Antoni Puigverd defendía en su artículo de este lunes en La Vanguardia que la CUP tiene la virtud de irritar a todo el mundo porque su mundo es genuino y eso pone en evidencia el vacío y la hipocresía que predomina en el entorno mediático y político catalán. 

Realmente es curioso que los mismos sectores que han vivido del presupuesto durante 30 años ahora acusen a la CUP de ser unos niños mimados. También hace gracia que tantos opinadores encorbatados se lamenten de que los cupaires no cumplen los acuerdos, cuando han permitido que CDC y ERC jugaran sin límite con la elasticidad de las palabras. 

Después de los ataques que ha recibido la CUP, Puigverd me pareció una especie de Gaziel predicando en el desierto. De la coherencia de la CUP, últimamente ha sacado provecho todo el mundo, en los diarios y las televisiones. Exceptuando a Bernat Dedéu, que va por libre en su bloc, no he visto a ningún político ni a ningún opinador que haya utilizado a la CUP para ir de persona respetable, seria o incluso graciosa. 

El otro día un tertuliano me decía en privado, después de liberar el sermón de rigor contra los cupaires. "CDC camina haca la extinción". Creí que iba hacia la independencia, respondí de guasa. "Este es el problema -replicó-, que no han pensado nunca en la independencia y no saben cómo hacerla. ¿Y no crees que encabezar un proceso de independencia sin haber pensado seriamente en ella es más frívolo que votar que no a unos presupuestos autonómicos?

Aún así, después de darle vueltas, me parece que Puigverd exagera reduciendo el independentismo a una banda de periodistas y de políticos hipócritas y oportunistas. Quizás no he leído lo suficiente a los moralistas y no he sucumbido a su pesimismo resignado. Sin embargo, yo diría que la CUP está poniendo en evidencia alguna cosa más profunda y más compleja: eso es que al panorama político catalán le falta un poco de pensamiento noble. 

En Catalunya hay un buen pensamiento burgués, en parte gracias a la vieja CiU, que lo llevó hasta unos niveles de sofisticación notables. También hay un pensamiento popular, que la CUP y En Comú encarnan bien, y que el independentismo ha reavivado después de un largo destierro en las cloacas de la historia. Lo que no hay es un pensamiento noble, o sea un pensamiento que incorpore a la vida la naturaleza del poder y vea el país más allá de los miedos personales y del sentido práctico de vuelo gallináceo.

En los primeros años de la transición, el PSC pretendió encarnar un cierto elitismo catalán pero enseguida cedió al populismo, aprovechando la fuerza electoral de la inmigración. Con la debacle del PSC, el presidente Mas y sus acólitos trataron de convertirse en la élite del país, pero ya antes del 9-N se habían ahogado en sus prejuicios de burguesito vanidoso que ahora trata de exportar Albert Rivera a España.

En los países sólidos, la burguesía ayuda a mantener el orden establecido, pero no sirve para crearlo ni mucho menos para liderar la acción política de base. Las clases populares son buenas para impulsar movimientos regeneradores, pero pocas veces llegan a consolidarlos, como demostró la revolución francesa o la revolución anarquista de 1936. Sin pensamiento noble no puede haber una visión política profunda ni una idea trascendente de la libertad. 

El resultado es que hemos desconectado espiritualmente de España pero no sabemos como rematarlo porque la mayoría de líderes de opinión siguen pensando como si vivieran dentro de la jaula, con la angustia que produce el frío de la intemperie. Los intentos de CDC de reconvertirse en un partido de orden a costa de la CUP están abocados al fracaso, al igual que lo están las pretensiones de ERC de institucionalizar el procés con la excusa de que ellos son independentistas de toda la vida.

El procés –si alguna vez existió– está muerto. Ya ha hecho la función que hacía falta, que era levantar el país y poner en evidencia la concepción falangista de la soberanía que tiene el nacionalismo castellano. Los intentos de alargarlo sólo servirán para envilecer al país y para deshonrarlo, como pasó con el catalanismo de los años treinta. Hoy una tertuliana de Podem me decía que el día que vea algún político dispuesto a desobedecer de verdad se lo pensará. 

Me ha venido a la cabeza una anécdota que corre por Barcelona sobre un líder convergente que fue a visitar al embajador de Israel.

–¿Usted esta dispuesto a morir por Catalunya? -le preguntó diplomáticamente

–No.

–¿Pues a matar, como mínimo?

–Tampoco

–Pues no tendrán la independencia ni en un millón de años.

Naturalmente no se trata de querer morir ni de querer matar, se trata de entender que hay libertades que no se pueden ceder ni negociarse sin que todo se convierta en una farsa y, a partir de aquí, ser lo bastante humilde y lo bastante inteligente para actuar siempre en consecuencia. Esta actitud es la que la CUP está introduciendo en la política. Se la criminaliza porque da miedo que se generalice y coja profundidad. Si pasara -y está pasando- Matrix no podrá dar marcha atrás diciendo que la independencia es imposible.

Enric Vila
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