El proceso de electrificación del parque automovilístico avanza con paso firme en Europa, pero no está exento de matices. Un reciente estudio revela que uno de cada tres conductores de coche eléctrico estaría dispuesto a pagar por volver a un modelo de combustión. La cifra, sin embargo, convive con otra realidad: la mayoría de usuarios de vehículos eléctricos se declara satisfecha con su elección y no contempla regresar atrás.

No es ningún secreto que el vehículo eléctrico ha redefinido la conducción cotidiana. La entrega inmediata de par, la ausencia de ruido mecánico y un mantenimiento más sencillo son aspectos ampliamente valorados. A ello se suma una conducción más suave y lineal, especialmente apreciada en entornos urbanos y trayectos diarios. Estos factores explican que una parte mayoritaria de propietarios no contemple regresar a motores térmicos.

La percepción positiva también está estrechamente vinculada a las condiciones de uso. Aquellos que disponen de un punto de carga doméstico disfrutan de una experiencia más cómoda y económicamente ventajosa. Recargar por la noche en casa, con tarifas eléctricas optimizadas, reduce de forma considerable el coste por kilómetro frente a gasolina o diésel. En estos casos, la movilidad eléctrica encaja de forma natural en la rutina diaria.

Sin embargo, el grado de satisfacción disminuye en determinados perfiles de conductor. La experiencia cambia cuando la recarga depende en mayor medida de la infraestructura pública o cuando el vehículo se utiliza con frecuencia para desplazamientos de larga distancia.

Carga, costes y autonomía: los puntos críticos

Entre quienes valoran volver a la combustión, el principal motivo suele estar relacionado con la recarga. La red pública ha crecido de forma sostenida, pero todavía presenta desigualdades territoriales y problemas puntuales de disponibilidad o funcionamiento. En viajes largos, la planificación previa se convierte en un elemento imprescindible y, en algunos casos, en una fuente de incertidumbre.

Cabe destacar que el factor económico también influye de forma decisiva. El ahorro prometido por la movilidad eléctrica no siempre se materializa cuando la mayor parte de la energía se obtiene en estaciones de carga rápida, donde el precio por kilovatio hora es significativamente más elevado. En esas circunstancias, la diferencia de costes frente a un vehículo de combustión se reduce, especialmente si se realizan muchos kilómetros en autopista.

La autonomía continúa siendo otro de los elementos sensibles. Aunque las cifras homologadas han aumentado en los últimos años, las condiciones reales pueden variar en función de la velocidad, la climatología o el uso de sistemas auxiliares como calefacción y aire acondicionado. En recorridos prolongados por autovía, el consumo se incrementa y obliga a realizar más paradas de las inicialmente previstas.

Por todo ello, el debate no gira en torno a la viabilidad técnica del coche eléctrico, sino a su adaptación a distintos perfiles de usuario. La mayoría de conductores se muestra satisfecha y aprecia sus ventajas, pero existe un segmento que demanda mejoras en infraestructura, autonomía real y previsibilidad de costes. La evolución de estos factores será determinante para consolidar una transición que, pese a las reticencias puntuales, sigue avanzando con firmeza.