Rusia no se ha limitado a reclamar Crimea o el Dombás. Según declaraciones recientes del ministro de Exteriores, Sergei Lavrov, los objetivos de Moscú se extienden mucho más allá: Járkov, Dnipropetrovsk, Mykolaiv y Odesa están ahora en la lista, junto con Crimea y las regiones del sur que ya controla. Esta nueva interpretación del concepto “Novorusia” –una región inventada que los funcionarios del Kremlin consideran “integral” a Rusia– evidencia que sus ambiciones van mucho más allá del plan de paz propuesto por Estados Unidos.
El plan de paz norteamericano, con sus 28 puntos, solo preveía la ocupación rusa de Crimea, todos los óblasts de Luhansk y Donetsk, y las partes ocupadas de Zaporiyia y Jersón. Toda otra tierra, incluidas zonas de Járkov, Mikoláiv y Dnipropetrovsk, habría de haber vuelto a las autoridades ucranianas. Las declaraciones de Lavrov no introducen una demanda completamente nueva, pero dejan claro que Rusia no está dispuesta a renunciar a sus reclamaciones históricas e ideológicas, que el Kremlin ha amplificado en los últimos años como una especie de narrativa imperial.
MÁS: El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, indicó que los objetivos de Rusia en Ucrania van más allá del territorio que se está discutiendo actualmente en los últimos planes de paz e incluyen todas las regiones de Járkov, Dnipropetrovsk, Mykolaiv y Odesa. Lavrov declaró el 14 de enero que… https://t.co/IRGV4xlRKv pic.twitter.com/JiIyQyG0Mv
— Institute for the Study of War (@TheStudyofWar) January 15, 2026
Ampliación de demandas
Esta ampliación de demandas llega justo antes de un posible encuentro entre los enviados especiales estadounidenses, Steve Witkoff y Jared Kushner, y Vladímir Putin. El timing no es casual: Lavrov está fijando condiciones antes de que Washington intente cualquier avance negociador. Es una estrategia clásica de presión: mostrar flexibilidad aparente en algunas regiones mientras se exige más en otras. Moscú envía un mensaje claro: la guerra no acabará con concesiones mínimas; la narrativa del Kremlin implica que toda Novorusia es, en términos de geopolítica rusa, no negociable.
La magnitud de esta pretensión pone en evidencia la complicada realidad de las negociaciones: lo que Bruselas y los aliados occidentales consideran “inviable” o “inaceptable” ya forma parte del relato ruso. Odesa, por ejemplo, aparece citada públicamente como “ciudad rusa” en discursos oficiales y en declaraciones mediáticas del Kremlin. Es un recordatorio de que la guerra en Ucrania no solo es militar, sino también simbólica: territorial, cultural e identitaria.
El foco de Trump
Para los Estados Unidos, este escenario es un dolor de cabeza diplomático. Las conversaciones con Zelenski, ya delicadas, se ven complicadas por la posibilidad de que Moscú no acepte ninguna limitación territorial. Trump mismo, en entrevistas recientes, ha puesto el foco sobre la disposición de Ucrania a negociar, un discurso que contrasta con el de los aliados europeos, que señalan a Rusia como la parte reticente. La suma de ideología, ambiciones territoriales y presión mediática convierte el panorama en un laberinto casi imposible de resolver.
Si hay alguna lección clara, es que cualquier plan de paz deberá tratar no solo la superficie ocupada hoy, sino las aspiraciones de Moscú por toda Novorusia. La guerra no es solo un conflicto sobre el presente: es una batalla sobre la historia y el futuro, sobre la interpretación del territorio, y sobre quién tiene derecho a decidir el destino de millones de personas. En este contexto, cada negociación es una prueba de hasta dónde los estados pequeños pueden defenderse ante los grandes poderes, y de eso, Ucrania sabe mucho.