El presidente de EE.UU., Donald Trump, llega esta semana a Pekín con la voluntad de proyectar una imagen de fuerza ante Xi Jinping y presentarse como el gran líder capaz de redefinir el orden mundial. Pero la realidad geopolítica con la que aterriza en China es mucho más incómoda de lo que la Casa Blanca querría. La guerra con Irán, lejos de consolidar la autoridad norteamericana, empieza a exponer los límites del poder de Estados Unidos y las contradicciones de una política exterior marcada por la improvisación y la escalada constante.

La cumbre entre Trump y Xi, que había sido concebida principalmente como un gran encuentro económico y comercial, llega ahora condicionada por una crisis internacional que amenaza la estabilidad energética global y que podría alterar el equilibrio de poder entre Washington y Pekín.

Una guerra sin victoria clara

La Casa Blanca esperaba llegar a la reunión con una posición reforzada después de su ofensiva contra Irán. Pero la situación sobre el terreno está lejos de transmitir esta imagen.

Teherán continúa resistiendo la presión estadounidense y mantiene bloqueado parcialmente el estrecho de Ormuz, una de las principales rutas marítimas del petróleo mundial. La incapacidad de Estados Unidos para forzar una solución rápida ha empezado a generar dudas sobre la capacidad real de Trump para controlar el conflicto. Este lunes, incluso, el presidente volvió a reunir a su equipo de seguridad nacional ante la posibilidad de reanudar operaciones militares de gran escala contra Irán.

Desde Teherán, el régimen iraní ha aprovechado el momento para desafiar públicamente a Trump antes de su viaje a Pekín. Un asesor del líder supremo iraní advirtió que el presidente estadounidense no podría "entrar triunfalmente" en China mientras la guerra continúe abierta.

Xi ve una oportunidad

La situación ofrece a China un escenario complejo, pero potencialmente favorable. Pekín necesita estabilidad económica y energía barata, pero al mismo tiempo observa cómo Estados Unidos se desgasta en un nuevo conflicto en Oriente Próximo.

Para Xi Jinping, la guerra también es una oportunidad para reforzar la imagen de una China más estable y calculadora ante un Trump imprevisible. Varios analistas estadounidenses consideran que Pekín podría aprovechar la debilidad de Washington para obtener concesiones comerciales o presionar sobre cuestiones delicadas como Taiwán. La dependencia china del petróleo que pasa por Ormuz hace que Pekín tenga interés en desbloquear la situación. Pero cualquier ayuda diplomática probablemente tendría un precio político.

El regreso de unos EE. UU. más imprevisible

Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, Estados Unidos ha abandonado muchas de las líneas tradicionales de su política exterior: alianzas más frágiles, tensiones comerciales constantes y una apuesta abierta por el unilateralismo.

Trump defiende esta estrategia como una demostración de fuerza y libertad de acción. Sin embargo, sus críticos consideran que está debilitando las herramientas que durante décadas habían garantizado la influencia global estadounidense. La guerra con Irán ha acentuado aún más esta percepción. El aumento del precio del petróleo, las tensiones en los mercados y la crisis energética global empiezan a tener consecuencias económicas directas también dentro de Estados Unidos.

Varios países asiáticos que tradicionalmente veían Washington como un contrapeso ante la expansión china han empezado a cuestionarse hasta qué punto pueden seguir confiando en una administración marcada por la volatilidad.

Xi juega a largo plazo

A diferencia de Trump, Xi Jinping afronta esta cumbre desde una posición más estable. Sin límites de mandato y con un control casi absoluto del poder, el líder chino puede permitirse pensar en términos de décadas. Pekín considera que el tiempo juega a su favor, especialmente si Estados Unidos continúa atrapado en conflictos externos que consumen recursos militares y desgastan su credibilidad internacional.

A pesar de todo, tanto Washington como Pekín necesitan que la cumbre termine con una cierta sensación de estabilidad. Trump quiere evitar una nueva crisis internacional y alimentar la imagen de hombre fuerte global. Xi, por su parte, necesita una economía mundial lo suficientemente estable para sostener el crecimiento chino.

La gran paradoja es que Trump llega a uno de los encuentros más importantes de su mandato intentando demostrar poder global mientras la guerra que él mismo impulsó amenaza con convertirse en la principal muestra de sus limitaciones.