En Tshaghtsharan, capital de la provincia afgana de Ghor, las mañanas empiezan con una escena que resume el colapso silencioso de un país. Cientos de hombres se amontonan en una plaza polvorienta esperando que alguien les ofrezca trabajo por unas horas. Algunos volverán a casa con el equivalente a dos o tres euros en el bolsillo. La mayoría no encontrará nada. Lo que está en juego no es solo un sueldo: es si sus hijos podrán comer ese día.
La crisis humanitaria que atraviesa Afganistán ya no se mide solo en estadísticas. Se mide en decisiones imposibles. En niñas convertidas en moneda de supervivencia. En padres que prefieren entregar una hija antes que verla morir de hambre. "Estoy dispuesto a vender a mis hijas", explica Abdul Rashid Azimi, un padre de la región de Ghor entrevistado por la BBC. Abrazado a sus hijas mellizas de siete años, admite entre lágrimas que no ve ninguna otra salida. Su idea es casarlas o entregarlas como trabajadoras domésticas a cambio de dinero suficiente para alimentar al resto de la familia durante unos años.
Casi cinco millones de personas a un paso del hambre extrema
La imagen es devastadora porque no es excepcional. Según datos de la ONU, tres de cada cuatro afganos no pueden cubrir las necesidades básicas. Más de 4,7 millones de personas se encuentran a un paso del hambre extrema. La retirada progresiva de la ayuda internacional después del regreso de los talibanes al poder, sumada a la sequía y al colapso económico, ha convertido muchas zonas del país en territorios de supervivencia.
Hace solo unos años, millones de familias recibían harina, aceite o complementos alimentarios gracias a los programas humanitarios occidentales. Hoy, este apoyo prácticamente ha desaparecido. Las Naciones Unidas alertan de que la ayuda internacional recibida este año es un 70% inferior a la de 2025.
Las consecuencias se ven especialmente en los hospitales. En la unidad neonatal principal de Tshaghtsharan, las camas están saturadas de bebés prematuros y niños con desnutrición severa. Algunas familias abandonan los tratamientos porque no pueden pagar los medicamentos ni continuar ingresadas. Una de las escenas más impactantes relatadas por la BBC es la de una criatura prematura que murió pocas horas después de nacer porque la madre solo había podido alimentarse con pan y té durante el embarazo.
Los talibanes culpan a Occidente
Mientras tanto, los talibanes atribuyen la situación a la herencia dejada por veinte años de ocupación occidental. Pero la comunidad internacional también responsabiliza al régimen islamista del aislamiento del país, especialmente por las restricciones impuestas a las mujeres y las niñas, que han provocado la retirada de muchos donantes internacionales.
La tragedia afgana evidencia una contradicción incómoda para Occidente. Mientras la guerra de Ucrania o la tensión en Oriente Próximo concentran buena parte de la atención política y mediática global, Afganistán se hunde lejos de los focos. La pobreza extrema se ha normalizado hasta el punto de que vender una hija para pagar una operación médica ya no se presenta como una aberración, sino como una estrategia de supervivencia.
El drama no es solo humanitario. Es también moral y político. Porque detrás de cada niña vendida hay el fracaso acumulado de veinte años de intervención internacional, la incapacidad del régimen talibán para sostener el país y el progresivo cansancio de una comunidad internacional que parece haber dejado Afganistán atrás.
