La operación ordenada por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, contra Venezuela —con ataques militares y la captura del entonces presidente Nicolás Maduro— ha provocado una condena inmediata de los principales rivales estratégicos de Washington. China, Rusia, Irán y Cuba han denunciado una violación de la soberanía venezolana y del derecho internacional. Pero, más allá del rechazo diplomático, el episodio apunta a un cambio más profundo: el retorno abierto de la política de las grandes potencias.
“Entramos en una nueva fase de competición entre grandes poderes”, señala Ryan C. Berg, del Center for Strategic and International Studies y recoge la cadena CBS. Lo que hasta hace poco parecía impensable —una acción militar directa de los EE.UU. para alterar un régimen hostil en el hemisferio occidental— ha pasado a formar parte del catálogo de opciones asumibles. El mensaje implícito es claro: Washington está dispuesto a redefinir límites.
Los líderes mundiales estudian a Trump
Para la China, el caso venezolano es especialmente sensible. Pekín ha sido el principal apoyo económico de Caracas y el destino de la mayor parte de su petróleo. Aunque el crudo venezolano representa una fracción menor de las importaciones chinas, la pérdida de este flujo afecta a un principio clave de su política exterior: proteger aliados estratégicos mediante vínculos económicos, no militares. La respuesta china, previsiblemente, será diplomática y simbólica, especialmente en la ONU, pero también cargada de lectura estratégica.

En este sentido, Venezuela puede convertirse en un precedente incómodo en otros escenarios, como Taiwán. El uso de la fuerza por parte de Washington refuerza, paradójicamente, el argumento de Pekín de que las grandes potencias actúan cuando sus intereses vitales están en juego, incluso al margen del consenso internacional.
Los movimientos de Rusia, Irán y Cuba
Rusia observa la operación desde una lógica similar. Moscú ha condenado la acción como "desestabilizadora", pero figuras cercanas al Kremlin han reconocido la coherencia de Trump a la hora de defender intereses nacionales. Es una lectura que encaja con la narrativa rusa sobre Ucrania: las grandes potencias, según esta visión, tienen derecho a intervenir dentro de sus esferas de influencia. No es casualidad que, históricamente, Moscú haya reforzado su presencia diplomática en América Latina antes de escalar conflictos en Europa.

Irán, por su parte, interpreta el episodio con una doble inquietud. En plena ola de protestas internas, el régimen ve cómo Trump vincula abiertamente represión y posible intervención. Al mismo tiempo, una parte de la población iraní lee la operación como una señal de que Washington puede pasar de la presión económica a la acción directa, un factor que puede alterar el cálculo del poder en Teherán.
Cuba completa el cuadro regional. La isla, fuertemente dependiente del petróleo venezolano, afronta un escenario crítico si el nuevo equilibrio en Caracas rompe este suministro. A pesar de ello, los expertos advierten que un eventual colapso del régimen no implicaría necesariamente un giro proamericano, después de décadas de antiimperialismo estructural. En conjunto, Venezuela no es solo un episodio latinoamericano. Es una señal geopolítica global: Estados Unidos vuelve a actuar como potencia dispuesta a imponer hechos consumados. Y el resto del mundo ya está tomando medidas.