"Perdonad que os haga esperar. La cosa es complicada. Complicada. Muchas gracias". Estaba ante el televisor y estas eran las primeras palabras del nuevo Presidente electo de los Estados Unidos. Un Presidente improbable al que yo hubiera podido votar. Oh sí... Por supuesto que lo hubiera podido hacer. No me mires así, ni me eches discursos bienintencionados ni me des lecciones de historia o de geoestrategia. Las conozco perfectamente. Incluso mejor que tú. Pero he aquí que yo habría podido votar al hombre del tupé rabioso. Como hubiera podido votar a Bernie Sanders si los comodones de los demócratas no se lo hubieran cargado. Hubiera votado cualquier cosa menos "a los de siempre". Necesito votar contra y me da lo mismo si es republicano o demócrata. Lo que quiero es cambiar, que cambien mis circunstancias; quiero que mi realidad sea diferente, quiero que vuelvan los tiempos donde todo era posible. Quiero que no me vuelvan a tomar el pelo, que dejen de engañarme. Quiero poder ir a la pedicura, no quiero que sea mi cuñada quien me pinte las uñas de los pies. Quiero que mi trabajo sea mejor, quiero cambiarme el coche. Quiero viajar. Quiero que me escuchen. Ser alguien. Que se me reconozca. Que alguien me reconozca. Estoy aquí. ¿Alguien me escucha?

Trump es grosero, ya lo sé. Y probablemente un racista, me da igual. Trump es posiblemente la última persona a quien querría ver en el Despacho Oval... y sin embargo lo habría podido votar porque es el único candidato que me promete que las cosas pueden cambiar. Y sé que para cumplir esta promesa nos hace falta un loco y Donald Trump está loco. Por eso lo habría podido votar.

Necesito votar contra y me da igual si es republicano o demócrata. Los olvidados también sabemos como devolverla, como vengarnos.

Y ahora, para que comprendas que no he perdido el juicio, diré que no habría votado nunca por alguien favorable a la deportación de millones de ciudadanos, a liquidar los derechos de los homosexuales, a encerrar a las mujeres en la cocina, a construir muros en ninguna frontera, a acabar con los derechos de alguna minoría. En realidad, muchas minorías han votado a Trump. Yo no sufro de alucinaciones. Hubiera podido votar a Trump porque, como millones de personas, necesito que mi vida cambie. Necesito que dejen de acusarme de ser cosas que no soy sencillamente por qué quiero cambiar la realidad en que vivo. Los olvidados también sabemos como devolverla, como vengarnos.

Kathy Cramer, una profesora de ciencia política de la Universidad de Wisconsin-Madison, se pasea desde hace años por Wisconsin con una grabadora en la que recoge los sentimientos, dudas y miedos de las comunidades de esta América olvidada. Más o menos todo el mundo le pinta el mismo cuadro: familias rotas por el paro, el alcoholismo y la violencia; el ascensor social, averiado. El sueño americano hecho añicos. Cramer lo tiene claro: los votantes de estas áreas del país, básicamente de raza blanca, pero no sólo, están fastidiados y necesitan culpables. Una frustración inmensa, una continua sensación de no ser el dueño del propio destino, de haber perdido el control sobre cualquier aspecto de su vida. La sensación de vivir una vida robada, algo que no es justo. Las leyes prometen una sociedad y la realidad les otorga una muy diferente. Cada día escuchan como desde las tribunas intelectuales del país son demonizados y tratados de estúpidos. Como si la mitad del país fuera mentalmente inestable, con conductas suicidas, cuando menos erráticas.

Los fastidiados escuchan cada día como desde las tribunas intelectuales del país son demonizados y tratados de estúpidos.

No han sido los únicos que han votado Trump, pero sin ningún tipo de dudas constituyeron gran parte del electorado que el martes día 9 de Noviembre del2016 decidió por Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos.

Yo habría podido votar por Donald Trump si las circunstancias no me hubieran dejado escapatoria. Como han hecho otros millones. Piense lo que quiera pero acaben pronto de desgarrarse las vestiduras. Ha llegado la hora de entender qué pasa. Olvidar los viejos tabúes y apriorismos. Hace unas semanas lo escribí aquí: decía que había que comprender fenómenos sociales como Kim Kardashian. Escribía que criticar y despreciar no sirve de nada. Que hacía falta comprender y escuchar aquello que muestran consecutivos resultados electorales. Que si no lo hacíamos nos levantaríamos un día con tipo huraño y de tupé improbable como Presidente de los Estados Unidos. Bien. Pues ya estamos aquí. Buenos días. Ya no podemos seguir durmiendo. Aquí lo tenemos. El tupé ya se sienta en el despacho oval. Quien avisa no es traidor.

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