El presidente de los EUA, Donald Trump, ha advertido esta semana que Irán debe volver a la mesa de negociación sobre su programa nuclear si quiere evitar posibles ataques aéreos e incluso un cambio de régimen. La amenaza culmina un mes de declaraciones beligerantes, giros discursivos y movimientos militares que han reabierto uno de los capítulos más tensos de la relación entre Washington y Teherán.
En solo treinta y un días, la política estadounidense hacia Irán ha oscilado entre la intimidación militar, el apoyo verbal a los manifestantes iraníes y la ausencia de cualquier hoja de ruta diplomática clara. Un patrón que recuerda etapas anteriores de la presidencia de Trump, marcadas por anuncios contundentes y decisiones erráticas.
La primera advertencia llegó el 29 de diciembre, cuando Trump sugirió que Irán estaba desarrollando de nuevo capacidades nucleares, solo seis meses después de que Estados Unidos bombardeara instalaciones clave del programa iraní. Junto al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, aseguró que si Teherán “volvía a armarse”, Washington los “aplastaría”, con consecuencias “aún más potentes que la última vez”.
Pocos días después, el 2 de enero, el foco se desplazó hacia las calles de Irán. Ante las protestas más grandes de los últimos años, provocadas por el hundimiento de la moneda nacional, Trump afirmó que Estados Unidos estaba “preparado y armado” para intervenir si los manifestantes eran reprimidos. El mensaje reforzó la tensión bilateral, aunque no iba acompañado de ninguna acción concreta.
“Haz Irán Grande Otra Vez”
El 6 de enero, Trump volvió a alimentar la ambigüedad con un gesto simbólico: apareció con una gorra con el lema “Make Iran Great Again”, mientras las protestas se extendían y el número de muertos aumentaba. A través de Truth Social, aseguró que EE. UU. estaban “preparados para ayudar”, lo que provocó una respuesta inmediata del Parlamento iraní, advirtiendo que intereses estadounidenses e israelíes podrían convertirse en “objetivos legítimos” si había un ataque.
El 13 de enero, Trump anunció aranceles del 25% a países que hicieran negocios con Irán, aunque nunca se formalizaron. Ese mismo día, animó a los manifestantes a “tomar las instituciones”, asegurando que “la ayuda estaba en camino”. Pero solo veinticuatro horas después, afirmó que la represión se había detenido y que no habría ejecuciones, a pesar de informes independientes que hablaban de miles de muertos y detenciones masivas.
Este giro generó desconcierto dentro y fuera de Irán. Con el paso de los días, las protestas se fueron apagando bajo una represión cada vez más dura, mientras la Casa Blanca evitaba cualquier intervención directa.
El 22 de enero, Trump volvió a escalar el conflicto anunciando el despliegue de un portaaviones y varios destructores hacia Oriente Próximo. Oficialmente, la decisión respondía a la situación interna iraní, pero una semana después el discurso cambió. El 28 de enero, con la flota ya posicionada, Trump advirtió que “el tiempo se acaba” y exigió un acuerdo nuclear inmediato, sin hacer ninguna referencia a la represión ni a los derechos humanos.
Con esta última amenaza, la crisis entra en una nueva fase. El apoyo a los manifestantes ha desaparecido del relato, sustituido por una presión centrada exclusivamente en el programa nuclear. Un cambio que deja a Irán ante un dilema clásico: negociar bajo amenaza o arriesgarse a una escalada militar con consecuencias imprevisibles para toda la región.