Hay quien está pendiente de los horóscopos cuando conoce a alguien, otros de mercurio retrógrado. Después también hay un grupo de personas a las que les es imposible hablar de cosas importantes si hay luna llena. ¿Qué pasa, pues, con un eclipse como el de este miércoles? Durante unos minutos, el día se hará noche en algunos puntos del planeta. El cielo se oscurecerá, la Luna pasará delante del Sol y millones de personas mirarán arriba para contemplar uno de los espectáculos astronómicos más impresionantes. Y, como ocurre a menudo cuando la naturaleza ofrece algo extraordinario, también aparecerá una pregunta menos astronómica: ¿puede un eclipse afectar nuestro estado de ánimo, el sueño o incluso nuestra salud mental?
La respuesta de la psicología es bastante menos misteriosa que el eclipse y mucho más plana: no hay evidencia científica de que un eclipse provoque directamente cambios psicológicos o altere la personalidad y el comportamiento de las personas. Por lo tanto, si alguien se despierta este 13 de agosto con ganas de dejar el trabajo, mudarse a otro país o enviar un mensaje a su ex, probablemente tendrá que buscar la causa en otro lugar.
Las emociones de un eclipse
Esto no quiere decir, sin embargo, que los eclipses no puedan provocar emociones. El fenómeno es excepcional y, precisamente por eso, puede despertar curiosidad, fascinación, admiración o incluso una sensación de trascendencia. Ver cómo el día se oscurece repentinamente puede generar una experiencia emocional intensa, especialmente si el espectador la vive como un momento excepcional.
Aquí entra en juego un elemento que sí interesa a la psicología: la manera como interpretamos lo que pasa. Las expectativas, los conocimientos previos y el significado cultural que atribuimos al eclipse pueden influir en cómo lo vivimos. No es el fenómeno astronómico lo que modifica directamente nuestras emociones, sino el significado que le damos.
Esta distinción ayuda a explicar por qué los eclipses han estado rodeados durante siglos de todo tipo de mitos y presagios. En diferentes culturas, la desaparición temporal del Sol ha sido interpretada como una señal de cambio, transformación, renovación o incluso desgracia. Hoy sabemos perfectamente qué pasa: la Luna se coloca entre el Sol y la Tierra. Pero saberlo no necesariamente elimina toda la carga simbólica del fenómeno.
Para algunas personas, esta carga puede convertir el eclipse en una ocasión para reflexionar. Un acontecimiento poco habitual puede hacer que alguien se detenga, piense en su vida o simplemente sienta que forma parte de algo mucho más grande. No es necesario atribuirle ninguna propiedad sobrenatural para que la experiencia sea significativa. También puede haber reacciones menos agradables. Algunas personas especialmente sensibles pueden sentir ansiedad cuando el cielo se oscurece de forma repentina, sobre todo si tienen miedo del fenómeno o han crecido rodeadas de supersticiones relacionadas con los eclipses.
Lo mismo ocurre con el sueño. No se ha demostrado que los eclipses provoquen trastornos del sueño, pero la expectación, los nervios o la preocupación pueden alterar temporalmente el descanso de algunas personas. En definitiva, el eclipse de este 12 de agosto puede hacernos mirar el cielo, sentir admiración e incluso ponernos un poco nerviosos. Pero, según la ciencia, no hará que seamos personas diferentes. Lo que puede cambiar no es nuestro cerebro, sino durante unos instantes, la luz que le llega desde el cielo.