El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, afronta uno de los momentos más delicados de su segundo mandato con Irán como epicentro de una crisis que combina diplomacia, amenaza militar y cálculo político. Washington y Teherán han iniciado esta semana conversaciones en Omán, pero el diálogo avanza bajo la sombra de una posible escalada armada que podría tener consecuencias profundas tanto en Oriente Medio como dentro de los EE. UU.
Trump ha reforzado en los últimos meses su retórica beligerante contra el régimen iraní, al que acusa de reprimir brutalmente las protestas internas y de querer reactivar su programa nuclear. Paralelamente, los Estados Unidos han desplegado una presencia naval y aérea significativa en la región, en una estrategia que busca dar fuerza a la negociación, pero que también aumenta el riesgo de un conflicto abierto.
Un Trump en horas bajas
Este enfoque llega en un momento de clara fragilidad política para el presidente. Las encuestas sitúan su aprobación por debajo del 40% en un año electoral clave, con gran parte del electorado más preocupado por el coste de la vida, la vivienda y la economía que por la política exterior. A pesar de ello, Trump ha concentrado buena parte de su agenda en acciones de fuerza en el exterior, incluyendo ataques militares en varios países y una actitud cada vez más de confrontación con sus adversarios.
Los defensores de una línea dura consideran que el momento es especialmente propicio para presionar Teherán. Irán atraviesa una situación de debilidad interna marcada por una grave crisis económica, protestas masivas reprimidas con violencia y una incertidumbre creciente sobre la sucesión del líder supremo, Ali Jamenei. Además, sus aliados regionales, como Hamás o Hezbolá, han quedado severamente tocados tras conflictos recientes con Israel.
Los riesgos de enfrentarse con Irán
Este escenario alimenta la tesis de que los Estados Unidos podrían aprovechar una ventana de oportunidad para golpear al régimen iraní o forzar concesiones importantes. Sin embargo, los riesgos son elevados. Expertos militares advierten que cualquier intento serio de debilitar el aparato represivo iraní exigiría una campaña prolongada, con un alto potencial de víctimas civiles y consecuencias imprevisibles. A diferencia de otros escenarios, Irán es un país cohesionado territorialmente, y una caída súbita del régimen podría abrir un vacío de poder peligroso.
A nivel internacional, también crece la inquietud entre aliados clave de los EE. UU. en el Golfo Pérsico, que temen represalias iraníes contra infraestructuras energéticas y un aumento de la inestabilidad regional. Un conflicto prolongado podría afectar los mercados del petróleo y frenar proyectos estratégicos en sectores como el turismo o la tecnología.
Ante este panorama, la vía diplomática tampoco ofrece garantías claras. El secretario de Estado, Marco Rubio, reconoció antes de las conversaciones que “no está claro que se pueda llegar a un acuerdo con estos dirigentes”, añadiendo que Washington quiere abordar no solo el programa nuclear iraní, sino también los misiles balísticos y el apoyo a grupos armados. Según informaciones de CNN, Teherán solo estaría dispuesto a hablar del dosier nuclear, una limitación que complica cualquier entendimiento global.
Las dos vías de Trump
En este contexto, Trump se mueve entre dos impulsos: evitar una nueva guerra impopular entre una ciudadanía cansada de conflictos externos, y mantener la imagen de líder fuerte que él mismo ha construido. Como resumió el analista Karim Sadjadpour, del Carnegie Endowment for International Peace, en declaraciones a CNN: “Las deliberaciones más importantes son las que tienen lugar dentro de la cabeza del presidente”. La decisión final, sea diplomática o militar, marcará no solo el futuro de las relaciones entre Washington y Teherán, sino también el legado político de un presidente obsesionado con dejar huella en la historia.
