Con más población, una economía muy superior y el ejército más potente del mundo, los Estados Unidos parecían tener todas las cartas para imponerse en la guerra contra Irán. Sin embargo, más de un mes después del inicio del conflicto, la realidad es bastante compleja: la superioridad militar norteamericana no se está traduciendo en una victoria clara.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha optado por una estrategia de máxima presión, combinando amenazas de ataques masivos con movimientos militares en la región. Pero esta apuesta evidencia un límite clave: tener más fuerza no garantiza poder imponer el resultado deseado sin asumir costes elevados.

Aquí es donde toma relevancia la distinción clásica del politólogo Joseph Nye entre “poder duro” —hard power— y “poder blando” —soft power—. Los Estados Unidos dominan claramente el primero —capacidad militar y económica—, pero el conflicto con Irán muestra las dificultades de imponerse cuando el adversario sabe jugar con otras formas de influencia y presión.

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Europa Press

La estrategia de Irán

Irán, a pesar de su inferioridad militar, ha logrado convertir sus puntos débiles en herramientas de presión. El caso más evidente es el cierre del estrecho de Ormuz, un paso clave para el transporte mundial de petróleo. Esta decisión ha tenido un impacto inmediato en los mercados globales y ha situado a Washington en una posición incómoda: cualquier respuesta militar contundente podría desencadenar una crisis económica internacional.

Así, el conflicto ha evolucionado hacia una batalla de palancas más que de fuerza bruta. Los Estados Unidos tienen capacidad para reabrir el estrecho por la fuerza, pero esto implicaría riesgos considerables, como ataques contra barcos estadounidenses o bajas militares que podrían erosionar aún más el apoyo interno a Trump.

Además, una escalada militar podría provocar represalias iraníes contra aliados de EE. UU. en el Golfo Pérsico, afectando infraestructuras energéticas y disparando aún más el precio del petróleo. De hecho, los mercados ya han reaccionado con fuertes subidas, evidenciando hasta qué punto el conflicto tiene consecuencias globales.

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EFE

Las victorias de EE. UU.

En este contexto, la Casa Blanca ha intentado presentar pequeños avances como victorias diplomáticas, como el paso limitado de petroleros por el estrecho. No obstante, estas concesiones son muy inferiores al tráfico habitual antes de la guerra, lo que relativiza el éxito real de la estrategia norteamericana.

Otro de los dilemas de Washington es que muchas de sus opciones más contundentes —como atacar infraestructuras clave o bloquear completamente las exportaciones de petróleo iraníes— podrían acabar generando más inestabilidad y reforzando la posición de Teherán. Irán, de hecho, no necesita una victoria militar clásica: le basta con alargar el conflicto y aumentar los costes políticos y económicos para Estados Unidos.

Este escenario encaja con la idea de que el poder no solo se mide en términos de fuerza, sino también en la capacidad de resistir y condicionar al adversario. Irán ha demostrado que, con recursos limitados, puede influir de manera desproporcionada en la economía global y en la política interna norteamericana.

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Mientras tanto, Trump mantiene un discurso ambivalente: asegura que hay avances diplomáticos, pero a la vez amenaza con una escalada sin precedentes. El despliegue de miles de soldados adicionales en la región apunta a que la ventana para una solución negociada podría estar reduciéndose.

En última instancia, la guerra pone de manifiesto una paradoja: Estados Unidos puede ganar sobre el papel, pero no sin asumir un coste que quizás no están dispuestos a pagar. Y mientras ninguna de las dos partes ofrezca una salida clara, el riesgo de una escalada mayor —con consecuencias globales— sigue creciendo.

Más allá del campo de batalla, el desenlace del conflicto tendrá consecuencias que irán mucho más allá de Oriente Medio. Desde el precio de la energía hasta la estabilidad económica mundial, el pulso entre Washington y Teherán se ha convertido en una cuestión global, con efectos directos sobre gobiernos, mercados y ciudadanos en todo el mundo.