Recuerdo que hace dos años, precisamente en verano, en plena efervescencia pre 9-N, leí una entrevista en La Vanguardia que me llamó mucho la atención. Inés Arrimadas contaba, con esa satisfacción de los lagartos tendidos al sol, que el objetivo de su partido era independizar España de los independentistas. La tesis era que, como nadie podría convencer a los independentistas de cambiar sus ideas, la solución pasaba por organizar el Estado pasando de ellos, como si no existieran.

El colapso que vive la política española es la punta del iceberg de esta estrategia de apartheid contra más de dos millones de catalanes. Las consecuencias más dolorosas las iremos pagando a largo plazo, igual que al final pagamos las hipotecas que los bancos regalaban en los tiempos de la burbuja inmobiliaria. En una organización, la eficiencia nace del entusiasmo y de la libre colaboración. Intentar mantener personas por la fuerza dentro de un grupo es la mejor manera de esparcir el virus de la mediocridad y el descontento.

Si España ha ido de colapso en colapso desde hace más de 300 años es porque siempre se ha enfrentado a Catalunya de manera injusta y violenta. La democracia española funcionó mientras hizo la función que deben hacer las democracias, que es contribuir a tener todas las facciones políticas más o menos satisfechas con el sistema de equilibrios general. Cuando la misma dinámica democrática ha puesto en peligro la unidad del Estado, Madrid ha reaccionado con la visceralidad de siempre y la política se ha empezado a anquilosar.

Mientras no se celebre un referéndum, la clase política sufrirá un fenómeno parecido al que experimentó el ejército durante los siglos XIX y XX. Si en el siglo XIX el Estado sobredimensionó el papel de los militares aprovechando el prestigio que algunos caudillos habían adquirido en las guerras napoleónicas, ahora el sistema utiliza la misma táctica con la política, aprovechando el prestigio de la Transición. El resultado será que, al igual que pasó con el ejército que perdió las colonias, los políticos se irán girando en contra de la vida de la gente y no habrá reforma moderada ni puñetazo sobre la mesa que sirva para arreglar los problemas.

Si durante 150 años el ejército español se llenó de cobardes y de bocazas que sólo fueron capaces de celebrar victorias contra su propio pueblo, ahora es el cuerpo político que empieza a sufrir este mismo proceso de degradación y envilecimiento. Tanto en España como en Catalunya, cada vez hay más políticos y más intelectuales que invocan el pragmatismo y el bienestar, con la misma obsesión por escalar o para preservar el sueldo con que los sargentos chusqueros invocaban el patriotismo y el heroísmo.

El Estado trata de ganar tiempo subvencionando las actitudes mediocres y cobardes de toda una generación de políticos jóvenes que dentro de unos años tendrán que competir con chicos todavía más jóvenes y serán capaces de cualquier atrocidad para mantener el estatus alcanzado. El objetivo es que nos vayamos acostumbrando a los debates absurdos y a las gesticulaciones estériles, y que olvidemos que la situación de hoy empezó con la reclamación de un referéndum que incluso los socialistas catalanes consideraban razonable.

Ahora que la autodeterminación vuelve a aparecer en los periódicos basta con observar en qué términos se plantea el debate para ver hasta qué punto la farsa del 9N sirvió para confundir y para ir hacia atrás. El hecho que se hable más de los problemas que supuestamente conlleva celebrar un referéndum, que no de las soluciones que aportaría, ya es una señal de que, aunque hay una gran cantidad de políticos y opinadores que saben que sería la solución más justa, prefieren buscar excusas para justificar sus intereses inmediatos.

La única manera que las personas tenemos de aspirar a ser virtuosas y, por lo tanto, un poco creativas es ser capaces de actuar de acuerdo con nuestro pensamiento y nuestra conciencia libre, prescindiendo de las presiones externas y de los miedos que van creciendo en nuestro foro interno. Los diarios van llenos de discursos aparentemente elevados. Pero a menudo no tenemos en cuenta que, a veces, la vida concreta nos va arrastrando y corrompiendo y desviando del camino correcto, y haciendo cada vez más costoso rectificar.