ecuación es compleja: necesitan resultados inmediatos para cerrar definitivamente aquel capítulo, pero la historia demuestra que su curva de aprendizaje rara vez es lineal.
Un equilibrio frágil antes del primer semáforo
Lo destacable en este caso es que la tensión no requiere declaraciones públicas para hacerse evidente. La combinación de antecedentes conflictivos y dudas técnicas crea un clima de cautela en ambos lados. Honda quiere demostrar que su proyecto actual es sólido; Alonso necesita garantías de que no volverá a verse atrapado en un programa que no responde a sus ambiciones competitivas.
En este contexto, cualquier fallo mecánico en las primeras carreras tendrá una lectura amplificada. No se tratará solo de un abandono o de una pérdida de puntos, sino de la confirmación de un temor latente. La presión mediática y deportiva se multiplicaría, y la estabilidad del proyecto quedaría bajo escrutinio.
El Mundial aún no ha comenzado y ya existe un foco de tensión evidente, y más tras algunos resultados en los primeros test. La relación parte de una base profesional, pero arrastra una historia que pesa más de lo que se admite públicamente. Cuando un fabricante que no suele ganar a la primera se asocia de nuevo con un piloto que ya sufrió sus carencias iniciales, el margen de error se reduce al mínimo.